21 noviembre 2008

UN MY LAI POR MES

Nick Turse
The Nation

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


A mediados de los años sesenta, el Delta del Mekong, con sus verdes arrozales y aldeas bordeando canales, era el tazón de arroz de Vietnam del Sur y residencia de casi 6 millones de vietnamitas. También fue uno de los baluartes revolucionarios más importantes durante la Guerra de Vietnam. A pesar de su importancia militar, responsables del Departamento de Estado estaban “profundamente inquietos” ante la posible introducción de muchos soldados de EE.UU. en el área densamente poblada, temiendo que sería imposible limitar la matanza de civiles.
Sin embargo, a fines de 1968, cuando las negociaciones de paz en París comenzaron en serio, los funcionarios de EE.UU. lanzaron una “acometida por tierra” para pacificar inmensos sectores del Delta y colocar a la población bajo el control del gobierno sudvietnamita en Saigón. Para lograrlo, desde diciembre de 1968 hasta mayo de 1969, la Novena División de Infantería realizó una operación en gran escala, con apoyo de recursos no pertenecientes a la división que iban desde helicópteros artillados a bombarderos B-52. La ofensiva, conocida como Operación “Speedy Express”, reivindicó un recuento de enemigos muertos de 10.899 al coste de sólo 267 vidas estadounidenses. Aunque se sabía que los guerrilleros estaban bien armados, la división capturó sólo 748 armas.
A fines de 1969, Seymour Hersh reveló la historia de la masacre de My Lai ocurrida en 1968, durante la cual soldados de EE.UU. masacraron a más de 500 civiles en la Provincia Quang Ngai, al extremo norte del Delta. Algunos meses después, en mayo de 1970, un “grunt” [acrónimo para soldado sin entrenamiento especial enviado al frente, N. del T.] que participó en “Speedy Express” envió una carta confidencial a William Westmoreland, en aquel entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, diciendo que las atrocidades de la Novena División equivalían a “un My Lai por mes durante un año.” En sus memorias de 1976 “A Soldier Reports,” Westmoreland insistió en que: “El Ejército investigó cada caso [de posibles crímenes de guerra] no importa quién hizo la afirmación,” y afirmó que “ninguno de los crímenes se aproximó ni remotamente a la magnitud y al horror de My Lai.” Sin embargo él actuó personalmente para acallar una investigación de las atrocidades en gran escala descritas en la carta del soldado.
Descubrí esa carta y dos más, cada una sin firma o firmada sólo “Sargento Inquieto,” en los Archivos Nacionales en 2002, en una colección de archivos sobre el caso de Sargento que había sido desclasificado, pero olvidado, iniciando lo que se convirtió en una investigación de un año de duración. Los antecedentes muestran que sus afirmaciones – sobre helicópteros artillados que ametrallaban a no-combatientes, de ataques aéreos contra aldeas, de campesinos abatidos a tiros en sus campos mientras los comandantes presionaban inexorablemente para altos recuentos de víctimas mortales – fueron una fuente de preocupación a alto nivel. Un estudio de la carta por un experto del Pentágono estableció que sus afirmaciones eran extremadamente plausibles, y funcionarios militares identificaron provisoriamente al autor como George Lewis, condecorado con el “Corazón Púrpura”, quien sirvió en la Novena División en el Delta desde junio de 1968 hasta mayo de 1970. Sin embargo no existe información alguna de que investigadores hayan tomado contacto alguna vez con él. Ahora, a través de mi propia investigación - utilizando material de cuatro importantes colecciones de papeles de archivo y personales, incluyendo cartas confidenciales, relatos de informaciones secretas del Pentágono, entrevistas no publicadas con sobrevivientes de Vietnam y funcionarios militares, realizadas en los años setenta por periodistas de Newsweek, así como entrevistas nuevas con oficiales y personal alistado de la Novena División – he podido corroborar las horrendas afirmaciones de Sargento. La investigación muestra un inquietante cuadro de matanza de civiles en una escala que por cierto hace parecer pequeña la de My Lai, y un encubrimiento a los niveles más altos del Ejército. Las matanzas no ocurrieron por accidente o aberración. Fueron, en cambio, el resultado de políticas de mando que convirtieron amplios sectores del Delta del Mekong en “zonas de libre fuego” en un implacable esfuerzo por lograr un elevado recuento de víctimas mortales. Aunque la carnicería en el Delta no comenzó ni terminó con “Speedy Express”, la operación provee una dura nueva instantánea de la desalmada matanza que caracterizó las acciones de EE.UU. durante la Guerra de Vietnam.
El sargento inquieto
Una sospecha de que algo terrible había tenido lugar en el Delta del Mekong apareció en una fuente extremadamente improbable – un Informe de Interrogatorio para Oficiales de Alta Categoría de septiembre de 1969 que antes era confidencial, de ningún otro que el comandante de la Novena División, entonces el general Julian Ewell, que llegó a ser conocido entre los militares como “el Carnicero del Delta” por su obsesión total con el recuento de víctimas mortales. En el informe, copias del cual fueron enviadas a la oficina de Westmoreland y a otros altos responsables, Ewell señaló francamente que aunque la Novena División colocaba el acento sobre “el uso discriminado y selectivo del poder de fuego,” en algunas áreas del Delta “donde dicho énfasis no fue aplicado o no era factible, el campo se parecía a los campos de batalla de Verdún,” el sitio de una batalla tristemente célebre por lo sangrienta de la Primera Guerra Mundial.
En diciembre de ese año, un documento producido por el Frente de Liberación Nacional [de Vietnam] precisó el cuadro. Informó que entre el 1 de diciembre de 1968 y el 1 de abril de 1969, primordialmente en las provincias Kien Hoa y Dinh Tuong del Delta, la “9ª División lanzó un “ataque expreso” y “destruyó muchas áreas, masacrando a 3.000 personas, sobre todo ancianos, mujeres y niños, y arrasando miles de casas, cientos de hectáreas de campos y huertos.” Pero es casi seguro que, al igual que la mayoría de los informes del FLN sobre atrocidades contra civiles, éste fue descartado como propaganda por funcionarios de EE.UU. Un informe de ese mismo mes de United Press International en el que asesores de EE.UU. acusaron a la división de haber aumentado el Recuento de víctimas mortales matando a civiles con helicópteros artillados y artillería, también fue ampliamente ignorado.
Luego, en mayo de 1970, la carta de diez páginas de Sargento Inquieto llegó a la oficina de Westmoreland, diciendo que tenía “información sobre cosas tan malas como My Lai” y describiendo, en detalle, el coste humano de la Operación “Speedy Express”.
En esa primera carta, el sargento no escribió sobre un puñado de masacres sino que de políticas oficiales de mando que habían llevado al asesinato de miles de inocentes.
“Señor, la 9ª División no hizo nada para impedir los asesinatos, y al impulsar con tanta energía el recuento de víctimas mortales, nos “dijeron” que matáramos muchos vietnamitas más que en My Lai, y sólo sabíamos que unos pocos por cientos de ellos eran enemigos...
“En caso que usted no piense que quiero decir que muchos vietnamitas fueron muertos de esa manera, le puedo dar una cierta idea de cuántos lo fueron. Un batallón mataba tal vez 15 o 20 por día. Con 4 batallones en la Brigada eso sería fácilmente entre 40 a 50 por día, o entre 1.200 y 1.500 por mes. (¡Un batallón reivindicó casi 1.000 recuentos de víctimas en un mes!) Si sólo tengo razón en un 10%, y créame que es mucho más, le estoy hablando de unos 120 a 150 asesinatos, o sea un My Lay por mes durante un año...
“Los francotiradores llegaban a entre 5 y 10 por día, y creo que todos los 4 batallones tenían equipos de francotiradores. Eso representa 20 por día o por lo menos 600 por mes. De nuevo, si tengo razón en un 10% [solo] los francotiradores representaron un My Lai cada dos meses.”
En esta carta, y en dos más enviadas durante el año siguiente a otros altos generales, el sargento informó que la artillería, los ataques aéreos, y los helicópteros artillados habían causado estragos en áreas pobladas. Bastaban, dijo, unos pocos disparos desde una aldea o desde una arboleda cercana y los soldados “siempre pedían artillería o helicópteros o ataques aéreos.” “Muchas veces,” escribió, “eran pedidos aunque no nos dispararan. Y cuando llegábamos a la aldea había mujeres y niños llorando y a veces heridos o muertos.” Los ataques eran disculpados, decía, porque eran considerabas “zonas de libre fuego.”
El sargento escribió que la política de la unidad era disparar no sólo contra guerrilleros (a los que los soldados de EE.UU. llamaban Vietcong o VC) sino a cualquiera que corriera. Ése fue el “asesino número uno” de civiles desarmados, escribió, explicando que los helicópteros “sobrevolaban a un sujeto en los campos hasta que se atemorizaba y corría y entonces lo aniquilaban” y los francotiradores de la 9ª División abatían a tiros a campesinos a larga distancia para aumentar el recuento de víctimas mortales. Informó que era común que se detuviera a civiles desarmados y se les obligara a caminar frente a una unidad para activar trampas-bomba del enemigo. “Ninguno [de] nosotros quería que lo volaran,” escribió, “pero no era correcto utilizar civiles para hacer estallar las minas.” También explicó la baja ratio de armas:
“compárelos [los recuentos de víctimas] con la cantidad de armas que obtuvimos. No los escondites, o las armas que encontramos después de un gran enfrentamiento con los más duros, sino a un VC muerto con un arma. El general simplemente tenía que saber de las muertes equivocadas por las armas. Si informamos de armas, teníamos que entregarlas, así que decíamos que las armas fueron destruidas por balas o lanzadas a un canal o arrozal. En la estación seca, antes de los monzones, había sitios en los que muchos canales y todos los arrozales estaban secos. El general tiene que haber sabido que era inventado.”
Según el Sargento Inquieto, esos asesinatos fueron todos realizados por un motivo: “el general a cargo y todos los comandantes, que nos presionaban permanentemente para que tuviéramos un alto recuento de víctimas mortales.” Señaló que: “Nadie dio alguna vez órdenes directas de ‘disparar a civiles,’ que yo sepa, pero los resultados no mostraron ninguna diferencia con si... lo hubieran ordenado. Los vietnamitas estaban muertos, víctimas de la presión por el recuento de víctimas mortales y a nadie le importaba lo suficiente como para detenerlo.”
El carnicero del Delta y el Papaíto del Arrozal
Durante el período de Ewell como comandante de la Novena División, desde febrero de 1968 hasta abril de 1969, sus unidades lograron ratios de muertes notablemente elevadas. Mientras el promedio histórico de EE.UU. era de diez a uno, se dice que los soldados de Ewell lograron setenta y seis a uno en marzo de 1969. La obsesión de Ewell con el recuento de víctimas mortales fue compartida con entusiasmo por su adjunto, el entonces coronel Ira”Jim” Hunt, quien sirvió de comandante de brigada en la Novena División como jefe de estado mayor de Ewell.
“Hunt, que fue durante un tiempo nuestro Comandante de Brigada y luego fue general adjunto... solía vociferar y maldecir por radio y hablar de los malditos “gooks”, y decir a los helicópteros artillados que dispararan a los hiputas, que era una zona de libre fuego,” escribió el Sargento Inquieto. Hunt, dijo, “no se preocupaba por los vietnamitas ni por nosotros, sólo quería el máximo de todo, incluyendo el recuento de víctimas mortales”; “Hunt siempre maldecía y gritaba por radio desde su C and See [helicóptero de Comando y Control] a los soldados o a los helicópteros artillados que dispararan a algunos vietnamitas que veía corriendo aunque no sabía si tenían un arma o si eran mujeres o qué.”
El sargento escribió que el observador avanzado de artillería (FO) “decía al comandante de mi compañía que no podía disparar a la aldea porque estaba en la lámina superpuesta de población.” El comandante del batallón “se enfurecía y maldecía por radio al comandante de mi compañía y... declaraba un contacto [con el enemigo] para que el FO disparara como sea. Yo estaba ahí, y no estábamos en contacto pero el comandante de mi compañía y el FO hacían lo posible por conseguir que el COL [coronel] echara marcha atrás.” Continuó: “Ni siquiera escuchaba cuando el FO quería esperar hasta que oscureciera y utilizar granadas de WP [fósforo blanco] que estallaban en el aire para ajustar... para no aniquilar chozas.” En su lugar, dijo el coronel “tenía que ser HE (alto explosivo) directamente en las casas.”
En una entrevista que realicé en 2006 con Deborah Nelson, que era periodista en Los Angeles Times, Ira Hunt afirmó que la Novena División no disparó artillería cerca de aldeas. También negó todo conocimiento de las afirmaciones de Sargento Inquieto y argumentó contra la noción de que un énfasis del mando en el recuento de víctimas mortales haya conducido al asesinato masivo de civiles. “Nadie va a decir que civiles inocentes no sean muertos en tiempos de guerra, pero tratamos de limitarlo a un mínimo absoluto,” dijo. “Las muertes civiles son anatema, e hicimos lo posible por proteger a civiles. Considero increíble que haya gente que salga y mate a civiles inocentes sólo para aumentar un recuento de víctimas mortales.” Pero entrevistas con varios participantes en “Speedy Express”, junto con testimonios públicos e informes publicados, confirman sólidamente las afirmaciones en las cartas de Sargento.
El comandante del batallón de Sargento Inquieto, al que se refieren las cartas, fue el difunto David Hackworth, quien tomó el mando de la Infantería 4/39 de la Novena División en enero de 1969, En sus memorias de 2002: “Steel My Soldiers' Hearts,” se hizo eco de las afirmaciones de Sargento sobre la presión abrumadora para producir elevados recuentos de víctimas. “Numerosos civiles vietnamitas inocentes fueron masacrados por el impulso de Ewell-Hunt por tener el recuento de víctimas mortales más elevado del país,” escribió. También señaló que cuando Hunt presentaba una recomendación para una mención, citando una ratio elevada de muertes, excluía el hecho incómodo de que “la 9ª División tenía la ratio más baja de armas capturadas al enemigo en Vietnam.”
Durante “Speedy Express”, el mayor William Taylor Jr. también vio a Hunt in acción, y en una entrevista en septiembre se hizo eco de la evaluación de Sargento Inquieto. Taylor, actualmente coronel en retiro y asesor sénior en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, recordó haber volado sobre arrozales con Hunt: “Dijo algo al piloto, y repentinamente el artillero en la puerta comenzó a disparar una ametralladora de calibre .50 por la puerta, y dije: ‘¿Qué diablos es eso?’ Él dijo: ¿Ves a esos piyamas negros ahí en los arrozales? Son Vietcong. Acabamos a matar a dos.’” Inmediatamente después, Hunt habló de nuevo con el piloto. “Estaba haciendo un recuento de víctimas mortales,” dijo Taylor. “Informando de un recuento de víctimas mortales.” Más tarde preguntó a Hunt cómo podía identificar a Vietcong desde el helicóptero, sin ver armas o recibir fuego desde tierra. “Dijo: ‘Porque llevan piyamas negros.’ Dije: ‘Bueno, señor, pensé que los trabajadores en los campos llevan piyamas negros.’ Dijo: ‘No, no aquí. Los piyamas negros son Vietcong.’”
Como Hackworth, Taylor recordó un énfasis predominante en los recuentos de víctimas. Era “la medida más importante de éxito, y venía del ejemplo personal del comandante de la Novena División, general Julian Ewell," dijo. “Lo vi directamente. El recuento de víctimas mortales lo era todo.”
En agosto hablé con Gary Nordstrom, enfermero en combate de la Compañía C, Infantería 2/39 de la Novena División, durante “Speedy Express”, quien describió cómo el énfasis en el recuento de víctimas mortales llegaba al terreno. “Para todos los soldados rasos, ésa era la mentalidad,” recordó. “Conseguid el recuento de víctimas mortales. Conseguid el recuento de víctimas mortales. Prevalecía por doquier. Pienso que era la mentalidad del cuerpo de oficiales de arriba abajo.” En múltiples casos, su unidad disparó contra vietnamitas sin otro motivo que porque iban corriendo. “Por lo menos en una ocasión,” dijo, “fui y confirmé que estaban muertos.”
En los últimos meses, hablé con dos oficiales de la Novena División que se pelearon con Ewell por políticas de la división. El teniente general en retiro, Robert Gard, quien comandó los cinco batallones de artillería de la división durante su período de servicio 1968-69, me habló del fuerte énfasis de Ewell en el recuento de muertos y dijo que nunca supo de restricción alguna respecto a los disparos en o cerca de aldeas. “No cabe duda alguna de que nuestras operaciones resultaron en víctimas civiles,” me dijo en julio. Gard recordó haber discutido con Ewell una vez sobre tiros de artillería contra una aldea después de recibir fuego de morteros desde ella. “Le dije que no, pensaba que era imprudente hacerlo,” dijo en una entrevista en 2006 conmigo y Nelson.” Tuvimos un enfrentamiento por el tema.” Gard también sirvió con Hunt, a quien sucedió como jefe de estado mayor de la división. Al preguntarle si también Hunt, presionaba por mayores recuentos de víctimas, Gard respondió: “A lo grande”. “Jim Hunt se apodaba “Papaíto del Arrozal,” recordó Gard, refiriéndose a la señal de radio de Hunt. “Perdía las riendas.”
El mayor Edwin Deagle sirvió en la división de julio de 1968 hasta junio de 1969, primero como ayudante de Ewell y Hunt y luego como oficial ejecutivo (XO) de la Infantería 2/60 de la división durante “Speedy Express”. En septiembre me habló sobre “la tremenda presión que Ewell aplicaba a todas las operaciones de unidades de combate, incluyendo la artillería, que tendría a crear circunstancias bajo las cuales aumentaba la cantidad de víctimas civiles.” Inquieto específicamente de que la presión sobre las unidades de artillería había erosionado la mayoría de las salvaguardas sobre los disparos cerca de aldeas, enfrentó a su comandante. “Terminaremos por matar a muchos civiles,” dijo a Ewell.
Deagle recordó además un incidente después de hacerse cargo como XO cuando estaba escuchando en la radio como una de sus unidades cayó en una emboscada y perdió al comandante de la compañía, dejando a cargo a un oficial subalterno. Confuso e incapaz de ganar la partida a las fuerzas enemigas, el teniente pidió un ataque de helicópteros con instrucciones poco precisas. “Lanzaron una tremenda cantidad de cohetes de 2,75 mm a la localidad,” recordó Deagle, “y eso mató a un total de unos 145 familiares o civiles vietnamitas.”
Deagle emprendió amplios análisis estadísticos de la división y estableció que 2/60, uno de diez batallones de infantería, daba razón de un 40% desproporcionado de las armas capturadas. Sin embargo, incluso en su batallón atípico, prevalecía una mentalidad de recuento de víctimas mortales, según el enfermero en combate Wayne Smith, quien llegó en los últimos días de “Speedy Express” y terminó por servir con el 2/60. “Todo tenía que ver con el recuento de víctimas mortales,” recordó en junio. Cuando tenía que ver con zonas de libre fuego, “Todo el que estaba era víctima fácil,” dijo Smith. “Así eran las cosas. A veces pueden haber tenido armas. Otras no. Pero si estaban en un área, seguro que tratábamos de matarlos.”
Otro estadounidense que presenció la carnicería fue John Paul Vann, teniente general en retiro del Ejército que llegó a ser jefe de los esfuerzos de pacificación de EE.UU. en el Delta del Mekong en febrero de 1969. Voló en algunas de las operaciones nocturnas de helicópteros de la Novena División. Según notas de una entrevista no publicada con el corresponsal del New York Times en la Guerra de Vietnam, Neil Sheehan, en 1975, el adjunto de Vann, coronel David Farnham, dijo que Vann estableció que los soldados utilizaban artefactos de visión nocturna para atacar a cualquiera y a toda persona, casas y búfalos de agua que discernían. No se hacía ningún intento para determinar si se trataba de civiles o enemigos, y como resultado se mató o hirió a una gran cantidad de no combatientes.
Louis Janowski, quien sirvió como consejero en el Delta durante “Speedy Express”, vio muchas cosas similares y se mostró mordaz en un informe interno de fin de su período de servicio en 1970. En el informe, calificó a otras operaciones de helicóptero en el Delta, conocidas como programa Phantom, de una forma de “terrorismo no selectivo.” “He volado misiones de Phantom III y he volado en operaciones de evacuación médica en helicópteros a suficiente gente mayor y niños como para creer firmemente que el porcentaje de Viet Cong muertos por recursos de apoyo corresponde aproximadamente al porcentaje de Viet Cong en la población,”, lo que indica un modelo de muertos totalmente indiscriminado. “Es decir, si un 8% de la población de un área es Vietcong, aproximadamente un 8% de la gente que matábamos eran Viet Cong.”
Un consejero en otra provincia del Delta, Jeffrey Record, también presenció la carnicería infligida a civiles por el programa Phantom durante “Speedy Express”. En un artículo de 1971 en Washington Monthly, Record recordó que vio como helicópteros artillados bombardeaban una manada de búfalos de agua y a seis o siete niños que los cuidaban. Segundos después, el tranquilo arrozal había sido “transformado en un légamo sanguinolento lleno de trozos de carne,” escribió Record. “Los niños muertos y los búfalos de agua fueron agregados al recuento de víctimas mortales oficial de Viet Cong.”
El encubrimiento
En abril de 1969 Ewell ascendió a jefe de la II Field Force, Vietnam, que entonces era el mayor comando de combate de EE.UU. en el mundo. Ese mismo mes, en un artículo de AP, Ira Hunt defendió el recuento de víctimas mortales contra los que lo calificaban de “terrible medida de rendimiento.” El artículo también citaba a un alto oficial que negó que se matara deliberadamente a no combatientes, mientras aceptaba que muertes de no combatientes resultaran de operaciones de la Novena División. “¿Hemos matado a civiles inocentes?” preguntó retóricamente durante una entrevista. ‘Diablos, sí’ respondió, ‘pero lo mismo hacen los sudvietnamitas.’”
En la primavera de 1970, cuando Ewell se preparaba para abandonar Vietnam para servir como máximo consejero militar de EE.UU. en las conversaciones de paz de París, R. Kenley Webster, asesor jurídico interino del Ejército, leyó la carta de Sargento Inquieto a pedido del Secretario del Ejército Stanley Resor. Según un memorando que Webster escribió en esos días, que estaba entre los documentos que descubrí en los Archivos Nacionales, lo “impresionó su acometividad” y “sinceridad” y ordenó un informe interno anónimo de un respetado veterano de Vietnam. Ese informe confirmó las afirmaciones de Sargento Inquieto:
“Es de conocimiento común que la carrera de un oficial puede ser hecha o destruida en Vietnam... Bajo tales circunstancias – y especialmente si incentivos como “salidas de los cuarteles”, adjudicaciones de R&R [descanso y relajación], y condecoraciones están ligadas a las cifras de recuentos de víctimas – la presión de matar indiscriminadamente, o por lo menos dar parte de cada víctima vietnamita como si fuera una baja del enemigo, parecería ser prácticamente irresistible.”
En junio de 1970 Webster envió un memorando, con el estudio, a Resor, recomendando que consultara con
Westmoreland y Creighton Abrams, en aquel entonces máximo comandante en Vietnam, sobre el asunto. Según documentos del Ejército, Resor y Abrams discutieron las afirmaciones, pero no se inició una investigación.
Noticias de las atrocidades en el Delta ya se filtraban al público. Ese invierno, veteranos de “Speedy Express” hablaron sobre la matanza de civiles en la Investigación Nacional de Veteranos en Washington, y en la Investigación del Soldado de Invierno en Detroit. En abril de 1971, en audiencias dirigidas por el representante
Ronald Dellums, graduados de West Point veteranos de Vietnam testificaron sobre la “manía del recuento de víctimas mortales” de Ewell. Ese mismo mes, apareció el artículo de Record en Washington Monthly.
Dentro de días, Robert Komer, ex adjunto de Westmoreland y jefe de los esfuerzos de pacificación en Vietnam, escribió a Vann solicitando su evaluación del artículo y señalando que: “¡Todo suena demasiado verosímil!” A comienzos de mayo de 1971, Vann respondió a Komer, entonces consultor con la RAND Corporation, que “EE.UU. se encuentra en terreno muy frágil respecto de si las misiones aéreas Phantom u otras de “caza y mata,” y literalmente asesores iracundos, militares y civiles han documentado cientos de horribles ejemplos.”
Por aquel entonces, Ira Hunt había vuelto de Vietnam y, en un extraño vuelco del destino, dirigía la investigación del Ejército del coronel Oran Henderson, el comandante de brigada cuya unidad realizó la masacre de My Lai. Aunque Hunt recomendó sólo un castigo suave, no-judicial según el Artículo 15 – Henderson fue juzgado por un consejo de guerra. El 24 de mayo, Henderson soltó una bomba, diciendo que el asesinato masivo no era una aberración. “Cada unidad de tamaño de brigada tiene su My Lai oculto en algún sitio,” dijo. El único motivo por el que no eran conocidos era que “cada unidad no tiene un Ridenhour." De hecho, la brigada de Hunt tenía un denunciante como Ron Ridenhour, pero en lugar de enviar cartas a docenas de destacados funcionarios del gobierno y de las fuerzas armadas, el Sargento Inquieto mantuvo por desgracia sus quejas dentro del Ejército – temiendo, escribió, que si las publicaba el Ejército se metería “en más líos.”
La falta de exposición al público posibilitó que los militares disimularan las afirmaciones. En agosto de 1971, mucho más de un año después de la primera carta de Sargento a Westmoreland, un memorando del Ejército señaló que por fin la División de Investigación Criminal intentaba identificar y ubicar al autor de la carta – no para investigar sus afirmaciones sino para evitar que sus quejas llegaran al señor Dellums.” En septiembre, la oficina de Westmoreland ordenó al CID que identificara al Sargento Inquieto y “le asegurara que el Ejército estaba comenzando a investigar sus afirmaciones”; dentro de días, el CID informó que la división lo había “identificado provisoriamente” y que buscaría una entrevista. Pero el mismo día de ese informe del CID, un asistente de Westmoreland escribió un memorando declarando que el general había solicitado el consejo de
Thaddeus Beal, subsecretario del Ejército y abogado civil, quien recomendó que ya que las cartas de Sargento Inquieto eran anónimas, el Ejército podía legítimamente desecharlas. En el memorando, el asistente resumió los pensamientos de Westmoreland diciendo: “Hemos hecho todo lo que podíamos hacer en este caso,” y “de nuevo reiteró que no estaba tan seguro de que debiéramos enviar algo al exterior en este asunto de afirmaciones generales de crímenes de guerra.” Poco después, en una reunión a fines de septiembre entre funcionarios del CID y alto personal del Ejército, la investigación que apenas había comenzado fue oficialmente liquidada.
Enterrando la historia
En 1971, algo atrajo la atención de Alex Shimkin, corresponsal a tiempo parcial de Newsweek, fluente en vietnamita, mientras estudiaba minuciosamente documentos emitidos por el Comando de Ayuda Militar de EE.UU., Vietnam, o MACV, que coordinaba todas las actividades militares de EE.UU. en Vietnam del Sur: la ratio extremadamente desequilibrada de enemigos muertos a armas capturadas durante “Speedy Express”. A instancias de Kevin Buckley, jefe del buró de Newsweek en Saigón, y sin conocimiento de las afirmaciones de Sargento Inquieto, Shimkin inició un exhaustivo análisis de los documentos del MACV que incluían fechas, lugares y estadísticas detalladas. De ahí, él y Buckley comenzaron a ahondar.
Entrevistaron funcionarios civiles y militares de EE.UU. a todos los niveles, rebuscaron a través de registros de hospitales civiles y viajaron a áreas del Delta más afectadas por “Speedy Express” para hablar con sobrevivientes vietnamitas. Lo que averiguaron – en gran parte documentado en entrevistas y notas no publicadas que obtuve recientemente de Buckley – se hacía eco exactamente de lo que el Sargento Inquieto confió a Westmoreland y a otros altos generales. Todas sus fuentes les aseguraron que no había falta de armas del enemigo que justificaran la burda disparidad entre muertes y armas. La única explicación de la ratio, descubrieron, era que muchos de los muertos eran civiles. Inmensas cantidades de ataques aéreos habían diezmado el campo. Fulminantes andanadas de artillería y morteros fueron realizadas continuamente. Muchas, si no la mayoría, de las muertes fueron registradas en la bitácora de helicópteros y ocurrieron de noche.
“El horror fue peor que My Lai,” dijo a Buckley un funcionario estadounidense familiarizado con las operaciones de la Novena División de Infantería en el Delta. “Pero en el caso de la Novena, las víctimas civiles llegaban poco a poco y se extendían durante largos períodos. Y en su mayoría fueron infligidas desde el aire y de noche. También, fueron avaladas por la insistencia del comando en elevados recuentos de víctimas.” Otro cuantificó el asunto, señalando que hasta 5.000 de los muertos durante la operación eran civiles.
Relatos de sobrevivientes vietnamitas en Kien Hoa y Dinh Tuong repitieron los escenarios descritos por el Sargento Inquieto. Buckley y Shimkin hablaron con un grupo de ancianos de una aldea que sabían de treinta civiles que fueron asesinados cuando tropas de EE.UU. los utilizaron como detectores humanos de minas. Un anciano vietnamita de Kien Hoa les dijo: “Los estadounidenses destruyeron cada casa con artillería, ataques aéreos o quemándolas con encendedores para cigarrillos. Unas 100 personas fueron muertas por bombardeos.” Otro hombre, el señor Hien, recordó: “Los helicópteros ametrallaron el área incluso a plena luz del día porque la gente que trabajaba en sus campos y jardines se asustó al aproximarse los helicópteros y comenzaron a escaparse corriendo.”
Otro anciano de Kien Hoa, el señor Ba, recordó: “Cuando llegaron los estadounidenses a comienzos de 1969 hubo fuego de artillería contra la aldea todas las noches y varios ataques de B-52 que excavaron la tierra.” Los registros del MACV no sólo mostraron bombardeos en el área exacta de la aldea; el informe fue confirmado por entrevistas con un enfermero Vietcong local que más tarde se sumó a las fuerzas sudvietnamitas aliadas con EE.UU. Les dijo que “cientos de granadas de artillería cayeron en la aldea, causando numerosas víctimas.” Siguió diciendo: “Trabajé para un doctor del Frente [Nacional de Liberación] y el operó a menudo cuarenta o más personas por día. Su hospital trató a por lo menos mil personas de cuatro aldeas a inicios de 1969.”
Buckley y Shimkin encontraron registros que mostraban que durante “Speedy Express”, un 78% de los 1.882 civiles heridos por la guerra tratados en el hospital provincial Ben Tre en Kien Hoa – que servía sólo a una pequeñísima área del vasto Delta – estaban heridos por fuego de EE.UU. E incluso esa gran cantidad fue probablemente una subestimación de la cantidad de víctimas. “Mucha gente que fue herida murió camino a los hospitales,” dijo un funcionario de EE.UU. “Muchos otros fueron atendidos en casa, o en hospitales dirigidos por el VC, o en pequeños dispensarios operados por el [Ejército sudvietnamita]. La gente que llegó a Ben Tre tuvo suerte.”
En noviembre de 1971. Buckley envió una carta al MACV en la que se hizo eco de las afirmaciones de Sargento Inquieto sobre matanzas masivas durante “Speedy Express”. Citando la asimétrica ratio de muertes y armas, Buckley escribió: “La investigación en el área por Newsweek indica que una considerable proporción de los muertos eran civiles no combatientes.” El 2 de diciembre MACV confirmó la ratio y muchos de los detalles de Buckley: “Un elevado porcentaje de víctimas fue infligido de noche”; Un alto porcentaje de las víctimas fue infligido por las unidades [de helicópteros] de la Caballería Aérea y de la Aviación del Ejército”; pero con advertencias e insistencia de que MACV no pudo substanciar la “afirmación de que una proporción considerable de las víctimas fueron civiles no combatientes.” En su lugar, MACV sostuvo que muchos de los muertos eran guerrilleros desarmados. Como reacción a la solicitud de Buckley de entrevistar al comandante de MACV Creighton Abrams, MACV declaró que Abrams, quien había sido informado sobre las afirmaciones de Sargento Inquieto el año antes, no tenía “información adicional.” La mayoría de las preguntas de seguimiento de Buckley, enviadas en diciembre, no recibieron respuesta.
Pero según la entrevista de Neil Sheehan con el coronel Farnham, quien sirvió como adjunto de Vann, para entonces el tercer estadounidense por su poder sirviendo en Vietnam, se había difundido la información sobre la próxima aparición del artículo de Newsweek. A fines de 1971 o inicios de 1972, Vann se reunió en Washington con Westmoreland y el Vicejefe de Estado Mayor del Ejército Bruce Palmer Jr. Antes de la reunión, Vann informó a Farnham sobre el próximo artículo de Newsweek y dijo que estaba eludiendo a Buckley a fin de evitar preguntas sobre “Speedy Express”. En la reunión, a la que asistió Farnham, Vann dijo a Westmoreland y Palmer que la Novena División de Ewell había matado desenfrenadamente a civiles en el Delta del Mekong a fin de aumentar el recuento de víctimas mortales y así favorecer la carrera del general, destacado las misiones nocturnas de helicópteros artillados como la peor de las tácticas de la división. Según Farnham, Vann dijo que “Speedy Express” fue, en efecto, “muchos My lais” – remedando de cerca el lenguaje de Sargento Inquieto. Farnham dijo que Westmoreland puso en escena una “actuación magistral”, afirmando repetidamente que nunca había oído semejantes afirmaciones. Cuando Vann mencionó la próxima revelación de Buckley, Westmoreland instruyó a su ayudante y a Farnham para que abandonaran la habitación porque él, Palmer y Vann, tenían que discutir “un tema muy delicado.”
Finalmente, la investigación de casi 5.000 palabras de Buckley y Shimkin, incluyendo un recuadro convincente de testimonios de testigos presenciales de sobrevivientes vietnamitas, fue vetada por los editores superiores de Newsweek, que expresaron su preocupación de que un artículo semejante constituiría un ataque “innecesario” contra el gobierno de Nixon [vea "The Vietnam Exposé That Wasn't," en thenation.com, que discute la investigación de atrocidades de Buckley y Shimkin, incluyendo la de un equipo de los SEAL [fuerzas especiales] de la Armada dirigido por el futuro senador Bob Kerrey]. Buckley argumentó en un cable que el artículo era más que una revelación de atrocidades. “Es decir,” escribió Buckley a fines de enero de 1972, “que todos los días la [Novena] División mataba no-combatientes con un poder de fuego totalmente indiscriminado. La aplicación del poder de fuego se basaba en que cualquiera que corriera era enemigo y por cierto, que cualquiera que vivía en el área podía ser matado.” Un artículo trunco de 1.800 palabras fue finalmente publicado en junio de 1972, pero muchos hechos cruciales, entrevistas de testigos, incluso la mención del nombre de Julian Ewell, quedaron en el piso de la sala editorial. En su forma eviscerada, el artículo provocó sólo un interés mínimo.
Días antes de que apareciera la historia, Vann murió en un accidente de helicóptero en Vietnam y, unas pocas semanas después, Shimkin fue muerto cuando cruzó por error las líneas norvietnamitas. También murió la historia de “Speedy Express”.
Ewell se retiró del Ejército en 1973 como teniente general, pero fue invitado por el jefe de estado mayor del Ejército para que trabajara con Ira Hunt en el detalle de sus métodos para desarrollar “futuros conceptos operativos.” Hasta ahora, Ewell y Hunt tuvieron la palabra final sobre la Operación “Speedy Express”, en su libro “Sharpening the Combat Edge” [Afilando el lado cortante del combate] de Estudios de Vietnam del Ejército de 1974. Aunque el nombre de la operación falta en el texto, alabaron tanto los resultados como las técnicas brutales condenadas por Sargento Inquieto, incluyendo las operaciones nocturnas de helicópteros y el uso agresivo de francotiradores. En las últimas páginas del libro, hicieron una referencia sesgada a las afirmaciones que hicieron erupción en 1970 para ser invalidadas por Westmoreland. “La 9ª División de Infantería y la II Field Force, Vietnam han sido criticadas con la justificación de que ‘su obsesión por el recuento de víctimas mortales’ era básicamente erróneo o condujo a prácticas a prácticas indeseables,” escribieron, antes de repudiar rápidamente esas afirmaciones. “La conclusión básica de que estuvieron ‘obsesionados por el recuento de víctimas mortales’ no es verdad,” escribieron, afirmando en cambio que sus métodos terminaron por “‘desbrutalizar’ la guerra.”
Ewell vive ahora en Virginia. Durante una visita que hice a su casa en 2006 junto con Deborah Nelson, la esposa de Ewell nos dijo que ya no otorga entrevistas. Ira Hunt se retiró del servicio activo en 1978 como general. También vive en Virginia.
George Lewis, el hombre identificado provisoriamente por el Ejército como Sargento Inquieto, procedía de
Sharpsburg, Kentucky. Recibió el “Corazón Púrpura” así como Medallas de Mención de Honor del Ejército con una “V” por valor por su servicio en Vietnam y fue dado de baja formalmente en 1974. Lewis murió en 2004, a los 56 años, antes de que pudiera ubicarlo.
Hasta hoy, civiles vietnamitas en el Delta del Mekong recuerdan los horrores de la Operación “Speedy Express” y los innumerables civiles muertos para aumentar el Recuento de víctimas mortales. Registros del Ejército indican que ningún soldado de la Novena División de Infantería, y menos aún sus comandantes, han sido alguna vez juzgados en consejo de guerra por matar a civiles durante la operación.
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Nick Turse es editor asociado y director de investigación de Tomdispatch.com. Ha escrito para Los Angeles Times, San Francisco Chronicle, Adbusters, the Nation, y regularmente para Tomdispatch.com. Su primer libro: “The Complex: How the Military Invades Our Everyday Lives,” una exploración del nuevo complejo militar-corporativo en EE.UU., fue recientemente publicado por Metropolitan Books. Su sitio en la red es: Nick Turse.com
Este artículo aparece en la edición del 1 de diciembre de 2008 de The Nation.
Apoyo para la investigación de este artículo fue suministrado por el Investigative Fund de The Nation Institute. Ayuda para la investigación fue suministrada por George Schulz del Center for Investigative Reporting, Sousan Hammad y Sophie Ragsdale.
http://www.thenation.com/doc/20081201/turse

ISRAEL BLOQUEA EL SUMINISTRO DE AYUDA HUMANITARIA A GAZA

TODO: ¿POR QUÉ CALLA EL MUNDO? ¿POR QUÉ CALLA LA UNIÓN EUROPEA? ¿POR QUÉ DESANGRAN A UN PUEBLO Y ACOSAN A UN GOBIERNO LEGÍTIMAMENTE ELEGIDO POR EL PUEBLO EN LAS ELECCIONES MÁS DEMOCRÁTICAS QUE HUBO ALGUNA VEZ EN EL MEDIO ORIENTE?
LOS CRÍMENES DE GUERRA DEL GOBIERNO ISRAELÍ Y SUS GENDARMES ARMADOS DEBERÁN DAR CUENTA DE LAS MUERTES, EL HAMBRE Y EL DUELO... ¡MÁS TARDE O MÁS TEMPRANO!


Los almacenes de alimentos de Naciones Unidas están vacíos
JUAN MIGUEL MUÑOZ - Jerusalén - 21/11/2008


Los almacenes de alimentos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos (UNRWA) están vacíos en Gaza. Son ya 15 días de clausura casi total de los cruces fronterizos con Israel y el director de UNRWA, John Ging, airea su desesperación. No entiende la política israelí, que a su juicio refuerza el extremismo en Palestina. "¿En qué otro lugar padece la ONU un embargo? ¿Dónde se somete la ayuda alimentaria a tan severas restricciones?", plantea. No halla respuesta.

Unos 800.000 habitantes de la franja -la mitad de la población- reciben suministros del organismo. Ahora esperan. Como aguardan a que las entregas de combustible a la única central eléctrica -que paga la UE- se reanuden para que los cortes de luz no lleguen a 12 horas al día, o 18 en algunos campos de refugiados.
Las críticas al bloqueo apenas afectan al Ejecutivo israelí. La alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Navi Pillay, dijo desde Ginebra: "Un millón y medio de palestinos han sido privados de sus más básicos derechos humanos durante meses. El bloqueo es una violación de las leyes internacionales y humanitarias". Tel Aviv reaccionó: anunció el boicoteo a una conferencia contra el racismo en 2009.
El 4 de noviembre, Israel rompió la tregua de seis meses pactada con Hamás el 19 de junio. Los militares alegaron que los palestinos construían un túnel cerca de la frontera. El lanzamiento de cohetes sobre las comunidades israelíes se desató. Habían sido cuatro meses de calma total, en los que, sin embargo, la entrada de mercancías fue autorizada por Israel en cantidades nimias. Por eso, Ging cree que la clausura de pasos "obedece a motivos políticos y no está relacionada con la seguridad".

20 noviembre 2008

Fidel y Jintao hablaron sobre la crisis mundial

TODO: Leí tres veces el comunicado... Podría leerlo otras cien veces y seguiría pensando que me encuentro dentro de una historieta, o junto a Alicia en el "País de las Maravillas", o andando, tomados de la mano, con Gulliver, Pinocchio o La Cenicienta.

Quisiera entender de qué cosa habla el comunicado, de qué pueblo, partido y gobierno comunista de China nos cuenta... ¿Del pueblo que tiene millones de desocupados? ¿del pueblo proletario chino que trabaja por monedas de dólar? ¿Del gobierno del dumping internacional, que ha destruido las industrias livianas de los países de América Latina, Europa, Africa, Asia y Oceanía? ¿Están hablando de ese gobierno, de ese partido...comunista...? Y encima conversan "sobre la crisis mundial"...? ¿Es en serio o se trata de una broma de malísimo gusto?

Se acabaron, hace mucho tiempo, los cultos a la personalidad, la "infalibilidad de los dirigentes", "la verdad es marxista", "el partido nunca se equivoca". Ahora hay que agregar que estamos viviendo en una nueva era del "internacionalismo proletario", en que todos debemos sacrificarnos en el moloch de la economía capitalista de estado de China. Digámoslo sin verguenza, con la frente alta. Ya nos jodieron más de medio siglo. Marx, Lenin y Mao, si pudiesen (qué pena que no puedan...) ver lo que ocurre en el mundo del "socialismo real sobreviviente", no dudarían en continuar el sueño eterno (nada que ver con la novela de Raymond Chandler)
Andrés Aldao



Fidel y Jintao hablaron sobre la crisis mundial

El líder cubano Fidel Castro y el presidente chino Hu Jintao sostuvieron una larga plática en La Habana sobre la crisis mundial y las relaciones bilaterales, de la cual fueron publicadas fotos en las que el cubano aparece delgado, pero "recuperado" según el visitante.
Castro, de 82 años y alejado del poder hace más de dos años por una grave crisis de salud, luce en las fotos con el cabello recortado y cano, vestido con un traje de ejercicios deportivos rojo y azul, mientras estrecha ambas manos al mandatario chino.
Las imágenes fueron difundidas por la estatal televisión cubana y por la agencia oficial china Xinhua en su sitio de internet.
Ambos líderes comunistas sostuvieron "una larga conversación en una atmósfera de sinceridad y amistad", según el informe de la agencia china, y es expresiva "de los lazos amistosos que unen a los pueblos, gobiernos y partidos (comunistas) de ambos países", añadió el comunicado cubano leído en la televisión.

19 noviembre 2008

¿SE PUEDE PARAR LA OCUPACIÓN DE PALESTINA?

Ilan Pappé − Comité de Solidaridad con la Causa Arabe

Conferencia de Ilan Pappe en el Auditorio del MACBA de Barcelona, 16 octubre 2008


La entrada del Auditorio del MACBA de Barcelona parece la entrada a un refugio, escondida detrás el museo, la sala subterránea parece hazaña expresamente para encuentros como esta de hoy -16 de octubre-. Los palestinos y los amigos del pueblo palestino de Barcelona montan sus encuentros en el subsuelo. Cada día bajan los escalones de la Casa Palestina, a la calle Leopoldo Alas: por conmemorar la Nakbah se reúnen el 15 de mayo a los sótanos del CCCB; hoy escucharán el Ilan Pappé en esta sala, a la altura de los fundamentos del MACBA. A la entrada, dos chicas morenas parapetadas tras una barricada de libros imprescindibles: “La limpieza étnica de Palestina”, “Historia de la Palestina moderna. Una tierra, dos pueblos” de Pappé, “Palestina: ocupación y resistencia” y, quizás para dejar buen gusto de boca a tanta historia amarga, Aroma árabe de Salah Jamal. Sentados en cómodas butacas esperamos. Se escuchan conversaciones en un diversas lenguas: castellano, inglés, árabe y, incluso, catalán pese a que estamos en la Ciudad Condal. No hay ningún representante de las autoridades, los políticos catalanes hace más de treinta años que no se citan a las catacumbas.

El historiador israelí entra acompañado por Salah Jamal, médico y escritor, barcelonés de Palestina. Salah nació en Nablus, Ilan nació en Haifa de padres alemanes, los dos son, pues, nacidos en Palestina.

Ilan Pappé, profesor a la Universidad de Haifa, doctorado en Oxford, es uno de los «nuevos historiadores israelíes». Una de esas personas que buscan en páginas de documentos mohosos lo que los poderosos quisieran ocultar, que escriben lo que pasó en Palestina a la luz de documentos militares desclasificados. Romper mitos crea problemas y, pese a que Pappé no quiere hablar de los suyos, sabemos que, amenazado de muerte por la ultraderecha israelí, vive exiliado y tiene cátedra en Inglaterra.

«Hablaré de la ocupación a Palestina y como acabarla», dice al empezar

«Una ocupación siempre es el resultado de una guerra. Internacionalmente hay unos roles establecidos para ocupado y ocupante. En todo el mundo la ocupación ha tenido, tiene, un inicio y un final. En Palestina no, porque las élites de Israel no están dispuestas a ponerle fin. La ocupación es un fin en sí misma», afirma.

«Si un médico quiere curar a un paciente lo primero que debe hacer es una buena diagnosis. Si hablamos todavía de ocupación, la solución está en tener dos estados. No puede haber seguridad para los israelíes sin una salida justa para los palestinos. Antes de empezar un proceso de paz se debe hablar del fin de la ocupación civil y militar de Palestina. Pero en Israel no piensan que han ocupado Cisjordania y Gaza. Israel explica algo que sólo ellos entienden. Es demasiada complicado para nosotros, que sólo podemos llamarle ocupación», sigue.

«Cuando me preguntan sobre la situación actual en Cisjordania y Gaza siempre digo que debemos volver los ojos hacia lo historia. Sin hacerlo no entenderemos nada. Es una historia larga. Es la historia del sionismo, desde el siglo XIX hasta 1948, buscando un territorio para los judíos, en Sudamérica, en África, finalmente en Palestina. Quien ocupa tierra de otro es un colonialista. Querían conseguir el máximo de tierra con el mínimo de palestinos. El sionismo aspiraba a construir un estado democrático parecido a los regímenes europeos, pero esto entraba en contradicción con la limpieza étnica que implementaban. Abandonaron los valores democráticos para conseguir más tierras», dice serio.

«De 1948 hasta hoy es una historia corta. La historia de la ocupación. Hoy, en el 2008, las dos historias se encuentran. La misma gente que tomó las decisiones para la limpieza étnica el año 1947, son las que tomaron las decisiones en 1967. Todos los representantes del espectro político israelí estuvieron de acuerdo en perpetrar este crimen contra la humanidad. La ideología sionista es la misma entonces y ahora, y sigue anhelando más tierras y menos palestinos.

«Pero en 1967 no pueden expulsar y matar a los palestinos como veinte años antes. No al menos a tan gran escala. Los palestinos de los territorios ocupados en el año 1967 se podrán quedar. Pero la tierra será de Israel para siempre jamás. Entonces, ya sabían que habrían negociaciones, conversaciones, resistencia. Juegos políticos. Pero no aceptarán que los saquen de los territorios», afirma convencido. «Ahora en Israel desclasifican documentos secretos»

«En esto son más transparentes que en España. Tenemos acceso a documentos de 1967 y sabemos que ya entonces estaban decididos a quedarse todos los territorios para Israel. El dilema es como apropiarse la tierra sin echar a la gente y a los que se queden no darles ningún derecho. Para implementar esto quieren crear la prisión más grande del mundo: la Megacárcel, con capacidad para tres millones de personas.

« Hay dos versiones. La primera es una prisión al aire libre, con autonomía si aceptan la autoridad de Israel. Oslo y Camp David representan el mejor modelo de esta prisión que les pueden ofrecer. Pero si rechazan esta oferta hay otra cárcel. Esta es de máxima seguridad, la que los palestinos sufren desde el año 2000. Con muro, sin los exiguos derechos del otro modelo y dónde a cada acción de resistencia se contrapone el castigo colectivo», dice mirando fijamente al público.

«Mirando atrás, a 1967, me sorprende la efectividad de los israelíes para crear las leyes de esta prisión, las terminaron dos semanas después de la ocupación. Primero, el control seria de los militares; más tarde de los civiles. La Shabak -la policía secreta- tiene un sistema tremendamente operativo: todo lo que los palestinos necesitan tiene un precio, que se paga colaborando. Un quiosco, estudiar, una habitación, atención médica… tiene un precio. Los que quieren colaborar muchas veces acaban en la prisión real, encerrados entre cuatro paredes.

«Los últimos ocho años hemos visto los últimos adelantos de la Megacárcel: vallas electrificadas, el muro del apartheid, los checkpoints, los caminos bloqueados con escombros, las barreras en todos los pueblos de los territorios ocupados… Cuando hay resistencia la megacárcel se torna más dura. Se debe castigar a todo el mundo con castigos colectivos», dice mientras -quizás- sus pensamientos rememoran lo que sus ojos han visto. «Y cual es la solución?»

«De entrada llamar a las cosas por su nombre. No es sólo la ocupación, es un sistema maligno basado en la certeza de que los palestinos no son personas. Son un problema y como tal que se los debe tratar. Debemos saber qué es este sistema que usan los sionistas en Palestina, comprenderlo para saber como se puede abolir.

«Este sistema es de una ineficiencia eficiente. Se dan pocos permisos para todo, por eso es imposible satisfacer a todos los palestinos. Es policial, con normas y arbitrario, aunque conozcamos todas las leyes los soldados y los policías pueden decidir en cualquier momento aplicarlas o no. Cuando lo criticamos nos acusan de antisemitas.

«Pero debemos diferenciar el sistema de las personas. Cambiar los diccionarios para cambiar los conceptos. No son dos partes enfrentadas. No son dos países en guerra. Es un sistema colonial que desposee a las personas. Es un sistema criminal, donde unos son victimarios y los otras sus víctimas. A una mujer maltratada, violada, a nadie se le ocurre pedirle que negocie nada con su violador. Sencillamente se acaba con el crimen y se castiga al criminal», suena rotunda, su voz, como la de una sentencia.

«La negociación empieza acabando con la megacárcel. Solucionando el problema de los refugiados. Buscando una manera para convivir juntos. Pero insisten con las conversaciones de Oslo y los acuerdos de Camp David y no dicen nada de acabar con la prisión, no podremos ir a ninguna parte hasta acabar con este crimen.

«Durante mucho tiempo hemos creído que la diplomacia solucionaría el problema. Pero el proceso de paz es sólo una pantalla para continuar con la expansión de las colonias y establecer las normas de la megacárcel. La estrategia del Cuarteto - EEUU, UE, ONU y Rusia- es continuar con las negociaciones y no hablar del crimen. Ahora con la crisis ya no hablan ni de proceso de paz. Ya no necesitan justificar nada», sostiene rotundamente. «Los palestinos creían que la resistencia es el camino. Como historiador debo decir que no han tenido éxito. En Jenin ha desaparecido una generación de jóvenes, la que va de los 18 a los 25 años. Tenemos ahora la responsabilidad de escoger una buena estrategia, que no es ni la diplomacia ni la lucha armada.

«Una tercera estrategia que implique a la opinión pública de los países europeos. Una campaña como la que provocó el fin del apartheid en Sudáfrica. Debemos decir a Israel que así no son bienvenidos, que serán apartados de la comunidad internacional si continúan con esta política racista e inhumana. No podemos cambiar el régimen de Israel, pero podemos influir, determinar un cambio. Hicieron falta 21 años para derrocar el régimen de Sudáfrica. No tenemos más opción para acabar con el apartheid en Palestina”.

«Si Israel destruye a los palestinos, los árabes -tarde o temprano- destruirán Israel. En beneficio de todos, y es difícil decirlo para mí como Israelí que soy, ahora es la última posibilidad de construir un movimiento social que entienda la importancia que tiene este conflicto por el futuro de la paz al mundo y que quieran contribuir a acabar con este crimen. Es difícil desprogramar a la gente con una ideología racista. Harán falta años, pero es el único camino», dice.

«Europa, sus gobiernos, compensaron a los judíos de siglos de persecuciones. Los compensaron dando carta blanca al proyecto sionista que desposeyó a los palestinos. Europa es responsable moral del mal que han sufrido y sufren los palestinos. En 1948 había otras opciones que ahora ya no existen.”

«Debemos hacer que los países de Europa, y sobre todo Alemania, que son quienes bloquean todas las soluciones, sean más positivos y digan a Israel que no puede mantener este régimen de apartheid por más tiempo», expresa convencido.

Acaba la charla y empieza el coloquio. Salah administra los turnos de palabras. Su gesto da paso a las preguntas nuevas. Una chica y un chico se pasean por la sala con un micro inalámbrico que ofrecen a quienes tienen cuestiones y quieren expresarlas.

Si es Europa quien debe ser protagonista, ¿qué rol tienen los palestinos?

«Qué papel pueden jugar los prisioneros de la megacárcel, no tienen papel porque primero han de estar en libertad. Un camino es la resistencia que en 40 años no ha dado frutos. El otro es la solidaridad internacional. La gente de Israel piensa que la prisión es necesaria pero no saben qué pasa allá dentro, y nosotros no somos lo suficiente fuertes para cambiarlo. Los palestinos necesitan la unidad para luchar y ser eficaces», contesta.

Se están rompiendo mitos modernos, pero también es interesante que se rompan los antiguos, como quienes afirman que nunca existió la resistencia judía a Masada.

«Los libros que niegan los mitos antiguos son muy populares entre los jóvenes israelíes, no así los que hablan de Gaza y de la limpieza étnica de Palestina. Así como en España no es ningún problema hablar acerca de la expulsión de los judíos, sobre todo porque hace 500 años de aquellos hechos», responde.

¿Cuál es el rol de los palestinos en Acre y en Israel?

«Los israelíes no están preparados por entender que al instaurar el Estado de Israel expulsaron a la gente que vivía allá por más de mil años. Los palestinos de Acre demuestran que todos los palestinos, estén dónde estén, sufren las consecuencias de la Nakbah. Los refugiados de Líbano, los de Cisjordania y Gaza y también los palestinos de Israel. Demuestran que 60 años de violencia no han hecho olvidar. Esto es sólo el comienzo de lo que puede estallar en otros lugares. No hay ningún problema por parte del ejército israelí en matar palestinos», afirma.

¿Se puede comparar el nihilismo nazi con el de los sionistas?

«No ayuda comparar el racismo nazi con el sionista, porque este último sólo esta focalizado en los palestinos. A mi familia la salvaron los sionistas. Israel tiene y tendrá políticas genocidas hacia los palestinos. Ningún pueblo del mundo está libre de ser infectado por el virus nazi. En todos los países pueden volver, también en Israel. El movimiento de los colonos cree en el racismo. algunos dicen que son peor que los nazis. Si son como los nazis ya son lo suficiente malos, les digo yo», responde sin perder el sentido del humor.

¿La solución es otra intifada?

«Tras la segunda intifada, la población israelí aceptó que el conflicto con los palestinos es una guerra. Por lo tanto no hay posibilidad de discusión. La semilla del cambio debe venir abonada por la presión exterior. Hemos de ir a las escuelas israelíes y decirles a los estudiantes que les han lavado el cerebro. Los que lo entiendan cambiarán Israel en los próximos 40 años. Entenderán que no se puede apoyar el régimen sionista de Israel, como no se podía apoyar al régimen racista de Sudáfrica, ni al de Pinochet, ni la segregación de los negros en los EE.UU. de los años 60», contesta rememorando la historia.

¿No hay en Israel un nuevo colonialismo de Estado?

«Si, es una buena manera de decirlo. Es el cruce entre la vieja y la nueva historia. Un buen análisis hace que el problema se pueda enfocar. La cuestión es qué les podemos ofrecer a los israelíes al final de la ocupación. Uno de los problemas es que Israel se ve como víctima y que los israelíes tienen miedo de los palestinos. Pero lo más importante es que haya paz entre israelíes y palestinos. Algo imposible con la megacárcel. No sólo la desprogramación mental sino también la fuerza hará cambiar esta mentalidad. El ánimo de los palestinos es compartir la paz con los judíos en Palestina. Quieren vivir una vida normal. Tanto da si en un, en dos, en tres estados. Es la tercera generación de palestinos que no viven una vida normal.

«No podemos permitir cuarenta años más de ocupación, no quedarían palestinos para verlo», y la preocupación, por un momento, le nubla la mirada.

¿Abandonar la lucha armada por parte de los palestinos no les daría más apoyo en Europa?

«Estaría bien, teóricamente. Pero es poco realista pensar que la gente que está dentro de la megacárcel no resista, no den una respuesta. Más bien es al revés: si más europeos presionan y boicotean a Israel, los palestinos no habrán de luchar», afirma contundente.

Cómo podemos trabajar para la solución de un estado para israelíes y palestinos?

«Los que creemos que la solución de un Estado es la buena tenemos que usar ideas realistas. El mundo académico y el de los activistas deben encontrarse. La solución de los dos estados está muerta. Hace falta una acción directa internacional contra la megacárcel. Ya discutiremos de todo esto cuando la hayamos destruido», dice como respuesta a la última pregunta.

La gente se levanta. Algunos se acercan para pedirle que firme una dedicatoria a los libros que traen bajo el brazo. Ilan Pappé, accesible, sonríe a uno y otro, saluda a quienes se acercan. Se lo ve contento de la respuesta y el interés de la gente. Soy de los últimos en irse. Sabe que las redes que hundirán el régimen de apartheid a Palestina, que hundirán el muro, se tejen con hilos hechos de palabras.

Fuente: http://www.nodo50.org/csca/agenda08/palestina/arti398.html

TRES DÉCADAS Y UN CUADRO DESCOLGADO



Debido a dos comentarios deslizados en la nota sobre Mansión Seré, quiero recordar una sola cosa: durante treinta años soportamos a Isabelita y el cabo primero, al proceso criminal, a Alfonsín, el de la "obediencia debida", al neocon Menem, al desabrido y aristocratizante De la Rúa y el Chacho Alvarez, a Duhalde... el asesino de la estación Avellaneda,,,

Cuando menciono la "descolgada" del cuadro de Videla en la rosada, lo cito como símbolo de la reanudación de los juicios a los criminales asesinos, el cambio de la suprema corte, las medidas contra los jueces del proceso.
No me causan emoción los de la izquierda 0,07%, cuya vocinglería y naderías no cambian nada, Mi posición es: no espero peras del olmo, no espero socialismo de reformistas, no espero revoluciones de Kirchner, porque no es socialista ni revolucionario, pero ha hecho algo por lo cual me quito el sombrero. De una izquierda que da personajes siniestros como Vilma Ripoll y el PCR sólo espero otros sainetes por el estilo... El 0,07%, a mí no me representa. Ni a nadie... La izquierda gritona, siempre de espaldas al país, vivando a Cuba y a Chávez, a Evo Morales y a Lugo, a Lula e incluso al pedofilo Daniel Ortega, repiten la "operación
Gorila" de 1945, de consuno con la sociedad rural, el jockey club, la marina, la clase media, el barrio norte: a los Kirchner hay bajarlos, son proimperialstas, socios de la sociedad rural, son millonarios, la carrió, macri, duhalde todos son la misma cosa...

Con esa "izquierda" yo no discuto, no me identifico, me repelen como el flit a los mosquitos. El gobierno argentino no será un dechado de virtudes, tiene muchos puntos vulnerables, yerra a troche y moche, pero apuntan sus cañones a la oligarquía y a los rentistas y contra la derecha, la abierta y la encubierta, contra la izquierda de salón y contra la izquierda fuerza de choque de la sociedad rural. Me cuesta revivir en el siglo 21 y en el año 2008 lo ocurrido entre 1945 / 1955, y convertirme en un "revolucionario puro", al estilo Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, Posadas, y todas las sectas, grupúsculos y facciones izquierdistas químicamente puras que se batieron contra el movimiento justicialista, es decir, contra la clase obrera y las capas populares que dieron sustento al gobierno reformista, híbrido y ecléctico dirigido por Juan Perón.

Que se queden con las citas de Marx, Lenin, Trostky, la III y la IV internacional, pero recuerden sólo una genial de Carlos Marxx: "La historia, del alguna manera es como que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa" (El XVIII Brumario de Luis Bonaparte").

Andrés Aldao

17 noviembre 2008

LA MANO DE OCCIDENTE EN LAS MASACRES DEL CONGO

LA MANO DE OCCIDENTE EN LAS MASACRES DEL CONGO

Para el autor, la guerra en el Congo dista mucho de ser la consecuencia de un enfrentamiento interétnico: los promotores de tamaño holocausto son las potencias desarrolladas que benefician a las empresas multinacionales y a los traficantes de minerales preciosos.

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Algunos analistas nos cuestionamos por qué recién ahora la Unión Europea se preocupa por alertar al mundo acerca de la violenta guerra que está sufriendo el Congo, cuando ya hace diez años que se inició, y que además llegó a ubicarse en el nefasto primer puesto de la mayores masacres que ha soportado la humanidad luego de la Segunda Guerra Mundial. Cinco millones es la tétrica cifra de personas muertas que dejó esta guerra desde 1998, de las cuáles cuatro millones fueron asesinadas entre 1998 y 2003.

Existen varias posibles explicaciones para que Bruselas pretenda enviar en los próximos días una Fuerza de Intervención Rápida que reemplace en parte a los 17 mil soldados de la ONU que hace una década que permanecen en territorio africano como parte de una fracasada misión de paz.

El desplazamiento de unas 250 mil personas de la ciudad de Goma, fronteriza con Ruanda, comenzó en agosto, cuando se violó el alto el fuego pactado entre el presidente del Congo, Joseph Kabila y el líder rebelde de la etnia tutsi, Laurent Nkunda, que cuenta con el apoyo armado de Ruanda y de los EE.UU.

Durante los últimos quince días los combates recrudecieron y afectaron a la población civil de la rica provincia de Kivu, en la que se alojan abundantes cantidades de oro y diamantes y las mayores reservas del mundo de coltán, el mineral que se utiliza para la fabricación de celulares, videojuegos, fibra óptica y tecnología espacial.

Los enfrentamientos entre guerrilleros tutsis y los hutus, que se encuentran apoyados por el débil gobierno central del Congo, alcanzaron en estas semanas el estatus de genocidio al producirse masacres de poblaciones civiles por parte de los rebeldes y del ejército congoleño, recordando la tragedia que dio origen a la guerra del Congo: la matanza de Ruanda de 1994.

Sin embargo, esta guerra dista mucho de ser la consecuencia de un enfrentamiento interétnico. El prejuicio de la sociedad occidental acerca de que la barbarie de los pueblos no civilizados produce este tipo de guerras es totalmente falso, debido a que los promotores de tamaño holocausto son las potencias desarrolladas que benefician a las empresas multinacionales y a los traficantes de minerales preciosos.

Una investigación realizada por la BBC denunció que la misión de la ONU había cometido gravísimas irregularidades en el Congo, como por ejemplo el tráfico ilegal de oro y marfil a través de la frontera de Ruanda y la provisión de armas a los rebeldes dirigidos por Nkunda.

Una de las razones por las cuales Francia y Bélgica están interesadas en revelar la situación que vive el Congo podría llegar a ser que desde la caída del dictador Mobutu Sese Seko, impulsada por los EE.UU. en 1997, han perdido la influencia sobre la extracción de los recursos, por eso ahora buscarían enviar una fuerza militar que vuelva a situar a la UE como actor principal que se beneficie del comercio y del saqueo de los minerales.

Washington y las multinacionales norteamericanas que participan en el Congo proveyendo de armas y alquilando soldados mercenarios utilizan como base de operaciones al gobierno tutsi de Ruanda.

Asimismo, el presidente congoleño Kabila no cuenta con el apoyo militar externo que posee el guerrillero Nkunda, por eso no tiene otra opción que aceptar las ofertas chinas de armamentos para enfrentar a los rebeldes a cambio de concederle a Pekín enormes espacios dentro de la economía congoleña, por ejemplo inversiones en sectores de salud, construcción y por supuesto en minerales.

China está experimentando una enorme expansión económica en África debido a su voracidad de materias primas que le permitan sostener su desarrollo industrial. Hasta ahora se había mantenido al margen del Congo porque fue una tradicional zona de influencia belga y francesa y desde 1997 norteamericana, pero la fisura que puede llegar a abrirse por la competencia entre París y Washington le brindaría a Pekín una posibilidad de participar de los beneficios minerales que brinda el Congo, que por otra parte necesita oxígeno para acabar con los disidentes que están desangrando a su economía y a su población.

Mediante el llamado unánime a las facciones guerrilleras para que pongan fin a la violencia promovido por los presidentes del Congo, Laurent Kabila; de Kenia, Paul Kagame; y el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, desde la cumbre realizada en Kenia, se espera que cesen las matanzas. Aunque, Nkunda ya anunció que va a desconocer lo pactado en Kenia y que para abandonar las armas la primera condición que impone es que el presidente Kabila revise los acuerdos firmados con China, lo que revela que Occidente está detrás de las declaraciones del líder guerrillero.

Sin embargo, mientras los minerales africanos continúen siendo bien cotizados en el mercado internacional y las diferentes potencias utilicen como campo de batalla al Congo y la excusa de una supuesta guerra tribal para intervenir militarmente, es muy improbable que el escenario tienda revertirse.

La fuente: el autor es analista de temas internacionales y director del Panorama Mundial de Historia y Actualidad.

DEBEMOS DECIR “NO” A LOS CAZADORES DE GOLIAT

Gilad Atzmon
Peacepalestine

Son varias las razones que han dado lugar a la obsesión con Nasralá [1], que llevó a los responsables israelíes a iniciar la segunda guerra de Líbano. Israel siempre ha considerado a los líderes árabes como meros individuos, no como representantes de sistemas políticos. Incluso entre analistas de los medios y políticos, todos ellos se referían a “Assad”, a “Arafat” o a “Nasralá”, en vez de a los estados y organizaciones que representan. Para los responsables israelíes, así como para los medios y la ciudadanía, el mundo árabe estaba dirigido por personas, no por sistemas de gobierno, y la mejor manera de influir en él era lanzar una bomba en el lugar adecuado.
Cautivos en Líbano, Ofer Shelah y Yaov Limor [2]

Los israelíes tienen tendencia a personalizar los conflictos, lo cual no los convierte en originales ni innovadores. De hecho, lo único que hacen es seguir el ejemplo de la Biblia. En la cosmovisión judaica, la historia y la ética se reducen a menudo a un banal principio de oposición entre dos conceptos. Por ejemplo, la lucha a muerte entre David y Goliat personaliza la lucha entre los “buenos” israelitas y los “malos” filisteos. Incluso si este relato bíblico puede entenderse desde una óptica meramente literaria, las semejanzas con los israelitas actuales son bastante perturbadoras. En Israel, hay un camino directo que conduce desde el asesinato a un cargo en el gobierno. Una y otra vez los israelitas contemporáneos suplican a sus muy condecorados asesinos que sean sus reyes, que dirijan su ejército y luego que se integren en el gabinete. Eso es lo que pasó con Sharon, Barak, Mofaz, Halutz, Dichter y muchos más.
Sin embargo, los israelíes no son los únicos en esto. La tendencia a personalizar y concretizar la historia es bastante común entre lo demás judíos. Para muchos de ellos el Tercer Reich se limita a Hitler y Goebbels. El antisemitismo se reduce a menudo a Wagner, Marx, Weininger, etc. Esta personificación simplifica la realidad circundante, el curso de la historia y su interpretación: si muere Hitler, el Tercer Reich puede desaparecer; si se prohíbe a Wagner, lo mismo podría pasar con el antisemitismo. Esta tendencia a personalizar los conflictos, las ideologías y la visión del mundo es algo infantil: lo que no se ve deja de existir. Concuerda también con el paradigma bíblico del “ojo por ojo y diente por diente”. Sin embargo, eso no es más que una forma de autoengaño que asocia erróneamente lo abstracto con alguna banal concretización y evita cualquier compromiso intelectual con la ideología, la crítica o la reflexión.
Es evidente que la interpretación sionista sólo se implica con el síntoma concreto, con la manifestación más simple de la animosidad que lo rodea, en vez de con el núcleo del problema. Hitler cayó derrotado, los judíos son ahora bienvenidos en Alemania y en Europa, pero el Estado judío y los hijos de Israel son igual de impopulares en Oriente Próximo que sus abuelos en Europa hace sólo seis décadas. Al parecer, es la personificación de la Segunda Guerra mundial y del Holocausto lo que impidió que los israelíes y sus partidarios interiorizasen el verdadero significado de las condiciones y los acontecimientos que condujeron a su destrucción. Si los sionistas comprendiesen el verdadero significado de su Holocausto, el israelita de nuestro tiempo podría prevenir la destrucción que puede estar aguardándolo en el futuro. De manera similar, Wagner puede ser prohibido en Israel, pero las condiciones que llevaron a que Marx, Weininger y Wagner dijeran lo que tenían que decir siguen inalteradas. Parece ser que cada vez hay más gente en el mundo que hoy reacciona política, crítica e ideológicamente contra Israel, contra el sionismo, contra el tribalismo judío y contra las políticas inhumanas y atroces implícitas en el nacionalismo judío y en sus consecuencias políticas y culturales.
Pero seamos claros, no son sólo los israelíes quienes personalizan los conflictos. Gracias a los neoconservadores (neocons) y a su enorme influencia actual en el ámbito político anglo-usamericano, todos estamos sujetos a alguna simplificación y personalización de casi cualquier conflicto occidental. Todas las guerras occidentales tienen un “rostro” en la actualidad: la “guerra contra del terror” se asocia con el rostro de Ben Laden; la supuesta “liberación del pueblo iraquí” incluía el rostro de Sadam Husein en la primera carta de la baraja. En la guerra sionizada de los neocons cualquier conflicto ideológico se convierte en un complot para un asesinato personal. Vale la pena recordar que antes de que los neocons lanzaran su exitoso intento de sionizar USA y el Reino Unido, estos dos países solían comprometerse en guerras ideológicas impersonales y en conflictos políticos: ambos lucharon valientemente contra la Alemania del Tercer Reich (en vez de sólo contra Hitler). También se enfrentaron durante la guerra fría con los “rojos” (no sólo con Stalin).
Hoy ya no es así. En un mundo hecho a la medida por los neocons, el sistema político se reduce a un simplista enfrentamiento bíblico contra Goliat. Nosotros los buenos, los David, nos enfrentamos a los Goliat: Sadam, Ben Laden, Assad y Ahmadineyad.
Sin embargo, a estas alturas ya deberíamos saber hasta qué punto esta manera de actuar es banal. De la misma manera que Israel ha fracasado en su intento de derrotar la resistencia palestina matando a cada uno de sus dirigentes más destacados y en su intento de derrotar a Hezbolá descabezando su dirigencia, USA y el Reino Unido fracasarán en sus luchas homicidas sionistas actuales. Sadam está muerto y, a pesar de ello, Iraq y sus campos petrolíferos todavía siguen lejos de su alcance. Ben Laden nunca muestra su cara en público, pero la guerra contra el terror no ha logrado sus objetivos.
Me gustaría creer que los ciudadanos occidentales sabrán apreciar la derrota cada vez más clara de Israel y de sus grupos de presión. Debemos decir NO a las tácticas sionistas, debemos decir NO a los agentes sionistas, debemos decir NO a los cazadores de Goliat.
Anatomía de una derrota colosal


Un año después de la humillante derrota israelí en Líbano he tenido ocasión de estudiarla a través de los ojos de dos renombrados analistas militares, Yoav Limor y Ofer Shelah. En un reciente libro titulado Cautivos en Líbano, ambos han logrado recopilar un diario muy minucioso de la cadena de acontecimientos que llevaron a la guerra, de la propia guerra y de la interminable lista de fracasos operativos, tácticos y estratégicos israelíes. Pero en su libro Limor y Shelah no se limitan al ejército y sus mandos, sino que retratan hábilmente una sociedad que ha perdido el norte, que se ha alejado poco a poco de su propia realidad y de su entorno; de una sociedad abocada a un fracaso moral absoluto, gobernada por líderes política y militarmente egotistas y egocéntricos.
La derrota militar israelí del año pasado en Líbano pilló al mundo por sorpresa. En un principio asustó al gobierno de Bush y a Tony Blair, que con suma rapidez dieron luz verde a Israel para destruir el liderazgo de la Shía libanesa y de arrasar las infraestructuras civiles de Líbano. Pero Bush y Blair no fueron los únicos sumidos en la conmoción, el mundo árabe también quedó anonadado. Los líderes árabes no están acostumbrados a la derrota del ejército israelí. Los moderados de entre ellos vieron por televisión las imágenes de cómo un solo clérigo musulmán daba una lección a los israelíes de lo que es el desafío. El jeque Hasan Nasralá y un número insignificante de combatientes fueron los primeros árabes que derrotaron en el campo de batalla al ejército israelí. Su victoria dejó hecho añicos a Israel. El poder de disuasión israelí desapareció por completo para convertirse en un tema de investigación histórica. La cúpula de las Fuerzas de Defensa de Israel también quedó conmocionada: un mes después de la guerra, el general Udi Adam, Comandante en Jefe en el frente del norte, había dimitido. No pasó mucho tiempo antes de que Dan Halutz, el jefe de Estado Mayor, siguiera el mismo camino. Amir Peretz, el ministro de Defensa, fue destituido por el primer ministro de entonces, Ehud Barak. Está claro que los israelíes son conscientes de la magnitud de su derrota en Líbano. Pero lo que no saben es cómo solucionar el problema. Están encantados con la “buena vida” que llevan, han sucumbido a la imagen de la tecnología y la riqueza.
Aunque no estoy seguro de que el libro se traduzca a otras lenguas (está escrito en hebreo), me inclino a clasificarlo como “de lectura obligada” para todos los que estén interesados en los asuntos de esa región. Es una mirada a la sociedad israelí en lo que parece su estado final de destrucción disfuncional. Lo mejor que podrían hacer los usamericanos que han estado patrocinando estúpidamente los aparatos de muerte israelíes durante casi cuatro décadas, los que todavía creen que Israel es un “superpoder regional”, es leer este diario de la cobardía militar israelí y de una disfunción política general.
Aunque el libro no lo dice de manera explícita, su mensaje está bastante claro. Israel funciona como un megalómano y violento gueto judío motivado por un fanatismo homicida que utiliza como herramientas la letal tecnología yanqui. Tal como revelan Limor y Shelah, a pesar de que el conflicto terrestre tuvo lugar en una franja muy angosta de la región (la frontera israelí en su lado sur y el río Litani al norte), la artillería israelí se las arregló para lanzar más de 170.000 bombas. En comparación, durante la guerra de 1973 contra dos poderosos ejércitos estatales y en dos frentes muy amplios, los israelíes sólo lanzaron 53.000 bombas. Las cifras relativas a las fuerzas aéreas son incluso más sorprendentes. A pesar de que el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas sólo disponía de unos pocos objetivos concretos, la aviación israelí llevó a cabo no menos de 17.550 misiones de combate, lo cual significa unas 520 misiones diarias, casi tantas como en la guerra de 1973 (605 por día). Pero en 1973 la aviación israelí se enfrentó a dos fuerzas aéreas bien equipadas, entabló una gran cantidad de combates aéreos y luchó sin descanso contra los misiles soviéticos más recientes. Nada de eso ocurrió en la segunda guerra de Líbano. Las Fuerzas Aéreas se dedicaron únicamente a bombardear el territorio libanés. Arrojaron literalmente todo lo que tenían a su disposición, de una manera tan despiadada que en algunos lugares (como, por ejemplo, al sur de Beirut), el efecto fue similar al infamante bombardeo arrasador anglo-usamericano de los años cuarenta.
¿Por qué los israelíes reaccionaron con tanta crueldad ante a un episodio fronterizo local? ¿Por qué los jefes políticos y militares israelíes perdieron su capacidad de hacer uso de consideraciones estratégicas y tácticas? ¿Por qué no determinaron objetivos militares a su alcance, lo cual hubiese podido prestarle a su guerra un marco, una forma y una justificación? En pocas palabras, ¿por qué los israelíes perdieron el norte? Ésta es la cuestión crucial. A pesar de que Limor y Shelah se abstienen de hacer tales preguntas, su libro se las arregla para ofrecer algunas respuestas. Trataré de resumir algunos de sus argumentos.
El ejército
Empezaré por el ejército, que en las últimas cuatro décadas ha experimentado una importante transición. En los años que siguieron a la rápida invasión de 1967, los militares que fueron ascendidos para dirigirlo eran en particular oficiales de tierra y generales de brigada al mando de carros de combate. El Israel posterior a 1967 creía en la guerra relámpago [Blitzkrieg], una violenta ofensiva que utiliza abundantes fuerzas terrestres con apoyo aéreo cercano. Tras la guerra de 1973 y el limitado éxito de la artillería y las divisiones acorazadas, aquella tendencia cambió. Gradualmente, fueron los veteranos de las unidades especiales israelíes quienes ascendieron a los puestos de alto mando. Quizás el más famoso de estos veteranos sea Ehud Barak, el muy condecorado oficial de comando que terminó su carrera militar como jefe de Estado Mayor. Fue él quien eligió a sus antiguos subordinados para puestos en la cúpula del ejército israelí. Los oficiales de tierra fueron relegados.
Esta transformación dentro del ejército israelí tenía dos motivaciones: en primer lugar, la suposición proveniente del servicio de inteligencia de que ningún Estado árabe emprendería por sí solo una guerra total contra Israel en un futuro próximo y, en segundo lugar, el hecho real de que tras la primera intifada y el aumento general de la resistencia civil palestina, el ejército israelí se vio cada vez más comprometido en operaciones de vigilancia. Dicho cambio hizo que no hubiese mucha necesidad de entrenamiento en operaciones terrestres masivas. Las brigadas acorazadas y de artillería parecían inútiles e incluso irrelevantes para las nuevas necesidades de defensa del Estado judío. Grandes unidades de soldados pasaron a ocuparse de vigilar Cisjordania y Gaza. En aquel cambio, quienes tomaron el mando en lo que los israelíes percibían como su “guerra en contra el terror” fueron inicialmente las unidades especiales israelíes y los jefes de seguridad. Ello hizo que cada vez fuesen más los veteranos de los comandos israelíes quienes se abrieran camino en la cúpula del ejército y más tarde en la muy militarizada vida política israelí.
Pero las cosas no pararon ahí; no pasó mucho tiempo antes de que las unidades especiales israelíes dejaran de aportar soluciones a lo que parecía ser una resistencia civil palestina cada vez mayor. Enviar la sal de la tierra judía a Gaza a altas horas de la madrugada pasó a ser demasiado peligroso. Preciso es señalar que de la misma manera que los israelíes adoran ver cómo sus muchachos aterrorizan a palestinos, son incapaces de soportar el espectáculo de sus amados “Rambos” muertos en una emboscada.
Fue sólo una cuestión de tiempo que las Fuerzas Aéreas pasaran a ocuparse del desafío palestino. Aprovechando la avanzada tecnología usamericana, Israel dejó que sus F-16 y sus helicópteros Apache lanzasen misiles teledirigidos contra los objetivos civiles y militares palestinos. El principio que guiaba esta estrategia era bastante simple: la aviación estaba allí para mantener a los palestinos en un constante estado de terror. Como consecuencia de ello, la aviación israelí se convirtió durante la última década en la fuerza principal en la guerra contra Palestina, contra el pueblo palestino y contra su inminente dirigencia islámica. Las Fuerzas Aéreas desarrollaron pronto una táctica que fue denominada “asesinato selectivo”. De acuerdo con la nueva doctrina militar israelí, lo único que se necesitaba eran unas pocas operaciones de inteligencia en tierra, seguidas por el lanzamiento aéreo de un misil estadounidense teledirigido en la superpoblada Gaza. Los resultados estaban claros. En unos casos los palestinos fueron selectivamente asesinados, en otros muchos junto a ellos murieron civiles inocentes que habían tenido la mala fortuna de estar en el entorno, en el lugar equivocado y en el momento equivocado. En otras muchas ocasiones los pilotos erraron el tiro o el servicio de inteligencia les dio falsas instrucciones. Muchos civiles palestinos, ancianos, mujeres y niños murieron así. Evidentemente, a nadie le importaba eso en Israel. Cuando a Dan Halutz, que todavía era el comandante de las Fuerzas Aéreas, le preguntaron qué se sentía al lanzar una bomba que mata a catorce civiles palestinos, su respuesta fue breve y simple. “Se siente una ligera sacudida en el ala izquierda”. Halutz, el oficial de sangre fría, el militar que ordenó el asesinado de tantos palestinos, era el hombre correcto en el lugar correcto y no pasó mucho tiempo antes de que tomara el mando del ejército israelí.
Conforme pasaba el tiempo, el gobierno israelí se abstuvo de poner en peligro a sus jóvenes soldados. La guerra israelí “contra el terror” se ha convertido en una guerra muy segura, casi en un videojuego. El jeque Yassin, el doctor Rantisi y muchos otros civiles cayeron víctimas de esta táctica homicida. Todo parece indicar que al mando militar israelí se le subió a la cabeza el éxito de su nuevo método de asesinar. Los israelíes tenían un nuevo dios, la “superioridad tecnológica”. La última hornada israelí de generales, muchos de ellos pilotos y veteranos de unidades especiales, se acostumbró a la creencia de que Israel puede mantener su superioridad regional haciendo uso de su superioridad tecnológica y de su capacidad armamentística.
Tal como Limor y Shelah muestran en su libro, en la última década los soldados israelíes dejaron literalmente de entrenarse en cualquier forma de operaciones tácticas a gran escala. Si las Fuerzas Aéreas atacan a los enemigos de Israel en sus dormitorios, ¿quién necesita carros de combate y artillería? Tras un entrenamiento inicial y mínimo, los jóvenes tanquistas israelíes fueron destinados a tareas elementales de vigilancia en los territorios ocupados. En la práctica, no sólo dichos soldados cumplían tareas militares ajenas a su formación en carros de combate y artillería, sino que no estaban familiarizados en absoluto con ninguna forma de maniobras tácticas de grandes operaciones. En otras palabras, el ejército israelí dejó de estar listo para el combate.
Por eso los palestinos ganaron la guerra
Muchos analistas consideran que la resistencia palestina es una lucha militarmente inútil. Al fin y al cabo, poco daño puede hacer un grupo de niños que lanzan piedras. La lectura del libro de Limor y Shelah insinúa que, en realidad, la lucha palestina estaba lejos de ser inútil. A decir verdad, fue precisamente la resistencia civil palestina lo que dejó exhausto, en un estado de parálisis, a las Fuerzas Amadas israelíes. Fue la resistencia palestina la que llevó al límite al ejército y logró que los militares israelíes dejasen de prepararse para la “próxima guerra”. Fueron los palestinos quienes convirtieron a los soldados israelíes y a sus comandantes en un grupo de cobardes que prefieren ganar guerras sentados frente a monitores y manipulando joysticks. Han sido los palestinos quienes deshabilitaron de forma devastadora la capacidad de ataque de las Fuerzas Armadas.
Esto es lo que el jeque Hasan Nasralá ha estado sugiriendo en la mayoría de sus discursos declamatorios. Israel se estaba “escondiendo tras la superioridad tecnológica para ocultar su cobardía e incomprensión de lo que implica vivir en Oriente Próximo” [3]. El ejército israelí se ha acostumbrado a aniquilar civiles palestinos en sus casas, asesinar a sus nuevos dirigentes, aterrorizar a mujeres embarazadas en puestos de control, bombardear a niños en sus escuelas, lo cual es bastante fácil. Por eso, cuando el ejército israelí tuvo que enfrentarse a pequeños grupos de entusiastas mal entrenados de la organización paramilitar fracasó de forma infamante. Se derrumbó a pesar de su superioridad tecnológica; fue derrotado a pesar de su abrumadora capacidad armamentística, a pesar del apoyo desvergonzado de Bush y Blair. El ejército israelí naufragó porque era incompetente, no estaba preparado para luchar, no sabía cómo hacerlo y, lo que es peor, ni siquiera sabía por qué luchaba.
Poco después de que el conflicto en Líbano se transformase en una guerra total (por lo menos para Israel), la mayor parte de los generales israelíes se dieron cuenta de que su ejército carecía de medios para contrarrestar la lluvia de cohetes Katiusha que lanzaba Hezbolá. Si el objetivo inicial israelí consistía en detener los Katiusha y rescatar a los dos reservistas israelíes capturados, tal objetivo no se cumplió. El mando israelí tuvo que aceptar que sin un buen servicio de inteligencia su superioridad armamentística y tecnológica era irrelevante. Resulta divertido comprobar cómo, en pocos días, los dirigentes israelíes adoptaron un vocabulario de estilo posestructuralista. En vez de ofrecerle a la población de Israel una simple “victoria” empezaron a hablar de “discurso de la victoria”. A los pocos días del inicio de la campaña los militares israelíes ya no se referían a la “victoria” en sí misma, sino a la “imagen de la victoria”. Shimon Peres utilizó el término “percepción” de la victoria. A pesar de todo, ni la “percepción” ni la “imagen” de la victoria pudieron alcanzarse.
La única democracia de Oriente Próximo
Por muy inútil que resultara el ejército israelí, el gobierno israelí no fue mejor. El primer ministro Ehud Olmert, el hombre al que habían votado para “retirarse” de los territorios palestinos, demostró que sabía muy poco de asuntos militares. Por si esto no fuera suficiente, el antiguo sindicalista Amir Peretz, el hombre a quien Olmert había nombrado ministro de Defensa, carecía también de preparación en asuntos de defensa. Por primera vez en su historia, Israel estaba dirigido por dos políticos profesionales sin pasado militar. Ante una situación así, cualquiera podría esperar que un cambio tan radical limitara la tendencia a la línea dura de los militares y políticos israelíes. En la práctica sucedió lo contrario. Tanto Peretz como Olmert se vieron arrastrados y manipulados por el sanguinario jefe de Estado Mayor hacia un conflicto a gran escala. Teniendo en cuenta su inexperiencia y el poco tiempo que habían estado en sus cargos respectivos, ni a Olmert ni a Peretz se les ocurrieron soluciones alternativas de nuevo cuño para evitar el conflicto y salir airosos. En vez de contener al ejército y darle una oportunidad a la diplomacia, dejaron que Halutz llevase el país hacia una escalada innecesaria. Sin comprender lo que estaba pasando, el gobierno israelí terminó prometiéndole a Halutz el tiempo y el apoyo que necesitaba para lograr objetivos que estaban fuera de su alcance.
Pero la verdad es que Olmert y Peretz no actuaron solos. De hecho, estaban rodeados de analistas militares, expertos en inteligencia, generales retirados y veteranos de los servicios de seguridad. Olmert contaba en su gobierno con el general de la reserva Shaul Mofaz, un antiguo jefe de Estado Mayor que pasó la última etapa de su carrera militar luchando contra Hezbolá, y Avi Dichter, un veterano de los servicios de seguridad que estaba ahí para analizar las sugerencias operacionales del ejército. También estaba Benjamin Ben Eliezer, un brigadier de la reserva que había sido experto en asuntos libaneses durante tres décadas. Shimon Peres era primer Ministro y había sido ministro de Defensa en el pasado. Ami Ayalon, general de la reserva y general retirado del ejército, así como antiguo jefe de los servicios internos de seguridad, se ofreció para ayudar a Amir Peretz. Pero ninguno de estos expertos logró poner en marcha un bloque operativo, ninguno supo moderar el entusiasmo militar de Halutz, Olmert y Peretz. Como una hoja zarandeada por el viento, el gobierno israelí fue manipulado por los generales y después por la opinión pública, que se rebeló contra sus dirigentes y sus malos resultados.
Conforme pasaba el tiempo, cuando el fracaso militar era ya de conocimiento público, Olmert, Peretz y Halutz trataron a la desesperada de cambiar el curso de la guerra para salvar sus carreras. A pesar de que sabían que las posibilidades de lograr una victoria se esfumaban de hora en hora, estaban determinados a presentarle a la ciudadanía algo que pareciese una victoria o al menos un avance. Según parece, en la democracia israelí la supervivencia política se logra presentando algo que pueda parecer una victoria. Para llamarlo por su nombre, Peretz, Halutz y Olmert ordenaron al ejército que provocara una auténtica devastación, a la espera de que eso satisficiese a los votantes israelíes. El ejército y los mandos de artillería reaccionaron al instante y sobre el sur de Líbano empezaron a llover bombas de racimo, misiles y proyectiles. Durante las 48 horas previas al alto el fuego, Israel consumió todas sus reservas de armamento. Según Shelah y Limor, la “luz roja” se encendió en las reservas de municiones de Israel.
Para salvar las carreras políticas de Olmert y Peretz, el ejército emprendió operaciones cada vez más peligrosas y sin sentido, de un valor táctico muy limitado. Dichas operaciones fracasaron una tras otra sin conseguir nada. Eso sí, sacaron a la luz los defectos de las Fuerzas de Defensa israelíes. Revelaron un ejército y una dirigencia política en estado de pánico. Hacia las últimas horas de la guerra, algunos elementos aislados de unidades especiales israelíes estaban perdidos y muertos de hambre en el frente del sur de Líbano, sin agua ni comida. Algunas unidades de combatientes de Hezbolá tenían rodeados a comandos especiales israelíes. Parece ser que en Israel nadie se atrevió a correr el riesgo de enviar convoyes logísticos al campo de batalla. Los alimentos y la munición que lanzaron los aviones de carga cayeron en manos de Hezbolá. En algunos sitios, los comandos heridos del ejército yacían sobre el terreno, esperando durante largas horas a las unidades de rescate. La derrota era total; la humillación, colosal. No sólo el “Ejército de Defensa Israelí” era incapaz de seguir defendiendo a Israel, sino que tampoco se defendía a sí mismo.
El libro de Limor y Shelah saca a la luz muchas más cuestiones interesantes:
Hubo generales de brigada que dejaron de luchar junto a sus soldados para dirigir la batalla desde búnkeres aislados en el interior de Israel.
Para evitar el riesgo de que los derribasen, no se permitió el envío de helicópteros con ametralladoras al espacio aéreo libanés, con lo cual los comandos israelíes tuvieron que luchar contra Hezbolá en condiciones de igualdad (sin apoyo aéreo).
Un teniente coronel que se negó a llevar a sus soldados a territorio libanés admitió que carecía de conocimientos tácticos.
Hubo soldados reservistas que fueron al frente sin equipo de combate debido a la grave escasez que afectaba al ejército. Algunos de esos reservistas terminaron comprando lo que les faltaba con dinero de su propio bolsillo.
El libro ofrece más detalles sobre el caso de las acciones en bolsa del general Halutz, jefe de Estado Mayor, el 12 de julio: al parecer, Halutz telefoneó a su banco y dio órdenes de que vendieran su cartera de inversiones poco después de enterarse de los enfrentamientos en el norte. Todo esto ocurrió justo antes de que el propio Halutz ordenase una nueva escalada militar.
Todo indica que el ejército israelí es “omnipresente”, está mal entrenado, es pesado, desordenado y sus jefes son unos corruptos. Los dirigentes políticos israelíes no son mejores. Si bien Peretz ya no está en el Ministerio de Defensa, Olmert, Mofaz, Dichter y, ahora, Barak (todos ellos grandes asesinos de masas) todavía ocupan puestos en el gabinete. Teniendo en cuenta el estado de su ejército, incapaz de luchar y sin resistencia, Israel debería proceder a un cambio rápido de dirigentes. Pero esto no va a ocurrir. Todo indica que en las próximas elecciones israelíes asistiremos a un duelo entre el locuaz y beligerante Benjamin Netanyahu y un Ehud Barak beligerante, sí, pero mucho menos locuaz.
Durante años llegamos a creer que Israel no saldría derrotado en el campo de batalla. Los detalles de la última guerra nos permiten saber que no es así. El Estado judío ya ha mordido una vez el polvo de la derrota y podría morderlo de nuevo más pronto de lo que parece.

Notas
[1] Hasan Nasrallah, transcrito en español como Hasan Nasralá, es el actual secretario general de la milicia libanesa chií Hezbolá (Partido de Dios). (N. del T.)
[2] Cautivos en Líbano (en hebreo), Ofer Shelah y Yaov Limor, Miskal, Yedioth Ahrononth y Chemed Books, 2007. Página 95.
[3] Jeque Hasan Nasralá, discurso pronunciado en Bint Jabel tras la evacuación israelí.
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Fuente: http://peacepalestine.blogspot.com/2007/08/gilad-atzmon-saying-no-to-hunters-of.html

Artículo original publicado el 13 de agosto de 2007.

Sobre el autor

Manuel Talens es miembro de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor, al revisor y la fuente.

SABRA, CHATILA Y LA AMNESIA COLECTIVA

Gilad Atzmon prosigue en este ensayo su deconstrucción psicoanalítica del sionismo


Gilad Atzmon − Palestine Think Tank

Waltz With Bashir es un impresionante documental israelí de dibujos animados dirigido por Ari Folman.
En 1982, Folman era un soldado de infantería israelí en el frente de batalla de la guerra del Líbano. En 2006, veinticuatro años después, Folman descubre con sorpresa que no recuerda absolutamente nada de aquella guerra ni de las masacres en Sabra y Chatila. La película está planteada como un viaje hacia el pasado.
El documental avanza mediante una cadena de entrevistas y conversaciones animadas entre Folman y sus compañeros militares, psicólogos y Ron Ben Yishai, el legendario reportero de la televisión israelí, que fue de los primeros en informar sobre las masacres de Sabra y Chatila. El escenario tiene como objetivo la construcción de un discurso coherente del pasado personal a partir de los recuerdos dispersos de otros.
La película es muy sensible y conmovedora. Hasta cierto punto, se trata de un valiente intento individual de enfrentarse con el devastador pasado colectivo israelí y, en particular, con las masacres de Sabra y Chatila. Sin embargo, se nos recuerda en ella que las matanzas en los campos de refugiados palestinos, incluso si las organizó el ejército israelí, fueron llevadas a cabo por los falangistas cristianos libaneses.
Esto puede explicar por qué a los israelíes les ha entusiasmado la película. Por un lado, no fueron ellos quienes ejecutaron la matanza. Por el otro, el hecho de que les guste el filme los retrata como grandes humanistas. Supuestamente se enfrentan así con su oscuro pasado.
Cuando se conoció la noticia de la masacre en los medios israelíes, el primer ministro Menachen Begin respondió cínicamente a sus críticos que “los árabes matan árabes y los judíos se echan la culpa entre sí”. Begin se las arregló para dar proféticamente en el clavo. Cualquiera diría que los israelíes pueden enfrentarse fácilmente con una película crítica sobre las masacres de Sabra y Chatila precisamente porque se trató de “árabes matando árabes”. Sin embargo, no apreciaron nada la película Jenin, Jenin, de Mohamed Bakri, que cuenta la historia de la masacre de Jenin, un criminal ataque cometido por soldados del ejército de Israel. Está claro que los israelíes no quieren recibir lecciones de un árabe sobre sus actos criminales.
In Waltz With Bashir, Folman parte a la búsqueda de su pasado perdido. En primer lugar va a ver a un amigo psicólogo, quien lo consuela de manera muy perspicaz: “La memoria”, le dice, “puede ser muy creativa. Si lo necesita, se inventa un pasado.”
Esto puede ayudarnos a comprender a Folman y las “reflexiones” de sus compañeros. Como era de esperar, en la película el soldado israelí es una víctima. Forma parte de una gran máquina de guerra, “obedece órdenes”. Es incapaz de detener la matanza, sólo puede informar a sus superiores. Otra posibilidad que se le ofrece es “disparar y llorar” en retrospectiva o, como le sucede a Folman, reaccionar con amnesia o represión.
La película de dibujos animados –de espléndida realización– nos permite asumir que cada recuerdo recuperado o discurso anterior verbalizado puede ser un constructo. Sin embargo, la última escena, con secuencias filmadas reales, nos lleva a los devastados campos de refugiados y a los lamentos palestinos. Está ahí para decirnos: “Señoras y señores, lo que sigue no es un recuerdo personal. Estas secuencias no son una deconstrucción animada. Es una masacre REAL que tuvo lugar delante de nuestras narices.”

Exactamente en aquel tiempo yo era un soldado del ejército de Israel. Aunque no tuve nada que ver con la infantería, algunas de las escenas de la película me resultaron familiares. Mientras la veía, a veces se me saltaron las lágrimas. Aquella guerra cambió mi vida de la misma manera que cambió las vidas de muchos israelíes, palestinos y libaneses. Aquella guerra desencadenó un viaje personal que terminó por llevarme lejos de Israel, con la decisión de no regresar nunca más. Sé muy bien que no soy el único israelí que reaccionó de esta manera. Sin embargo, dejé Israel con la clara determinación de no formar parte del conflicto. Quería escapar, empezar una nueva vida en paz, olvidar, ser inocente por primera vez. Está claro que fracasé. Por diversas razones que están lejos de mi control, hoy en día estoy mucho más implicado con todo lo relativo al discurso palestino de lo que lo hubiera estado nunca en Israel.
Pero sobrecogido por la calidad y la transparencia de la película, he de puntualizar algunas cosas. Parece ser que son los israelíes y los ex israelíes quienes están criticando de manera más cruda y elocuente a Israel, al sionismo y la identidad judía. Ya se trate de Shlomo Sand, Israel Shahak, Ari Folman, Gideon Levi, Ilan Pappe, Oren Ben Dor, Eyal Sivan, Uri Avnery, Amira Hess, Avrum Burg, Daniel Barenboim, yo mismo u otros, todos consideramos el conflicto israelí como nuestro propio conflicto y nos sentimos directamente responsables de él.
Puede que no nos pongamos de acuerdo entre nosotros en muchas cosas, pero coincidimos en una: este desastre en Palestina es asunto nuestro. Contrariamente a los muy esporádicos judíos occidentales que una vez al mes se manifiestan gritando al unísono, “NO EN MI NOMBRE”, sabemos que, por desgracia, todo esto se hace en nuestro nombre. Estamos avergonzados, nos sentimos responsables e insistimos en hacer lo que está a nuestro alcance para que cambie. Asumo que es bastante hacer lo posible para que nuestra voz sea relevante y diáfana.
La película ha tenido un éxito extraordinario en Israel. A los israelíes les encanta llorar colectivamente y lamentar que los falangistas cristianos mataran en su nombre. Dicen que salen del cine diciendo, “estas cosas sólo pasan aquí, en este país maravilloso nuestro, donde podemos enfrentarnos sin cortapisas con nuestro pasado”.
Fui a ver el estreno londinense de Waltz With Bashir en el London Jewish Festival, que está patrocinado por el gobierno de Israel y por una larga lista de feroces organizaciones sionistas de derechas. Cabe preguntarse por qué los institutos sionistas apoyan una crítica tan dura contra Israel. Se me ocurre una posible respuesta: Israel adora presentarse a sí mismo como una sociedad abierta y liberal. Si estoy en lo cierto, se trata de una decisión muy inteligente, siniestra y calculada, pues no sólo presenta al israelí como un humanista, sino que se las arregla para infiltrar furibundos institutos sionistas en el interior del discurso de solidaridad con Palestina.
Además, mientras Israel se las arregle para generar alguna forma de desaprobación de sí mismo, a los auténticos enemigos de Israel les quedará poco espacio crítico de maniobra. Por mucho que despreciamos a Israel y a las instituciones sionistas, más nos valdría aprender a admitir su sofisticación.
Tras la proyección en el festival, David Polonsky, el director artístico de la película, respondió a una breve serie de preguntas. Yo le hice una muy sencilla:
–Si los israelíes encuentran tan difícil recordar lo que les sucedió hace sólo 26 años, ¿cómo es posible que cada uno de ellos recuerde exactamente lo que sucedió en Europa entre 1942 y 1944?
Lo sorprendente fue que a pesar de que estábamos entre judíos y mi pregunta era bastante provocadora, ninguno de los presentes en la sala manifestó el menor enojo. Asumo que los judíos, cuando están entre ellos, hacen muchas preguntas que nunca harían en un debate público abierto. Sin embargo, Polonsky no pudo darme una respuesta, lo cual es más que comprensible.
Dicho lo cual, la película sugiere dos posibles respuestas, ambas ofrecidas por el amigo psicólogo de Folman. La memoria es una construcción, tiene poco que ver con la realidad, dice el psicólogo. Todo hace suponer que tanto las instituciones como los individuos israelíes y judíos son muy productivos a la hora de construir y manufacturar una memoria personal y colectiva del sufrimiento judío. Por el contrario, el sufrimiento infligido a otros por los judíos está bastante reprimido en la cultura contemporánea israelí y judía.
Más adelante en la película, el mismo psicólogo sugiere que la amnesia de Folman puede haber sido el resultado de su implicación personal con el Holocausto. “Estuviste implicado con la masacre mucho tiempo antes de que sucediese, a través la memoria que tus padres conservaban de Auschwitz”. Hasta cierto punto, esta introspección resuelve la búsqueda de Folman. Su represión se inició mucho antes de Sabra y Chatila.
De nuevo, aprendemos que el estrés pos-traumático judío es en realidad un trastorno de estrés pre-traumático. El modo de pensar judío e israelí es una preparación institucional a una tragedia que aún no ha sucedido.
En un artículo anterior que se ocupaba del síndrome de estrés pre-traumático, definí dicho estado mental como sigue:
“En el síndrome de estrés pre-traumático el estrés es el resultado de un acontecimiento fantasmático, de un episodio imaginario situado en el futuro. En resumen, de un acontecimiento que nunca se produjo. A diferencia del síndrome de estrés pos-traumático, en el que el estrés es la reacción directa a un acontecimiento que pudo haber sucedido en el pasado (o a veces no), en el síndrome de estrés pre-traumático estrés es, evidentemente, la manifestación de un acontecimiento potencial imaginario. En el caso pre-traumático una ilusión reemplaza a la realidad y la fantasía del terror se enfoca sobre una supuesta realidad peligrosa. Llevado al extremo, incluso un proyecto de guerra total contra el resto del mundo es una reacción que no se puede descartar por completo.”
Si el amigo psicólogo de Folman está en lo correcto, entonces la amnesia de Folman no es otra cosa que un síndrome de estrés pre-traumático. La amnesia de Folman, que le impide recordar los acontecimientos de la guerra, se explica como una represión debida a un recuerdo remoto anterior del Holocausto. Se trata de la catarsis judía suprema, de la reactivación de la (futura) tragedia a la luz de un acontecimiento pasado. El trauma está establecido de antemano.
Si el psicólogo tuviese razón, esto puede explicar por qué a los israelíes y al público judío que asistió al London Jewish Festival les encantó la película. El síndrome de estrés pre-traumático es la esencia de la existencia judía, cuya manera de estar en el mundo consiste en el intercambio entre tragedias pasadas y futuras. La vida adquiere sentido siempre que tengamos miedo y estemos constantemente preparados para un nuevo desastre, que será el reflejo del desastre anterior.
La pregunta que debe plantearse todo pacifista es, “¿qué posibilidad le deja a la paz una identidad tan autodestructora? O, dicho de otro modo, “¿es posible hacer las paces con un individuo obsesionado por su futura destrucción?”.
No me queda más remedio que repetir aquí el viejo chiste del telegrama judío:
EMPIEZA A PREOCUPARTE, DETALLES DESPUÉS

Fuente: http://palestinethinktank.com/2008/11/15/gilad-atzmon-sabra-shatila-and-collective-amnesia/
Gilad Atzmon es músico, escritor y activista. Nacido y criado en Israel, se considera a sí mismo como un palestino de lengua hebrea y desde el exilio londinense lucha con su arte a favor de la liberación del pueblo palestino.
El escritor y traductor Manuel Talens es miembro de los colectivos de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala.