14 octubre 2008

QUÉ ESPERAN EN MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA DEL FUTURO PRESIDENTE NORTEAMERICANO

El mundo está pendiente de lo que ocurra en Estados Unidos en noviembre porque, gane quien gane, se producirá un cambio gigantesco en la Casa Blanca que tendrá consecuencias globales. La edición española de Foreign Policy ha consultado a diversos intelectuales sobre qué puede esperar el resto del mundo del vencedor y a quién votaría, si pudiera. A continuación, reproducimos los comentarios relacionados con la región:

Si el próximo presidente de EE.UU. quiere ayudar a Israel, debe presionar para que se desmantelen las colonias judías en los territorios ocupados en la guerra de 1967

Abraham B. Yehoshua

Quisiera hablar en nombre de ese Israel que busca la paz y que quiere poner fin de verdad al conflicto con sus países vecinos. En mi opinión, ese Israel puede y debe no sólo esperar sino exigir algo muy sencillo al nuevo presidente que en enero de 2009 resida en la Casa Blanca: actuar con rotundidad valiéndose de todos sus medios para llevar a cabo la política que tradicionalmente ha defendido Estados Unidos en relación con el conflicto en Medio Oriente. Hasta ahora, los presidentes estadounidenses la han avalado e incluso se han comprometido a aplicarla, pero en la práctica han mostrado una debilidad preocupante a la hora de materializarla, y en ocasiones han obrado en contradicción con su propio discurso.
Los puntos fundamentales de esa política están claramente establecidos en la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que fue aprobada por unanimidad hace ya más de 41 años, tras el fin de la guerra de los Seis Días. Esta resolución fue promovida por Estados Unidos y en ella se aunaban de forma clara criterios morales con otros basados en la racionalidad política. La resolución 242 establece los siguientes puntos:
1. El reconocimiento de que la guerra de los Seis Días, también llamada del 67, fue un conflicto en legítima defensa por parte de Israel. Por lo tanto, la retirada de los territorios ocupados por el Ejército israelí en aquel enfrentamiento se hará solamente a cambio de un acuerdo de paz con los palestinos y con los países que iniciaron la guerra: Jordania, Egipto y Siria.
2. Los territorios de los que se retire Israel: [la península del] Sinaí, Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán han de ser desmilitarizados para que, en el futuro, no supongan un lugar desde el cual se podría volver a atacar Israel.
3. Israel no tiene ningún derecho a anexionarse los territorios ocupados en esa guerra ni a establecer en ellos asentamientos de colonos.
4. Jerusalén mantendrá el mismo estatus que tenía antes de la guerra, con una parte israelí y otra palestina. Sin embargo, los judíos tendrán derecho a acceder libremente a sus lugares sagrados en la
ciudad vieja, que se quedaría bajo el control de los palestinos o de los jordanos.
Éstos son los principios que establecía la resolución del Consejo de Seguridad, que los árabes rechazaron por completo y que Israel aceptó con ciertas reservas. Pero estos principios siguen constituyendo los únicos fundamentos morales posibles sobre los que establecer un acuerdo de paz entre Israel y los árabes.
EE.UU. ha sido un apoyo firme para Israel cada vez que se ha querido imponer al Estado hebreo una retirada de los territorios sin la contrapartida de un acuerdo de paz. En cambio, Washington no hizo nada para impedir que Israel sembrase de colonias y poblaciones los Altos del Golán, el Sinaí y, sobre todo, Cisjordania y la franja de Gaza. Estos asentamientos estaban destinados a bloquear una futura retirada de los territorios ocupados en 1967. Y Estados Unidos tampoco hizo nada para impedir que Israel unificase las dos partes de Jerusalén y convirtiese a la ciudad unificada en la capital del Estado.
Es cierto que la Casa Blanca ha proclamado siempre que las colonias judías son un obstáculo para la paz y nunca ha reconocido la anexión de Jerusalén Este y, por ello, su embajada está en Tel Aviv y no en Jerusalén. Sin embargo, a pesar de lo mucho que depende Israel de Estados Unidos y pese a la enorme ayuda militar y diplomática que ha recibido y recibe Israel de esta gran potencia mundial, Washington no ha ejercido una presión real y firme sobre Israel con el objetivo de impedirle realizar acciones unilaterales que, a fin de cuentas, no hacen sino frustrar cualquier posibilidad de alcanzar la paz de acuerdo con lo aprobado en la resolución 242 del Consejo de Seguridad.
Si el próximo inquilino de la Casa Blanca quiere ayudar de verdad a Israel a alcanzar la paz, deberá presionar para detener la construcción y ampliación de asentamientos y para que se desmantelen las pequeñas colonias. Y de esta forma apoyaría al gobierno israelí, que teme dar el paso de una nueva evacuación de colonos. Estados Unidos tiene que ejercer una presión verdadera y enérgica sobre el Ejecutivo israelí para que inicie un nuevo desmantelamiento de colonias, ayudando así a cualquier gobierno pacifista a preparar a la opinión pública para aceptar una evacuación de asentamientos dentro del marco de un acuerdo de paz; además, este paso supondría una clara señal para los palestinos, que verían que la paz es posible y que la visión de dos países independientes, Israel y Palestina, no es una mera frase hueca.

(*) Abraham B. Yehoshua es un escritor israelí. Su última novela se publicará en inglés en noviembre: Friendly Fire (Harcourt, Nueva York, 2008).

La próxima Administración debe buscar una solución política con los insurgentes afganos y con los tres grupos iraquíes
Barnett Rubin

La diplomacia estadounidense ha estado paralizada por la retórica de la guerra contra el terrorismo, una lucha contra el mal en la que otros actores están "con nosotros o con los terroristas". Semejante retórica impide un pensamiento estratégico sensato, porque equipara a los adversarios con un enemigo terrorista homogéneo. Sólo una iniciativa política y diplomática que distinga a los oponentes políticos de EE UU –incluidos los violentos– de terroristas de dimensión mundial como Al Qaeda podrá reducir la amenaza a la que se enfrentan Afganistán, Pakistán e Irak y dar seguridad al resto de la comunidad internacional. Ese plan tendría dos elementos en cada escenario de guerra. En Asia Central, buscaría una solución política con el mayor número posible de movimientos insurgentes afganos y paquistaníes, ofreciendo la inclusión política, la integración de las agencias [pastunes] de las Áreas Tribales de Pakistán –gobernadas de forma indirecta– en las instituciones políticas y administrativas del país, y el fin de las operaciones hostiles de las tropas internacionales a cambio de la cooperación contra Al Qaeda. En Irak, establecería como máxima prioridad la firma de un acuerdo entre los tres principales grupos: sunnitas, chiítas y kurdos.
Pero estos esfuerzos sólo tienen posibilidades de triunfar si se llevan a cabo en conjunción con serias iniciativas diplomáticas y de desarrollo que aborden la amplia variedad de cuestiones regionales y mundiales relacionadas con estas crisis, que ayudan a estimular, intensificar y prolongar los conflictos de Afganistán y Pakistán.
Tanto la Comisión Baker-Hamilton como el senador Barack Obama han pedido un refuerzo diplomático regional en el que todos los vecinos de Irak colaboren en la estabilización en la zona. Esa estrategia es igual de necesaria, si no más, en Asia Central. Afganistán lleva 30 años en guerra –un periodo más largo que el que va desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial al desembarco del día D en Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial– y ahora este conflicto está extendiéndose a Pakistán y otros países. La guerra y el terrorismo pueden seguir adelante y propagarse, incluso a otros continentes –como en el 11-S o el 11-M–, o provocar el desmoronamiento de un Estado con armas nucleares. Sin embargo, hasta ahora, no existe más marco internacional para afrontar el problema que las operaciones actuales en Afganistán, mal financiadas y mal coordinadas. El próximo gobierno de Estados Unidos debería lanzar una campaña autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU para acabar con la dinámica cada vez más destructiva del Gran Juego en la región. En Afganistán están representados en estos momentos los conflictos entre India y Pakistán, Estados Unidos e Irán, sunnitas y chiítas, Rusia y la OTAN y muchos otros. Washington debe aprovechar la oportunidad de sustituir este Gran Juego por un nuevo pacto general para la región.
(*) Barnett Rubin es director del Centro sobre Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York (Estados Unidos), y dirige el Programa de Reconstrucción de Afganistán del mismo centro.

Afganistán e Irak necesitan una ofensiva contra la pobreza

Shuja Nawaz

El nuevo presidente estadounidense tendrá que forjar unas relaciones mejores y más duraderas con los vecinos de Irak y Afganistán, así como llevar a cabo una retirada militar que no implique un abandono económico y político de unos países destrozados por la guerra.
Aunque quizá sorprenda a mucha gente que se aísla en Estados Unidos, los habitantes de Irak y Afganistán, así como de la región en la que se encuentran, no quieren más que lo que anhelan la mayoría de los estadounidenses: paz, una oportunidad para criar a sus hijos con buena sanidad y buena educación, y la capacidad de ganarse la vida decentemente. No quieren ser invadidos ni ocupados, ni que los gobiernen con mano de hierro. Decenios de guerra han hecho daño a Afganistán e Irak y han destruido el tejido de sus sociedades (sus intelectuales y su clase media han sido blancos de la militancia interna o se han ido en busca de una vida mejor, irónicamente a EE UU y Occidente, la fuerza ocupante y fuente de su turbación actual).
La esperanza que pueden tener los pueblos iraquí y afgano respecto al nuevo inquilino de la Casa Blanca es que ponga en marcha planes para una salida militar pero que emprenda una ofensiva sostenida contra la pobreza y ayude a vacunar a los dos países contra el ascenso de sistemas de gobierno autocráticos. Ambos países son sociedades tribales con tradiciones y costumbres que se remontan siglos atrás: una forma de asegurar la estabilidad será traspasar el poder a provincias y distritos y a los consejos locales, y fomentar la formación de un consenso nacional del tipo del antes estable Meesak-i-milli (Concordia del pueblo) de Afganistán. Habrá que empezar a reconstruir las estructuras sociopolíticas de abajo a arriba, no de arriba a abajo.
Ahora bien, una retirada militar de Estados Unidos no debe significar una salida política ni económica, la peor pesadilla para la gente de estos dos países desgarrados por la guerra. Estados Unidos ya abandonó Afganistán una vez, después de que se fueran los soviéticos en 1989. En palabras del general Brent Scowcroft, Washington tuvo que volver en 2001 para completar la tarea que debería haber hecho entonces. Asimismo, dejó que los iraquíes se las arreglaran solos tras la liberación de Kuwait en 1991. No puede arriesgarse a volver a cometer el mismo error porque esas acciones tienen repercusiones más amplias.
Para aumentar la armonía nacional, el nuevo presidente estadounidense también tendrá que forjar unas relaciones mejores y más duraderas con los vecinos de ambos Estados: reabrir el diálogo con Irán en vez de arrinconarlo de forma hostil y construir una relación a largo plazo con el pueblo de Pakistán, y no con un gobernante o autócrata específico. Estas medidas restaurarán la estabilidad en la región y permitirán que Irak, Afganistán, Irán y Pakistán contribuyan a la paz, en vez de a la guerra, en una de las zonas más peligrosas del mundo actual. Si pudieran, iraquíes y afganos votarían a un presidente estadounidense que haga la paz, y no la guerra.

(*) Shuja Nawaz nació en Pakistán y vive en Estados Unidos. Es autor de Crossed Swords: Pakistan, its Army, and the Wars Within (Oxford University Press, 2008). Escribe con frecuencia sobre temas políticos y militares. Puede visitar su página web www.shujanawaz.com

El nuevo inquilino de la Casa Blanca debe abandonar su doble vara de medir los conflictos de Medio Oriente y renunciar al petróleo de la región

Nawal al Saadawi
Los árabes (si es que puedo hablar en su nombre) no quieren nada del próximo presidente de Estados Unidos, salvo que los deje en paz y renuncie al sueño de apropiarse del petróleo árabe en provecho del complejo militar nuclear americano-israelí. No me hago ilusiones respecto al nuevo inquilino de la Casa Blanca, ya sea Obama o McCain, demócrata o republicano: son producto del mismo sistema esclavista posmoderno (o sistema religioso racista patriarcal capitalista).
Creo que nadie va a liberarnos si no nos liberamos nosotros mismos. Tenemos que deshacernos de nuestros regímenes (dictadores) árabes que nos oprimen y trabajan junto a los poderes neocoloniales exteriores para explotarnos. Creo en nuestra propia fuerza para emanciparnos de forma colectiva y organizada, y también en nuestro poder de liberación individual, a partir del propio ser. Tengo que emanciparme como mujer, como escritora, como ser humano, y no esperar que algún poder divino o humano me libere. Y el próximo presidente de EE UU debería empezar por liberarse a sí mismo antes de poder libertar a los demás. El candidato vencedor, ya sea Obama o McCain, debería quitar de su mente el velo de mentiras y engaños del juego político mundial. Tendría que darse cuenta de que será presidente tras jugar a eso que llaman elecciones libres. Al igual que [en el caso del] libre mercado, se trata de la libertad de los poderosos para dominar a los menos poderosos.
Durante la campaña presidencial, Obama ha estado renunciando a sus principios para ganar fondos y votos (votos cristianos, judíos y capitalistas). En uno de sus discursos, dijo que la seguridad de Israel es la seguridad de EE.UU. y que está preparado para usar su poderío militar en defensa de Israel. ¿Y qué hay de la seguridad de los palestinos que han perdido su tierra, sus hogares y sus familias? Nada, salvo palabras falsas y vacías sobre el denominado proceso de paz.

Obama es menos racista, menos patriarcal, menos capitalista, menos sexista y menos militarista que McCain. Se opuso a la guerra de Irak por motivos relacionados con los intereses de Washington. Pero puede recurrir fácilmente a la guerra si es en beneficio de EE. UU e Israel.
El próximo presidente no debería entrometerse en la vida de los otros pueblos mientras mantenga su identidad y su mentalidad americana, judeocristiana y colonial. Le pediría que liberase su mente de la dependencia del petróleo árabe, que se conforme con su propio crudo o busque otras formas de conseguir energía que no consistan en matar gente en nuestra región. El oro negro es lo que llevó a Israel a invadir Palestina por la fuerza, y lo que hace que la sangre siga corriendo en Irak, Palestina, Darfur, Irán, Afganistán y otros lugares.
Le pediría al próximo inquilino de la Casa Blanca que deje el petróleo iraquí para los iraquíes, que no les imponga la Ley del Petróleo, que otorga a Estados Unidos el monopolio sobre este recurso durante 30 años. Le preguntaría: ¿por qué EE UU sigue teniendo armas nucleares mientras impide a otros tenerlas? ¿Por qué Israel sí las tiene? Obligasteis a todos los países de nuestra región –incluyendo a Egipto– a abandonar sus programas nucleares, incluso por motivos sanitarios. Es hora de acabar con este doble rasero… Y le diría que parase de hablar de democracia, derechos humanos, desarrollo, civilización, derechos de la mujer, espiritualidad, moralidad, Dios y valores cristianos…, que dejase de utilizar estos eslóganes para encubrir las guerras económicas y militares [de EE UU]. Hemos descubierto este juego. Sea creativo, intente otro.

(*) Nawal al Saadawi es psiquiatra, escritora y feminista egipcia. Fue candidata independiente a la presidencia de su país y acaba de publicar en inglés la obra de teatro God Resigns at the Summit Meeting (Saqi, Londres, 2008), prohibida en Egipto.

El cambio que promete Obama atrae a muchos en Irán

Ramin Jahanbegloo
Desde la revolución iraní en 1978, las relaciones entre Teherán y Washington han sido siempre tensas y, en ocasiones, intensamente hostiles. Con la posible excepción de una breve distensión con el gobierno del presidente Khatamí a finales de los 90, la Administración estadounidense no ha sido nunca capaz de establecer relaciones diplomáticas normales con el régimen islámico revolucionario de Teherán. A lo largo de la crisis de los rehenes de 1979-1980, durante la guerra entre Irak e Irán en los 80 y, ahora, ante el dilema del enriquecimiento nuclear, Estados Unidos ha tratado a Irán como un Estado deshonesto dirigido por un gobierno fundamentalista. El régimen de los ayatollahs apoya a las milicias que actúan en Irak y sus dirigentes amenazan a Israel y niegan el Holocausto.
Ahora, la pregunta del millón es: ¿podrá Obama cambiar la política de Washington respecto de Irán? ¿Y qué piensan los iraníes de él como presidente? Obama cree que Estados Unidos no ha agotado sus opciones no militares para afrontar la amenaza iraní. Quizá por eso, unos pocos meses antes de las elecciones presidenciales estadounidenses, muchos iraníes opinaban que la victoria de Obama sería el mejor resultado para la política de EE UU respecto de su país. Su candidatura ha suscitado entre los iraníes mucho interés, pero también pesimismo.
Algunos creen que, debido a sus antepasados africanos y sus lazos familiares con la religión musulmana, e incluso a su segundo nombre, Husein (el nieto del profeta Mahoma y una figura venerada en el Islam chiíta), Obama hará todo lo posible para que Washington ponga fin a 30 años de tensiones con Teherán. Para este grupo, la traducción de su nombre al farsi sería Oo ba ma (Él está con nosotros). Por el contrario, los pesimistas recuerdan lo que sucedió en los 70, cuando Jimmy Carter venció en las elecciones y presionó para que hubiera en Irán libertad de expresión, lo que desembocó en una revolución islámica. Estos iraníes, contrarios al régimen, prefieren claramente la victoria de McCain. En cuanto a los responsables del gobierno, desde luego son partidarios de que gane McCain, porque creen que, si continúa el enfrentamiento con Estados Unidos, les será más fácil conservar su popularidad como antiamericanos y antiimperialistas en el Medio Oriente musulmán. Ahora bien, el lema principal de Obama es el cambio, y cambio es lo que piden muchos iraníes.
Pero la pregunta evidente que se me ocurre es: si Obama resulta elegido presidente y acepta negociar con Irán, ¿cómo reaccionará el régimen iraní? ¿Y hasta qué punto podrá hacer frente a los sectores de Washington que ya están en guerra contra la República Islámica de Irán? Obama tendrá que enfrentarse a adversarios difíciles tanto en Irán como en su propio país. Hay muchas incertidumbres y es difícil ver indicios de que una presidencia de Obama pueda mejorar las relaciones con Irán de manera sustancial.

(*) Ramin Jahanbegloo es filósofo iraní y profesor de Ciencia Política en la Universidad de Toronto (Canadá) e investigador en el Centro de Ética de la misma institución.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca debe alejarse de los gobiernos corruptos y tiránicos de África

Ayaan Hirsi Ali
La segunda mitad de la pregunta es fácil de responder. Los africanos, si pudieran, votarían por Obama. Hijo de un keniano y criado por una madre separada, la figura de Obama se ha vendido como la de un héroe africano que ha trabajado mucho para llegar hasta donde está hoy. Es un padre y esposo devoto y un maravilloso modelo para los niños negros de todo el mundo, en especial de África.
África no es monolítica. Como en todos los demás continentes, la gente tiene intereses distintos. Algunos de sus habitantes quieren que el próximo presidente anime a los estadounidenses a invertir en su continente. Otros son partidarios de [que les otorguen] más ayuda. Ambos candidatos se han comprometido a erradicar la malaria y el sida en África; un gesto generoso y honorable que salvará las vidas de millones de sus pobladores. Pero lo que los africanos necesitan verdaderamente del nuevo inquilino de la Casa Blanca es que Estados Unidos se distancie, en el terreno diplomático y en el económico, de los gobiernos africanos corruptos que violan los derechos humanos y roban los recursos naturales de sus países para su uso personal. A los jóvenes del continente les interesará saber cómo funciona la democracia estadounidense y aprender de ella. Su Constitución y su sistema de equilibrio de poderes es un modelo que a los africanos les gustaría copiar, si supieran en qué consiste.

Las ideas sobre la forma de gobernar que existen hoy en África son, en su mayor parte, perniciosas. Después de décadas de mal gobierno por parte de hombres acostumbrados a hacerse con el poder por la fuerza, muchos africanos han preferido buscar refugio en el viejo y conocido sistema tribal. Algunos, carentes de educación, creen en supersticiones como que un baile puede atraer la lluvia o que acostarse con una virgen puede curar el sida. Muchos otros han sucumbido a la teología islámica radical transmitida por los agentes wahabíes procedentes de Arabia Saudita. Aunque en África están presentes muchas ONG occidentales, sobre todo estadounidenses, que ofrecen su ayuda de todas las formas posibles, no se ha puesto en marcha ningún programa sistemático para educar a las masas sobre las ventajas de tener un modelo democrático que funcione como es debido. Un modelo como el de EE.UU. que trascienda la raza, el color, el sexo y la clase, y que tenga como puntos de partida la libertad y la igualdad para todos. No digo que los estadounidenses lo hayan conseguido del todo; tampoco digo que sea fácil transplantar ese sistema a la compleja realidad política de África. Sí sé que hay millones de africanos que admiran a Estados Unidos, un país en el que un joven negro cuyas raíces se encuentran en Kenia puede ser designado candidato a la presidencia por un gran partido político exclusivamente en función de sus méritos. Muchos africanos confían más en EE UU, que no tiene historia colonial, que en los antiguos colonizadores europeos y los modelos de gobierno que dejaron en herencia.
(
*) Ayaan Hirsi Ali es una ex parlamentaria holandesa de origen somalí, es investigadora en el American Enterprise Institute (Washington, EEUU).

La fuente: Foreign Policy Edición Española.

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