02 noviembre 2008

La humorología del poder − La fuerza inexpugnable


La humorología del poder − La fuerza inexpugnable

Bernard Chazelle − CounterPunch


Los devotos que se postran ante el altar del Humor nunca dejan de maravillarse ante la singular capacidad que tienen los humanos para lograr que otros se rían. Adoran, también, la adoración, porque lo único que está más de onda que tener sentido del humor es saber que uno lo tiene y que realmente importa. El humor es cosa seria. Desnuda la hipocresía, penetra a través de la vanidad, cuestiona las falsedades, ridiculiza al prejuicio y, cuando más falta nos hace, reduce el dolor. Sirve propósitos sociales, evolucionistas, y sexuales – tanto Darwin como Freud tenían mucho que decir sobre el tema (como en casi todo lo demás). Las tipologías del humor pueden llenar tomos. No es el tema de este ensayo. Mi objetivo es examinar la relación del humor con el poder.
¿Qué es el humor?
Lo que me hace reír es una respuesta agradable, pero no explica nada. La verdad es que el humor tiene demasiados sabores como para ajustarlo a una teoría universal. Además no es por nada que el humor y lo húmedo comparten la misma raíz latina para “fluidos corporales.”Analizar el humor, por cierto, se parece en mucho a mantener agua en la mano. No hay esperanza alguna si se trata de buscar suficientes condiciones para lograrlo – el humor depende demasiado de “humores” – así que tendremos que darnos por satisfechos con las condiciones necesarias.
I. Superioridad
Mi primer punto, poco original pero tan crucial que tolera que uno vuelva a consultarlo, es que el humor, vejatorio o no, está inextricablemente vinculado a un sentimiento de superioridad. El humorista, un término considerado en su sentido más amplio, puede expresar su superioridad por lo menos de dos maneras. Ser avispado es una de ellas. Todos los chistes del universo ya han sido contados 1000 veces, todo lo que queda es ver hasta qué punto eres avispado al presentar la repetición 1001. Si una fracción tan pequeña de la comedia es verdaderamente divertida, es porque ser avispado es un trabajo agotador. Los escritores de los Simpsons son evidentemente trabajólicos. Es una lástima que Churchill haya muerto demasiado temprano para sumarse a sus filas:
Lady Nancy Astor a Churchill: –Winston, si fuera mi esposo, envenenaría su té.
Churchill: –Nancy, si yo fuera su esposo, me lo tomaría.
El humor como represalia depende en mucho de la chispa:
Cura al rabino: –¿Cuándo vas a comer jamón?
Rabino al cura: –En tu matrimonio.
La dama y el cura postulan un mundo de fantasía (mundo A), libre de superstición y de molesta restricción del asesinato injustificable. El mundo A choca brutalmente contra el mundo B, regimentado, en este caso, por una lógica fría. Nótese que el mundo del rabino no choca con el del cura porque exige tolerancia sino, más bien, consecuencia. La colisión no es moral sino lógica. Las frases más importantes son las partículas libres de emoción, de alta energía, emitidas por el GHC [Gran Humor Chocante].
El otro camino para convertir superioridad en risa es reivindicar el trono de la corrección. Se puede hacer de dos maneras: una es presentar a todos los que te rodean como idiotas babosos y presentarse como una fuente de sabiduría. La otra es el automenosprecio, un artificio utilizado para convertirse en un clon de uno mismo al que entonces se puede atormentar impunemente. La identificación es sólo una coartada, desde luego. La emoción es el enemigo de la comedia. Uno se convierte en el blanco de sus propios chistes sólo para inmunizar a su público contra ese temido asesino del humor llamado compasión. El automenosprecio es el arte de subrayar sus propios defectos para que otros no tengan que hacerlo. Por lo tanto en flotación libre en la ingravidez moral, el público puede reír inmune del odio a sí mismo. Sin embargo la función principal del automenosprecio no es proteger al público de la culpa sino al humorista contra el daño. Es un mecanismo de seguridad que tiene poco que ver con la humildad. Tiene que ser un hombre serio para que no se tome en serio.
Para el público, el automenosprecio puede también ser indirecto. El humor de Seinfeld es que vemos pedacitos de nosotros mismos en cada situación en la pantalla y reímos hasta la catarsis del mismo modo como si estuviésemos mirando reflejos en vídeo de nuestros momentos más cercanos al mundo A. Lo hacemos desde la seguridad, el confort, y la distancia del mundo B. Por último, pero no menos importante, el automenosprecio puede ser también un vehículo para marcar la identidad: uno puede confirmar la superioridad a través de la propiedad exclusiva de ciertos fragmentos léxicos (la palabra N [nigger–negro, N. del T.]) o licencias cómicas. Para saborear algo de estas últimas, ved como Sarah Silverman, la reina de la provocación, utiliza la ocasión de una “disculpa” a los asiáticos para ridiculizar el antisemitismo:
“Todos los periódicos me llamaban racista, y duele, sabéis. Como judía, como miembro de la comunidad judía, me preocupó de verdad. Sabéis, me preocupó que estemos perdiendo el control de los medios.”
No malinterpretéis la palabra superioridad. La señora Silverman no se considera más superior que lo que hace un jugador de baloncesto cuando aparenta un tiro para atacar evitando a un defensa y marcar un triple. Cuando llega la frase clave del chiste, la humorista tiene que reivindicar el manto de superioridad_ tiene que ser la soberana del mundo B (del sentido común) y la asesina del mundo A (la fantasía de las conspiraciones judías). El mejor humorista compartirá los despojos de la victoria con el público y le hará creer que participa en un código secreto. El menos bueno humillará y se regodeará. Puede que el público ría a pesar de todo, pero la risa es un parámetro poco fiable del humor. A menos que sea lograda mediante una persuasión no–coaccionada, la superioridad humorológica no vale nada. Habiéndolo dicho, no os engañéis: para apreciar la comedia a menudo habrá que pincharse el corazón con novocaína.
II. Humor liberador
Mi segundo punto tiene que ver con la ilusión común de que el humor, especialmente el tipo transgresor, ejerce un poder liberador. Como otras formas artísticas, la comedia puede cuestionar normas e influenciar actitudes, a menudo por su bien. Pero hay algo intrínseco en el humor que lo convierte en un vehículo poco probable para la “liberación.” (No hay que confundirlo con la “puesta en libertad” – la comedia es formidable para expurgar.) Si el humor pudiera tener un propósito político motivador (y dudo de que pueda tenerlo), tendría que reflejar una cierta tentación totalitaria. La risa es un impulso reaccionario, y el humor es, en su raíz, un llamado al orden. Que pueda ser alistado en causas dignas no significa que pueda purgar fácilmente su pecado original. Para decirlo sin rodeos, el humorista es un regañón – o para ser técnico al respecto, un agente del mantenimiento del orden. La ley podrá ser noble y buena, pero el humor nunca legisla: impone normas necesarias violando las aleatorias. La violación puede ser muy divertida – de hecho, de eso se trata – de modo que la imposición no se nota demasiado. Pero el humor sirve la misma función evolucionista que el dolor físico. Es una campana de alarma. Como tal, no es más liberador que una llamada de atención.
La confusión es comprensible. Primero, la comedia apunta de preferencia al poder, pero es sólo porque el poder ofrece la mayor ratio de vanidad a compasión, una mezcla soñada para el humor. Segundo, el humor transgresor puede ser visto como una amenaza para la autoridad, pero llega de lejos demasiado precondicionado para ser más que un simple enojo. El único poder con el que llegó a amenazar Lenny Bruce, fue el suyo, a pesar de la reacción exagerada del Estado, que no fue nada más que eso. La razón es que la comedia es una licencia adquirida: es la licencia que la sociedad se otorga para explorar lo prohibido en público. La transgresión es por lo tanto contractual. Los públicos pagan bastante dinero para escuchar cómo los cómicos dicen palabras que ellos nunca tolerarían, aunque fueran gratuitas, del hombre de a pie. Tercero, ciertamente existe una representación exagerada de los históricamente oprimidos en la comedia. No hay que ser oprimido para ser divertido, pero parece ayudar a serlo. Pero uno no debiera deducir de ello que el humor busca la liberación de la bota militar. La comedia puede labrarse un espacio seguro que el opresor no puede penetrar. Pero la libertad no es el propósito: es la protección. El humor tiene que ver fundamentalmente con la supervivencia.
Cosaco: – ¿Cuál es la fuente de todo mal?
Rabino: –Los judíos y los deshollinadores.
Cosaco: –¿Por qué los deshollinadores?
Rabino: –¿Por qué los judíos?
El rabino reacciona ante la trampa que le han tendido, montando la suya propia. Anima al cosaco a demostrar por segunda vez su antisemitismo. Es el primer acto de represalia del rabino. El segundo es preguntar –¿Por qué los judíos? –y derrotar al cosaco en su propio juego. Pero represalia no es rebelión. El rabino no intenta conseguir poder o luchar por la libertad. Simplemente juega una mano ganadora. Tienta al cosaco (mundo A) para que entre al mundo B sólo para sacar a la luz su incapacidad. Es humor de superioridad del tipo de la “supervivencia del más fuerte.” La implicación política es terrible. No sólo reduce el prejuicio a lo ilógico – si esos malditos cosacos pensaran bien las cosas – sino la propia naturaleza competitiva del esfuerzo hace que sea un chiste del status quo. “Cerebros contra fuerza muscular” 1:1. Lo que provoca la pregunta ¿Entonces todo está bien? Me oprimes pero yo soy más inteligente. ¿Lo llamamos un empate?
Existe un viejo principio que subyace al humor que nos hace volver a Kant e incluso a Aristóteles (dos famosos cómicos): la incongruencia. No me gusta mucho la palabra porque es demasiado burda para contener mucha fuerza aclaratoria – simplemente hay por ahí demasiado humor congruente e incongruencia aburrida. Prefiero la imagen del choque de dos mundos. El humor requiere usualmente una narrativa que lleva a un clímax en una colisión inesperada entre dos universos independientes. No hay nada intrínsecamente divertido en un par de mundos en colisión, así que el humor les asigna papeles específicos. Frecuentemente primero en la escena, el mundo A es característicamente ensoñado, caricaturesco, fantástico, juguetón, antojadizo, expectativo, y regido por sus propias leyes idealizadas. El mundo B, por otra parte, es el aburrido remanso del sentido común, la ley física, la sumisión al orden, el determinismo, la lógica, la inmutabilidad, o tal vez incluso pura, aburrida, supervivencia. El mundo A es regido por la potestad humana, a menudo dotada de una cualidad parecida a un autómata. (Nótese que el humor es siempre humano: un paisaje nunca es chistoso.) El mundo B se encuentra bajo la regla férrea de una fuerza no negociable: la lógica, la física, la vergüenza, etc. Aunque la fuerza es inaccesible, a menudo es socialmente deseable. (Nótese que esta clasificación excluye el humor basado en juegos de palabras, acertijos, o malentendidos, tipos todos por los que, en todo caso, no se interesa particularmente este ensayo.) ¿Por qué necesita vuestro corazón una dosis de novocaína? Porque el humor tiene que vencer a la empatía para matar a la fantasía. Como ilustración de esto en una comedia caricaturesca, probad lo siguiente:
–Entonces, doctor, ¿es muy malo?
–Es malo. No hay cura. Ni siquiera hay una competición por la cura.
Ya que un tratamiento gentil del enfermo quitó de en medio la compasión, la fantasía la sigue camino al patíbulo: el objetivo es la idea disparatada de que para curar una enfermedad terminal se debiera dar la vuelta a la manzana como un demente para juntar centavos para la causa. Las fuerzas inaccesibles son la biología y el realismo. (Habría más cosas que decir sobre el chiste, pero basta por el momento.) El mundo B es cauteloso y la ley que lo rige es clara como el agua. Es necesario porque usualmente aparece sólo en el remate del chiste y, por ello, no debe exigir una introducción. Es difícil contar un chiste racial si el público todavía está inseguro de si el racismo es algo malo. (Esto vale si el chiste es racista o antirracista.) La mayor parte de la comedia se basa en la anticipación denegada. Para que el mundo B sea escenario de la caída de un avión y se niegue al público la expectativa de un aterrizaje suave, la comedia, siendo contextual, debe basarse en un código tácito. Es necesario porque un chiste puede ser contado o explicado, pero no las dos cosas. Los ingredientes de sorpresa y subitaneidad son cruciales para un remate exitoso.
–¿Has vivido toda tu vida en Boston?
–Todavía no.
Las afirmaciones perentorias parecen más impresionantes cuando no estorba la evidencia. Pero no son ni de cerca tan persuasivas, así que quisiera presentar mi caso. El humor adulto se alimenta de modo tan voraz en el comedero de la moralidad (más sobre esta compleja relación a continuación) que más vale comenzar con chistes infantiles, aunque sea sólo para apreciar por qué el humor es, fundamentalmente, la extinción de la fantasía. Contad a una niña de 2 años que en vuestra casa hay un oso polar que duerme en el refrigerador (mundo A). Abrirá enormemente los ojos y dirá: –¡Caray! –Sí, Virginia, hay todo un mundo allá afuera en el que osos polares viven en refrigeradores, y todo es algo tremendamente excitante. –¡No bromees!– El mundo B se queda sin chances.
Ahora probad vuestra historia del oso polar con Charlotte, que tiene 4 años. Ella no exclamará –¡Caray! –A diferencia de su hermana menor, Charlotte se reirá a gritos. ¿Por qué? Preguntadle y dirá: –Un oso polar es demasiado grande para dormir en el refrigerador. –La fantasía y la física chocaron brevemente en la mente de Charlotte, y ganó la física: el humor no resultó simplemente del triunfo del orden sobre la imaginación: fue el triunfo del orden sobre la imaginación. Ninguna victoria del mundo B, ninguna risa. (Dejaré a los biólogos evolucionistas la explicación de por qué el misterio relacionado con la tensión y su liberación hace que el humor nos lleva a respirar más rápido y a emitir extraños sonidos.) ¿Significa eso que Virginia no percibió el mismo remate? Lo percibió. Pero, llevada por los talentos de persuasión del narrador de cuentos, decidió un resultado diferente: la fantasía venció a la realidad. Ganó el mundo A. Para Virginia, la fantasía no es un tema de risa. Es algo temible, en realidad. ¿Por qué estás adaptando las leyes de la física y comprimiendo osos dentro de refrigeradores?
Las cosas se complican con los adultos. Así que comencemos con el patriarca de las escenas cómicas. Un corredor del maratón olímpico se resbala sobre una cáscara de plátano directamente en la línea de partida. No es tan divertido si es un competidor en los juegos paraolímpicos que cae de su silla de ruedas al comienzo de la carrera (por lo menos no hasta que la reflexivilidad transgresora nos ha enseñado que es apropiado reírse, pero no vayamos demasiado lejos.) A pesar de todo es bastante cruel, sin embargo, reírse de un corredor que se cae de bruces. Pero con la adecuada distancia emocional, aumentada por la narrativa correspondiente – digamos, si el maratonista es un arrogante gilipollas – se hace más fácil aflojar las cadenas morales y reír. También ayuda el estatus de culto del plátano en la comedia (tal vez sea la única excepción a la regla de que los objetos no pueden ser divertidos).
¿Qué son los mundos en colisión? Un maratonista olímpico está poseído por una ambición y una determinación poco comunes. Sueña con medallas de oro, gloria, y todas esas fantásticas cosas del mundo A. El problema es que todo llega y choca contra el aburrido, monótono, mundo B regido por la ley de Newton y viscosos desechos de frutas. Reírse es rendirse ante la gravedad, contra el anhelo humano. Porque el humor no es simplemente observar a dos mundos en colisión: es tomar posición por uno de los lados. Es convertir al mundo B en tu equipo de casa. Reírse es tomar parte por el orden natural de las cosas. El humor es una magneto conservadora, una sumisión a una fuerza superior. Después de todo, no vas a enfrentar al poderoso Isaac Newton o al codicioso plátano Chiquita, ¿verdad? Te ríes de un pobre diablo cuyos sueños de toda la vida acaban de ser demolidos. ¿Por qué? Para practicar tu capacidad de supervivencia al reconocer la realidad del mundo B de que la gravedad mata, pero no los maratonistas. Para una visión más sutil al respecto, probad este chiste del género “¿A quién le vas a creer, a mí o a tus ojos mentirosos?”:
Al llega a ayudar a su amigo, Bill, que está encerrado en su coche después de un terrible choque. –¿Bill estás vivo? –Una voz quejumbrosa replica –: Sí, lo estoy.
–¡Gracias a Dios! Pero eres tan mentiroso, Bill. No sé si te puedo creer.
En el planeta Al, poco usual en el mundo A, domina la lógica. Por cierto, es una lógica defectuosa y es su precedencia sobre la realidad obvia de que Bill está, claro está, vivo, lo que hace que el mundo Al sea caricaturesco y “mecanicista” (para utilizar la clásica caracterización del humor de Bergson). La amistad, el dolor, y la ansiedad de un choque de coches hace tanto más dramático el contraste con la fría lógica y prudencia de Al. La lógica deficiente pega duro porque uno puede imaginar fácilmente a Al abandonando la escena. Así que el tirón hacia el sentido común es amplificado por el drama que tiene lugar. Simultáneamente, el mundo de fantasía de Al falla de una manera exquisitamente ingeniosa. No se puede confiar en mentirosos vivos, lo que está bien. Pero Al amplía ese predicado a los mentirosos muertos, lo que es creativo. Es la parte ingeniosa del chiste. Pero hay otra manera de verlo. En su mundo A, Al realmente muestra mucha cortesía al extender a los muertos las leyes de los vivos: es insano pero es generoso. Reímos porque reconocemos que la vida es demasiado seria para dejarla en manos de personajes caricaturescos: una reacción sabia, conservadora. La comedia puede ser aventurada y rompedora de tabús, pero el propio humor, para servir su propósito evolucionista, tiene que mantenerse reacio a la toma de riesgos.
La dominación consensual, no examinada del mundo B sirve como una función normativa, típicamente como un correctivo social. Todo puede ser visto como una especie de paradoja. Una sociedad sin humor sería monótona y pesada – de un modo ridículo. Lo cómico cuestiona intencionalmente las ortodoxias, el poder, el prejuicio y, con su atención a lo inadvertido, agudiza el sentido crítico de cada cual. El humor divierte y limpia al mismo tiempo. No está mal. Pero el humor es sólo un llamado a la realidad, un control de la cordura. Odia la denegación. Si te duele el alma, el humor está ahí para recordarte que no olvides. Seguro, te rascará donde te pique, pero también te despertará en medio de la noche, sólo para desearte que duermas bien. Sí, es de ese tipo. El humor es contra–rebelión contra lo fantástico y lo ilusorio. La confusión tiene dos fuentes: una es que la fantasía puede ser maravillosa (“Curaré el cáncer”) y fétida (“Soy amo del universo”); lo otro es que la fuerza del “inaccesible” mundo B cuya criada es el humor es típicamente consensual. Pocas veces importa ser esclavo de la lógica, del realismo, de la simplicidad, del sentido común, de la humildad, etc.
La fuerza tiene dos características: es amoral y necesaria (es decir, no tienes la posibilidad de elegirla). Es el punto crucial. El humor puede cuestionar la inmoralidad sólo por razones equivocadas. El Mal-contra-el Bien no es nunca divertido. El Mal-contra-lo Correcto, sí lo es. Recordad al cosaco. No nos reímos a causa de su prejuicio sino a causa de su inconsecuencia. La consecuencia es inequívoca: si el cosaco sólo fuera racional, su antisemitismo se desvanecería. Podrá parecer ingenuo. No es así. El rabino sólo trataba de ganar puntos. En la misma onda, el mensaje subliminal del estilo de comedia política de Colbert-Stewart es que, si sólo Bush fuera listo, articulado, y competente, todo estaría bien (cuando, en los hechos, todo sería peor).
El papel de la moralidad en el humor es sutil. Los chistes a menudo sirven al mismo tiempo como cuentos morales, pero moralizar aburre. Así que la moralidad sólo puede servir para preparar la escena. Pero el humor no rehabilita. Produce justicia retributiva, no reparadora, – exactamente lo que se esperaría de un vehículo de mantenimiento del orden conservador. Como tal, recompensa tu impulso moral gratificando tu veta mezquina. Es como recompensar a un alcohólico por no tocar el trago, dándole una cerveza.
A pesar del dicho de que un espectáculo es como llamamos a una comedia que fracasa, prevalece confusión en ese terreno que preferiría soslayar. Así que me concentraré en el humor, verbal o escrito, que trasciende su presentación; en otras palabras, limitaré la discusión a lo divertido que sigue siéndolo incluso si sólo lo puedes leer. Me doy cuenta de que eso excluye un gran segmento de los cómicos de micrófono estadounidenses que se basan en la abyección, en la inversión de poderes, en metachistes, en el narcisismo, en impulsos prohibidos, enajenación, terapia de espectáculo, y otros modos teatrales de auto–expresión. Combinaré chistes, chispa y humor, lo que es lamentable, pero a pesar de ello bueno, ya que en todo caso ninguna teoría que no sobreviviera a una combinación semejante valdría gran cosa.
El humor transgresor vive de la existencia misma de las normas que quiere violar. Exige tabús que luego pueda romper heroicamente. Los hippies querían ser transgresores: trataron de cambiar normas y al hacerlo carecieron terriblemente de humor. Pero cuando Sarah Silverman (una cómica natural poco común) describe su “solución final” para pacientes de SIDA, está siendo sólo superior:
–Si podemos llevar a un hombre a la luna, entonces deberíamos ser capaces de llevar a un hombre con SIDA a la luna. Y luego debiéramos ser capaces de llevar a todos los hombres con SIDA a la luna.
Es una doble celada disfrazada de trasgresión. El chiste es un diálogo basado en rápidos giros cognitivos, con una parte escrita en tinta invisible. Estas son las líneas faltantes:
– Si podemos llevar a un hombre a la luna [Oh, no! ¿cuál será el próximo cliché?”], –entonces deberíamos ser capaces de colocar a un hombre con SIDA en la luna
[– ¿Uh? Pero, oye, ¿Por qué no? ¡Qué buena onda que pienses así]. –Y luego podríamos colocar a todos los hombres con SIDA en la luna.
La anticipación negada es brutal. ¿Pero a qué la crueldad? Porque la señora Silverman quiere deciros que ella, presumiblemente a diferencia de vosotros, acepta tanto a las víctimas de SIDA que las tratará como a todo el mundo. No la sorprenderás hablando a media lengua con adultos mayores. El que su posición sea honorable, más allá de su forma detestable, es enteramente accidental. Sus chistes tienen efecto porque son astuciosos (y los presenta bien), pero su modelo es Michael Jordan, no la Madre Teresa. Su objetivo es superioridad, no moralidad. Tal como debe ser. Lo único que pudiera ser más entretenido que el posicionamiento táctico de un cómico en el tablero de ajedrez moral sería que todos lo tomaran en serio. La señora Silverman no busca la edificación del espíritu de nadie, aparte del suyo propio. En ello, ella es sólo leal a la esencia narcisista de la comedia.
El modo normativo de la comedia es ecológicamente parasitario. Se alimenta de los compromisos más oscuros de la sociedad convirtiendo el comentario social en su vehículo primordial, no su función primordial. Por cierto, el comentario social como un fin en sí puede ser también divertido (por ejemplo Swift, Wilde, Twain). El humor, claro está, puede ser utilizado como condimento universal. Pero servido como comedia o condimento, la ambición del humor es cambiar expresiones faciales, no la sociedad. Es difícil sobrestimar la dependencia contextual. Hay humor universal, pero en su mayor parte no lo es. La pesadilla de George Carlin probablemente incluía un anuncio en el New York Times de que la “palabra F” sería ahora deletreada “fuck” [follar].
Hans Christian Andersen tuvo la suerte de no vivir en una colonia nudista, o su historia de un emperador sin vestimenta no hubiera conseguido la misma atención. El puritanismo y el humor sexual son los dos lados de la misma moneda. Si desaparece uno, el otro también se esfuma. Sociedades juveniles como la nuestra, es decir reprimidas en lo sexual y obsesionadas por la anatomía, alimentan su comedia con funciones corporales, pero sospecho que para los babosos el humor se pierde en la traducción. (Solo especulación de mi parte, por supuesto.) Bueno, no sería justo dejar esta declaración en género neutro ya que sin duda es el cromosoma Y el que reduce la edad emocional promedio de la comedia. No es ni siquiera cultural (comedia de gilipollas) – es molecular.
La sátira pone al descubierto lo absurdo en las esferas social y política mientras deja oculto lo no absurdo. Por revelador e inspirador que pueda ser, sigue basándose en un engaño: Que A sea malo, no significa que no-A sea mejor. En los hechos A podría ser un desagradable compromiso que permite que los seres humanos se las arreglen, mientras que el mundo B, inexplicado y no cuestionado, podría ser infernal. Una sociedad sin mentiras piadosas sería invivible – cuando una chica muy de su casa te pregunta si es bella ¿se supone que digas que no? – El humor intransigente puede ser bastante divertido, pero sus placeres están empañados. La comedia de Jon Stewart es inocua pero la tentación autoritaria en los discursos antirreligiosos de Bill Maher es inconfundible. El señor Maher sabe que la creencia religiosa es tan mundo A. Pero luego sigue postulando un mundo B de sentido común metafísico, como si existiera algo semejante. Olvida que lo obvio no es la única alternativa a lo absurdo. ¿Por qué es la creencia religiosa, que con tanta razón llama superstición, menos del mundo B que los mitos que reivindican los derechos de un okupa en su propia psique? ¿No celebra cumpleaños el señor Maher y desaprueba el canibalismo? ¿Qué tiene eso de racional? Su ridiculización selectiva, generalizada, de lo sagrado, proviene de un impulso totalitario. Y lo digo como alguien que parece compartir la mayor parte de los puntos de vista del señor Maher sobre la religión organizada.
El humor es una campana de alarma, un significador sin significado particular. Bill Maher y Sacha Baron Cohen (Borat) cometen el mismo error de impartir un significado cómico donde no hay ninguno. Jon Stewart comete el error opuesto: una renuencia a completar una sustancia no cómica. Como admite de buena gana, no permitirá que un hilo serio continúe más de 2 minutos sin acabarlo con un chiste. En sus propias palabras, es “sólo” un show de comedia. Por cierto, y Paris Hilton es “sólo” una rubia banal. Supongo que la
subestimación sigue estando a la moda en algunos círculos. El humor no te hará pensar: sólo sugerirá que debieras hacerlo. La buena comedia debiera ser un aperitivo que estimule tu apetito. Pero la comedia tarde por la noche en la televisión es un digestivo, humor a la hora del postre. Para entrar en batalla, necesitas compasión, calor, indignación y, preferentemente, un plan. Y, claro, lleva contigo humor en caso de que pierdas.
III. Reflexivilidad
Mi tercer punto es existencial. Los seres humanos son criaturas profundamente ridículas. El máximo chiste es nuestra propia existencia. La majestad de caballos, gaviotas, y gatos me recuerda que la dignidad y la risa no van bien juntas, ¿verdad? La teoría de la superioridad me dice que el humor es sospechoso y un placer culpable. ¿Pero cabe alguna duda de que otorga poder? Los seres humanos no pueden volar por sus propios medios pero pueden ser divertidos, lo que es la aproximación más cercana. Y no olvidéis que el humor es universal: uno se puede reír de cualquier cosa.
Dulce. En estas tres frases he logrado hacer añicos toda mi cosmología del humor. Por ejemplo, argumenté anteriormente que la inmoralidad no debiera ser divertida. A primera vista, esto parece plausible. ¿Cuántos chistes sobre Hitler se burlan de su altura, de su bigote, y de los ladridos de su oratoria en lugar de su maldad abismal? (Pista: es imposible burlarse del mal.) Pero la reflexivilidad lo cambia todo: es decir el conocimiento de uno mismo que nos permite incluirnos en la narrativa del humor, con plena conciencia de la incorporación. Eleva el humor a alturas inconcebibles sin su existencia.
Un amigo entra a la oficina de Niels Bohr y ve una herradura colgada en el muro:
–Niels ¿no crees en cosas semejantes, verdad?
–Claro que no, pero me dicen que funciona aunque uno no lo crea.
El humor es como el estornudo. Es breve y difícil de controlar. (La risa es algo completamente diferente. Es sabido que cómicos sin una capacidad conocida de crear una línea chistosa se las arreglan para asegurar que el público se desternille de risa con una payasada como “ríete o muere”.) Como un solo de Charlie Parker, un chiste solitario o una pulla chispeante pueden incluir mucho dramatismo. Aunque el remate del chiste tiende a ser “atómico” – en realidad es un remache – el choque que oculta puede ser ambiguo y multifacético. La introducción puede contener una multitud de hilos entrecruzados. Un chiste es una diminuta (contra)revolución así como una diminuta recreación. Quiero decir “recreación” en ambos sentidos de la palabra: teatro y juego.
Cuando Ricky Gervais se ríe del Libro del Génesis por hacernos creer que Dios creó el cielo y la tierra antes de la luz, ¿de quién se burla? El chiste es que es bastante difícil construir el cosmos de la nada; ¡imaginaos que hay que hacerlo a oscuras! ¿Se burla Gervais de la Biblia, de los fundamentalistas cristianos, de sí mismo (reflexivamente), de su público? ¿Dónde está el choque? ¿Es entre la fantasía del Génesis y la dificultad para el sentido común de trabajar en la oscuridad? Tal vez. Sin embargo, en el instante de la risa, soy vosotros, el público, no Dios, quienes tratáis de construir ese cosmos. Así que tal vez el choque tiene que ver con la irrelevancia de preocuparse de un asunto tan trivial como las condiciones de iluminación cuando la tarea es construir los planetas. El punto es que existe un choque en algún sitio, o tal vez en varios, y nos importa un pepino si no lo sabemos con certeza.
Rowan Atkinson, como diablo, da la bienvenida a los muertos en el infierno:
–Ateos, colocaos de este lado. Tal vez os sentís como un montón de cretinos, ¿verdad.
Contiene muchas “guerras de los mundos”: la falsificabilidad de la teología; la arrogancia de los ateos; la superstición de los creyentes; la incongruidad de un Satanás humorístico; etc. Algunos chistes pueden ser leídos de diferentes maneras y seguir siendo divertidos. La reflexivilidad se basa crucialmente en ese atributo. ¿Pero qué es? Os diré lo que no es. Tony Blair dijo una vez:
–No hago predicciones. Nunca las he hecho y nunca las haré
La declaración es autorreferencial pero el humor (tal como es) no es reflexivo. La reflexivilidad exige auto–conciencia (y sería demasiado pedir en el caso de Tony Blair). Una pieza de Broadway contiene esta línea:
–Hasta la vista, espero verte pronto.
–Bueno, es un elenco pequeño.
Humor exquisito, reflexivo. A diferencia del automenosprecio, donde el clon de tu persona no entra en una interacción dialéctica en particular con el original, la reflexivilidad depende críticamente de una interacción estrechamente asociada entre la imagen reflejada y su fuente. El mejor tipo de reflexivilidad es sugerido, no explícito, como en la pieza de Broadway:
Un hombre es llevado a su ejecución el lunes por la mañana y suspira: –¡Qué manera de comenzar la semana!
Este chiste es el modelo para cientos de otros. (Es una lástima que Bill Clinton lo haya arruinado para siempre al asistir a la ejecución de un preso retardado del corredor de la muerte en Arkansas, quien se hizo famoso al solicitar que le guardaran el budín servido para su última cena.) Es reflexivo porque la interpretación primaria, una terrible imbecilidad, cede rápidamente el paso a una segunda, la simulación de una terrible imbecilidad, de modo que el chiste se convierte en un chiste sobre un chiste. Una poción potente del mismo pote:
El oficial de la SS pide a Chaim y Shlomo que caven sus tumbas antes de ser fusilados. Chaim dice a su amigo: –¡No voy a cavar mi propia tumba! –Shlomo le responde–, Ven acá, Chaim, ya estamos bastante jodidos. ¡Cava esa tumba!
El horror del telón de fondo es totalmente plausible, pero el humor es irresistible. Así que, ¿es el oficial de la SS el único monstruo de la historia? ¿Y el narrador? ¿Y nosotros? El chiste es un espejo que refleja una imagen inquietante de nosotros mismos. Es el choque obvio de los mundos. Como en el chiste de la ejecución del día lunes, el mundo A es regido por la defectuosa lógica de Shlomo. Pero luego existe el patetismo adicional de una voz infantil. Shlomo podrá ser adulto, pero su lógica es inequívocamente la de un escolar. Cualquiera que tema que alguien superior pueda enojarse podrá oír todavía en su mente la voz de su madre en el primer día de escuela: –Haz una buena impresión ante tu maestra. Haz exactamente lo que te diga. ¿Prometido? –Que la “maestra” sea, en este caso, un sádico asesino es escalofriante. El planeta infantil de fantasía de Shlomo colide con un mundo B en el que apaciguar a los monstruos es fútil.
El chiste presenta un tipo particular de automenosprecio que es una característica del humor judío. Aunque sospecho que se trata de un chiste yiddish actualizado que data de antes del Holocausto, el contexto del automenosprecio es muy importante. Es una saeta reforzada contra la acusación de que los judíos fueron a Auschwitz como corderos al matadero. Casi se puede oír al narrador presentando el tropo antisemita: “En realidad, no sólo cavamos las tumbas; también le compramos a cada oficial de la SS en la Patria una pala para Navidad.” (Como en el chiste del choque de coches, seguimientos imaginarios, conscientes o no, tienen un papel secundario crucial.)
Luego hay una reflexivilidad implícita. El humor es tan estrafalario que el oyente sólo puede reír en un estado de consciencia de sí mismo. Esto, por su parte, obliga a remodelar a Shlomo de su papel de simplón cautivador a un avatar para el heroico narrador. ¿Por qué heroico? Porque simplemente no se puede permitir que amables cretinos con voces maternales en sus mentes caven sus propias tumbas antes de que los fusilen. Por lo tanto el narrador está realmente riéndose de la escena. (Sin reflexivilidad, esta transformación es absolutamente imposible: no hay ni una traza de burla en el texto.) Pero sólo un héroe bromea mientras enfrenta a la muerte. En el mundo A de la guerra, el que decide la muerte tiene la última palabra. En este mundo B, el que puede bromear antes de morir tiene la última palabra. Podéis matarme pero yo me reiré mientras lo hacéis. Hay una diferencia cualitativa con el chiste del cosaco. Éste ya no tiene que ver con obtener puntos. Ridiculizo el asesinato, no al asesino; lo hago no para disminuirlo sino para vencerlo. Por ilusorio que todo sea, estamos de vuelta en el territorio de la supervivencia.
Este nuevo, reflexivo, mundo B es absurdo desde el punto de vista evolucionista. ¿Contradice esto mi afirmación del humor como una práctica de supervivencia? No. De acuerdo, hacer el último chiste antes de que todo se termine no es exactamente que se obtenga una ventaja selectiva (como se espera cabalmente del mundo B). Pero es vivir consciente de que podría ser así. Una buena analogía es la filosofía estoica, que fomentaba la idea del suicidio por el poder que confería a su titular. Eso no significa que Epicteto haya corrido de arriba abajo por la Vía Apia instando a la gente a que saltara por las ventanas. Simplemente señaló el beneficio de mantener esa opción abierta.
El chiste del SS muestra tanto superioridad como bajeza. Pero la reflexivilidad no se detiene ahí. Se puede fácilmente volver de nuevo atrás y preguntarse qué clase de vano heroísmo acaba de construirse. Esto produce una dialéctica iterativa que puede continuar hasta donde permita la imaginación. La reflexivilidad da al humor su poder universal al convertirlo en su propio tema. El humorista tiene siempre la última palabra – os estoy mirando: Lenny Bruce y Bill Hicks. Podéis tomar cualquier cosa, incluso en chiste, envolverlo, bromear al respecto, y luego enjuagarlo y repetirlo, con plena consciencia de la recursividad.
En el sketch satírico de Atkinson llegamos a hacer de Dios. En el chiste del SS, llegamos a ser Dios. Al mirar a los ojos a la muerte y contar un chiste, declaramos una megavictoria sobre todo lo que nos estorba. El humor ya trata del mundo B, es el mundo B. Mediante el poder puro de la reflexivilidad, el humor mismo se ha convertido en la fuerza inexpugnable. Y no es ningún chiste.
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Bernard Chazelle es profesor Eugene Higgins de Ciencias Informáticos en la Universidad Princeton. Para contactos, abra su sitio en la Red: http://www.cs.princeton.edu/~chazelle/
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

1 comentario:

silvia dijo...

Un profundo análisis sobre el humor y sus consecuencias , sus glorias y sus bajezas. Excelente.

Silvia