20 diciembre 2008

¡NO SALDRÁN!

TODO: ¿Cómo se produce un hecho de esta índole? ¿Cómo se puede permitir, tolerar, dejar pasar y limitarse al “pataleo” ante este desborde de jueces “puntillosos” y “respetuosos” de la ley? Esto ocurre por cuanto a esas alimañas se los debió juzgar con los mismos sistemas que emplearon ellos.
Han habido escraches, protestas, denuncias, y algunos pocos juicios limpios, planchados, doblados con pulcritud... Una cifra ridícula, exigüa. Y seguimos sin saber dónde están nuestros hijos, padres y madres, los amigos y compañeros desaparecidos... Por los “guantes blancos”. Por el papeleo minucioso y por el tratamiento meticuloso de los jueces que todavía son antiguos protegidos de los criminales de la Triple A y del proceso de las excrecencias de las fuerzas armadas apóstatas.
¿No ha llegado el día de pedir cuentas y cobrar la deuda...? El ex socio y amigo de Ortega Peña, Duhalde: ¿cómo le va a explicar a su conciencia estos hechos?
La señora Presidenta... ¿se va a recluir en su indignación y vergüenza...?
Los asesinos son una corporación criminal, los hay detenidos y retirados, los hay sueltos y en actividad, los hay conocidos y los hay embrumados por el silencio y la solidaridad de cuerpo. Pero a muchos los conocemos: lo que no hacen la justicia y los jueces debe hacerse, sin falta debe hacerse. Este envalentonarse de oscuros magistrados debe ser castigado, y de inmediato: a partir de esta resolución, Guillermo Yacobucci y Luis García, estos dos oscuros y tardíos mayordomos del proceso, deben ser incluidos en el panteón de la infamia, juzgados y condenados. Cada persona inteligente entenderá esta última frase. Recordemos: ¡NO SALDRÁN! ¡POR LOS HIJOS, POR LAS MADRES Y PADRES, LOS HERMANOS, LOS AMIGOS, LOS CAMARADAS...
Andrés Aldao


¡NO SALDRÁN!

Página12.- La Cámara Nacional de Casación Penal dispuso la liberación de cerca de veinte represores de la última dictadura acusados por delitos de lesa humanidad. Los miembros de la patota de la ESMA Alfredo Astiz y Jorge “El Tigre” Acosta, el ex juez Víctor Brusa y el ex general Ramón Genaro Díaz Bessone son algunos de los beneficiados por el fallo. El tribunal consideró que todos ellos –la mayoría fue arrestada en 2003– estuvieron presos sin condena más tiempo del razonable. “La liberación es posible porque las distintas instancias de la Justicia han demorado en forma injustificada los procesos, dilatando la posibilidad de alcanzar la instancia de los juicios orales y públicos. La libertad de los acusados durante el proceso penal no conlleva impunidad. A treinta años del terrorismo de Estado, impunidad es que, por desidia, indolencia o complicidad, la Justicia argentina aún no los haya condenado”, señalaron Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, HIJOS, CELS y Fundación Memoria Histórica y Social Argentina. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner repudió la decisión y dijo que era “un día de vergüenza para todos los argentinos” (ver aparte).
Los represores no quedarán en libertad de inmediato. De hecho, la Procuración General de la Nación, a través de la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los Derechos Humanos durante el terrorismo de Estado, señaló que las apelaciones de los fiscales tienen “efecto suspensivo”, es decir, interrumpen los efectos del fallo. El fiscal Raúl Plée ya anticipó que hará una presentación en ese sentido, por lo tanto ningún acusado debería recuperar la libertad hasta ese momento y luego será la Corte Suprema quien defina si los represores salen de la cárcel hasta que se inicien los juicios orales.
Los fallos que disponen la excarcelación de los acusados de delitos de lesa humanidad abarcan personas acusadas de cometer crímenes en la ESMA, en Rosario y Santa Fe y fueron firmados por la sala II de la Cámara de Casación, integrada por Guillermo Yacobucci, Luis García y Gustavo Mitchell. Este último se opuso al criterio de liberar a los acusados.
La ley prevé que un imputado puede estar dos años preso sin condena. Luego, estipula un año de prórroga y, en caso que jueces y fiscales lo consideren necesario, es posible que se reconozcan plazos extraordinarios. La posibilidad de fuga o de que el liberado entorpezca la investigación son motivos para ello.
Yacobucci y García consideraron que el tiempo de prisión para los represores estaba agotado. Argumentaron que “la prolongación de la prisión preventiva, cualquiera sea el caso, debe respetar criterios de razonabilidad” y que “las sucesivas exenciones ponen en duda la razonabilidad de la medida”. Los jueces indicaron que “los límites temporales deben ser atendidos para impedir que se constituya una pena anticipada”.
“Las alegaciones sobre la complejidad del caso y la pluralidad de hechos atribuidos fueron idóneas para fundar el dictado de la prisión preventiva en su oportunidad. Sin embargo, transcurridos los plazos antes mencionados, sin que se tenga fecha cierta sobre la realización de la audiencia de debate, torna esos mismos argumentos, luego de sucesivas prórrogas, inoponibles en esta instancia. Otro tanto ocurre con la gravedad de los hechos y la amenaza de sanción”, señaló Yacobucci.
Los votos que fundan la decisión de liberar a los represores incluyen citas a precedentes de la Corte Suprema y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero lo mismo ocurre con el escrito de Mitchell, que disintió con sus colegas y fundamentó su escrito no solo en el carácter aberrante de los crímenes que se investigan, sino en el peligro de fuga de los acusados: “La extrema gravedad de los delitos atribuidos, así como la sanción que eventualmente les corresponderá, la naturaleza de aquellos, la repercusión y alarma social que producen son, en principio, un serio impedimento para que pueda accederse a su soltura. Tanto más cuanto que al haberse perpetrado los hechos acriminados al amparo de la impunidad que significaba la ocasional protección estatal es dable sostener que existen indicios suficientes para presumir que intentará eludir la acción de la justicia, en concreto, el cumplimiento de la pena que podría corresponderles”.
Más allá de los argumentos en contra de las excarcelaciones, los organismos de derechos humanos pusieron el foco en la demora de la justicia. “Existe una sumatoria de factores que llevaron a este hecho. Hay instrucciones lentas y en el caso de la ESMA hay una decisión de no tocar la distribución del trabajo del Tribunal Oral 5, que tiene a su cargo las dos causas más importantes en Capital: la ESMA y Primer Cuerpo de Ejército. La mejor forma de parar las liberaciones es fijar fecha de juicio y esa decisión la puede tomar Casación, la Corte o el propio Tribunal Oral”, señaló a Página/12 un funcionario judicial.
El año próximo, el TOF 5 realizará un juicio vinculado a los jefes de área del primer Cuerpo de Ejército que podría demorar siete meses. Eso implica que, si no hay cambios en la organización de estos expedientes, no habrá un proceso sobre la ESMA hasta 2010.
La Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los Derechos Humanos durante el terrorismo de Estado de la Procuración había advertido el año pasado sobre este punto y pidió que los expedientes se repartan en otro tribunal oral, pero ni la Cámara de Casación ni la Corte Suprema tomaron medidas. En el máximo tribunal aseguran hace tiempo que se está trabajando en buscar una forma de agilizar los procesos vinculados con la última dictadura. Hasta el momento no se tomó ninguna decisión. El expediente de la ESMA, además, estuvo cuatro años paralizado en la misma Cámara de Casación cuando la presidía Alfredo Bisordi, quien dejó el tribunal para reciclarse como defensor de represores.
La decisión de Casación generó una ola reacciones que incluyó el repudio de la presidenta Cristina Kirchner y el anuncio de un pedido de juicio político en el Consejo de la Magistratura (ver aparte). Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, calificó la medida como una cachetada: “Esto es un agravio. Estábamos haciendo un balance positivo de la justicia que se iba logrando en los últimos tiempos, y ahora esto es una cachetada que recibimos”.

13 diciembre 2008

FUERA DE LA CÁRCEL

TODO: La casta política sólo se preocupa por las próximas elecciones el 10 de febrero. Todos los meses se organizan excursiones a Austwitz para que los adolescentes isarelíes aprende a evaluar los métodos y las consecuencias del racismo alemán, de la gestapo hitlerista, la política de extarminio del tercer Reich.
Es una pena tanto gasto para "ver" un pasado que sólo se aprecia en maquetas y museos. Tengo un proyecto mejor y mucho más barato: manden a los adolescentes israelíes a Gaza, y van a aprender sobre métodos gestapistas e inmorales en "vivo y en directo". ¿O no?


Gideon Levy − Haaretz

Estos días Osama se despierta temprano cada mañana y sale a trabajar en su bien cuidado jardín. Después se va a dar un paseo. Le cuesta quedarse en casa. "Me resulta difícil quedarme mirando a las paredes", dice. Tiene 45 años, 19 de los cuales los ha pasado encerrado entre paredes, pernos y cerraduras. Hace diez años, cuando nos presentaron por primera vez a través de las cartas que me escribió desde la cárcel, utilizando tinta verde y un hebreo excelente, escribió que soñaba con poder llevarse a su otro corresponsal, un muchacho llamado Hagai Matar, a dar un paseo a caballo alrededor de su pueblo.
Desde entonces Matar ha crecido –antes era objetor de conciencia y ahora es un periodista que trabaja en el semanario Ha'ir– y Osama Barham ha dejado la cárcel y ha vuelto a entrar en ella. Los israelíes lo pusieron en libertad este pasado verano y volvimos a encontrarnos esta semana. "Tienes buena pinta", le dije mientras nos abrazábamos. "Me tiño el pelo", me dijo.
La casa de la aldea tiene mejor aspecto de lo que tenía antes y Osama está más musculoso. En el tiempo transcurrido ha tenido lugar otra Intifada y la retirada israelí de la Franja de Gaza. La primera vez que los israelíes lo soltaron de la cárcel me invitó a una gran fiesta que organizó su familia. Participó todo el pueblo. Me pareció extraño que una persona a la que Israel acusa de militar en la Jihad Islámica se tome la molestia de invitar a un israelí a sentarse a su lado. "Durante cinco años me habéis estado diciendo que formo parte de la Jihad y durante cinco años os he dicho que no lo soy", me escribió una vez desde la cárcel. Más tarde me invitó a almorzar en su casa con mis hijos.
En mayo del 2000 viajamos juntos para cubrir el Día de la Nakba en el campamento de refugiados de Balata, cerca de Nablús. Juntos vimos a la “Pantera Negra”, Ahmed Tabuk, que disparó a 43 colaboradores palestinos en las rodillas, de pie sobre un escenario y disparando tiros a diestro y siniestro. Desde entonces a Tabuk lo asesinaron, la Intifada ha remitido y Osama desapareció de mi vida.
En diciembre del 2000 visitamos una tienda de ropa del centro de Nablús, propiedad de un amigo íntimo suyo, Sa'ad al-Kharouf, que vendía camisetas de Oslo. Charlé con Al-Kharouf en alemán. Poco después, Al-Kharouf pasó la noche en casa de Osama. A altas horas de la noche una llamada telefónica les arrancó de la cama para ayudar a un amigo que decía estar "atascado" en una carretera de Cisjordania con el cuñado de Osama. Cuando llegaron al lugar se hizo evidente que habían caído en una emboscada del ejército israelí. Los israelíes mataron al vendedor de ropa e hirieron de gravedad al cuñado de Osama. Ellos sospechan que los israelíes organizaron la emboscada para asesinar a Osama, pero mataron a su amigo e hirieron a su cuñado. Osama pasó a la clandestinidad y desapareció.
Osama, en situación de busca y captura, permaneció oculto durante tres años. Durante todo ese tiempo no oí una palabra de él. En octubre de 2003 los israelíes lo capturaron en una tienda de Ramallah. Tres soldados israelíes disfrazados lo arrastraron fuera de la tienda apuntándole a la cabeza con una pistola. Trató de defenderse diciendo que no era Osama Barham, pero fue en vano. Su fotografía, que los israelíes habían distribuido entre sus chivatos de Ramallah, lo delató. Cerca de un año más tarde, en diciembre del 2004, sonó mi teléfono. "Tengo juicio mañana. Por favor, ven. Me gustaría verte", me dijo desde una cárcel de Ramallh utilizando un teléfono celular de contrabando.
El juicio en la prisión de Ofer fue sólo otra farsa rutinaria en los tribunales militares israelíes. El juez tenía acento francés, el fiscal acento ruso y confundió al acusado con un testigo, y el guardia de la prisión era etíope. Osama era el único nativo de esta tierra. Intercambiamos miradas mudas a través de los barrotes. La fiscalía ofreció a Osama nueve años de cárcel si se declaraba culpable, pero él se negó. "Ni cincuenta cadenas perpetuas harán que me declare culpable". Se declaró inocente. "¿Cómo es posible que antes yo fuera comunista y ahora me acuse usted de ser un destacado comandante de la Jihad Islámica?"
Entre otros cargos destacaba por su gravedad el de posesión de explosivos. Osama negó la acusación y fue condenado a sólo cinco años, una pena sustentada en la dudosa información facilitada por un preso llamado Hassan Fatfata. Esta era la enésima detención de Osama tras haber sido el más veterano de los detenidos administrativos, con decenas de extensiones y seis años encerrado sin juicio en una cárcel israelí.
La primera vez que los israelíes lo detuvieron fue durante la primera Intifada, cuando Osama tenía 15 años. Después de que un soldado israelí lo golpeara por no llevar encima la tarjeta de identificación, mientras que su padre, un respetado director de escuela, soportaba las maldiciones y humillaciones del militar israelí, el joven Osama decidió pasar a la acción. Colgó una bandera palestina en un poste de electricidad y fue detenido. Desde entonces su vida ha sido un constante entrar y salir de cárceles israelíes. La cuestión de su participación en la Jihad Islámica sigue siendo un misterio. Pero él nunca cortó los lazos con sus amigos israelíes, entre ellos la doctora Anat Matar (la madre de Hagai Matar), de la Universidad de Tel Aviv -"mi amiga Anat", la llamaba Osama en sus cartas- y la abogada Tamar Peleg-Shrick, que era como una madre para él.
Osama se ha manifestado en contra de la violencia en más de una ocasión. En 1999, mientras permanecía en detención administrativa, me escribió desde la cárcel: "Quiero preguntar a la sociedad israelí una cuestión humana básica que resuena en mi cabeza: ¿Por qué estamos en la cárcel? ¿Cuántos años vamos a permanecer en la cárcel en base a cargos misteriosos y arbitrarios?"
Osama proviene de uno de los hermosos y antiguos pueblos de Samaria. Una vez más nos sentamos como lo hacíamos en el pasado, en el jardín, a la sombra de la higuera. Hacía 8 años que yo no había vuelto aquí. Los niños, Layat, de 8 años, y Hanin, de 7, que nacieron cuando él era prófugo y crecieron sin padre, regresan de la escuela. Durante las primeras semanas posteriores a su liberación Hanin no permitía que su padre la tocara. Durante sus últimos cinco años de prisión los israelíes solo le permitieron a su esposa visitarlo tres veces. Cinco años sin poder llamar a casa por teléfono y sin recibir apenas visitas.
Cuando recibía una visita no le decían qué miembro de su familia había fallecido. Sólo tras ser puesto en libertad supo que su tío había muerto. El padre de Osama murió en 1996 en un accidente de tráfico cuando se dirigía a visitarlo a la cárcel de Ketziot. En cierta ocasión su enfermiza madre se sintió mal mientras se encontraba visitándolo. Los guardias de la prisión retuvieron sus medicinas y Osama temió perderla a ella también.
La madre, Najiya, se ha pasado los últimos 18 años viajando por las cárceles de Israel. En la década de 1990 los israelíes detuvieron simultáneamente a cinco de sus hijos, acusándolos de pertenencia a diferentes grupos resistentes. Ahora, por primera vez desde 1980, todos están en casa. Osama dice que no conoce a los jóvenes en la aldea. A veces detiene a un joven en la calle y le pregunta quién es su padre.
El sol de otoño inunda el patio con una luz brillante. "Respete mi experiencia", le espetó Osama a su interrogador durante su último interrogatorio, tras pasar 14 días sin dormir. "¿Tiene usted 24 años? Pues yo ya sufría interrogatorios antes de que usted naciera". Cuando el interrogador le ofreció café y tarta, Osama los rechazó educadamente. Sabe que es probable que el servicio de seguridad israelí, el Shin Bet, muestre a sus compañeros una fotografía suya bebiendo café en compañía de su interrogador con el objeto de desacreditarlo. "Desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana no le dije ni una sola palabra excepto que mi nombre es Osama Barham, y gané".
Osama se ha convertido en un exitoso agente inmobiliario. Se ha hecho vegetariano y trabaja todos los días. En la cárcel cierto día los israelíes les dieron un pimiento para que se lo repartieran entre ocho reclusos en el desayuno. Osama arrojó el pimiento al carcelero israelí y lo castigaron con régimen de incomunicación. Su última condena fue su primera como hombre de familia con esposa y dos hijos. Dice que es mucho más difícil estar en la cárcel cuando afuera aguardan esposa y niños pequeños. Afirma que hay presos palestinos que no han recibido una llamada telefónica o una visita en siete años. Recuerda a un preso al que los israelíes condenaron a 26 años y que no había visto a su hijo en 12 años. Cuando ambos se reunieron en la cárcel después de que el hijo también fuera detenido, el padre le hablaba como si se estuviera dirigiendo a un niño, dice Osama.
Cada dos o tres meses los israelíes transferían a Osama a otra prisión. Al cabo de tres años le permitieron a abrazar a Hanin por primera vez. Layat estalló en lágrimas cuando los carceleros israelíes no le también a él abrazar a su padre. "¿No tiene usted hijos?", le preguntó Osama al carcelero. Por el teléfono a ambos lados del panel de vidrio a través del cual los detenidos hablan con sus visitantes, Osama trató de calmar a su hijo. "¿Por qué no me dejan entrar?", preguntaba el niño, y su padre le respondió: "Ya eres un hombre y los israelíes te tienen miedo". Cinco años tenía Layat.
En junio, cuando su sentencia tocaba a su fin, Osama advirtió a su esposa que no dijera los niños que estaba a punto de salir en libertad. No es raro que tras el cumplimiento de una condena el Shin Bet la amplíe mediante una detención administrativa. Hasta el último momento uno nunca está seguro de que lo vayan a liberar. Es difícil incluso llevar una cuenta atrás en condiciones. Por si las moscas, Osama mandó decir a sus amigos que lo liberarían en octubre. Cuando finalmente lo soltaron en junio, cientos de vecinos de la aldea acudieron a esperarlo junto al puesto de control.
En el curso de su condena Osama llegó a conocer hasta 72 miembros del Parlamento palestino a los que los israelíes habían encarcelado con él. A fecha de hoy, 45 miembros del Consejo Legislativo Palestino están presos en las cárceles israelíes, la mayoría de ellos sin juicio. Sin embargo, Barham es reacio a involucrarse en política. "No existe una sola organización palestina que sea honesta", dice. "Todos son corruptos y nadie está contento. La gente de Fatah no está contenta con lo que está pasando en Fatah, y la gente de Hamas no está contenta con lo que está pasando en Hamas, y nadie está contento con lo que ocurrió en Gaza. Pero a la gente le da miedo hablar. Yo no tengo miedo de hablar".
¿Qué es lo que ha cambiado?
"Todos se han convertido en mendigos. Como la Autoridad Palestina pide limosnas, la cosa se hizo normal. Eso es lo que más me perturba. Hubo un tiempo en el que la gente moría de hambre y sin embargo rehusaba pedir caridad. Ahora ven mendigando a la AP y piensan que todo el mundo puede hacer lo mismo. Hace quince años un ladrón era un ladrón. Ahora es un héroe. Todo el mundo habla de dinero, dinero, dinero. Todo el mundo tiene miedo de que la Autoridad Palestina se colapse y no haya dinero. Sólo dinero. Intercambia 20 palabras con alguien y 15 de ellas serán sobre dinero”.
"Hubo un tiempo en que la gente estaba dispuesta a luchar por ideas. Ahora lo único que cuenta es el dinero. Nos estamos deteriorando a marchas forzadas y hemos tocado fondo. Ojalá tuviéramos una organización como Hezbollah. Hezbollah tiene instituciones, verdad, genuina preocupación por las familias que han perdido a alguno de sus miembros miembro. Aquí ya no hay nada sagrado para nadie. Nadie se atreve a criticar, nadie reflexiona, nadie está dispuesto a reconocer sus errores. Ni Fatah, ni Hamas ni ninguna otra organización. Tampoco vosotros estáis muy lejos de esa situación. También entre vosotros lo único que cuenta es el dinero. Os avergonzáis de ello. Y la persona que más odio en vuestro lado es [el Presidente del Likud Benjamin] Netanyahu, que siempre habla como si estuviera encima de un escenario. Avraham Burg es el único que comprende que habéis tomado un mal camino y por eso se hizo con un pasaporte extranjero. Ami Ayalon también comprende la situación”.
"Si los israelíes supieran lo que pasa en los territorios [ocupados] se les romperían todos los esquemas. Mira lo que le pasó a [la activista de la paz] Tali Fahima, una derechista que una vez fue allí de visita [y a la que luego declararon culpable de ayudar a los militantes de las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa]. Nosotros, lamentablemente, no apelamos al público israelí. En lugar de hacer llamamientos a los Estados Unidos y a Europa, deberíamos haber apelado a la opinión pública israelí, que es la que en última instancia decide. Un puñado de cámaras habrían cambiado la opinión del público israelí. Bastaría con que los israelíes pudieran ver el gran rodeo que hemos tenido que hacer debido a los retenes militares sólo para llegar a la aldea".

Traducido para Rebelión por LB
Fuente: http://www.haaretz.com/hasen/spages/1043714.html

12 diciembre 2008

LA INDIA/PAKISTÁN : LA PAZ CALIENTE

LA INDIA/PAKISTÁN : LA PAZ CALIENTE

Said Jadidi

Si algo ha revelado la reciente pesadilla de Mombay ( o Bombay), este algo, independientemente de su carácter dramático, es la divagación del hasta ahora presidente de Estados Unidos, Georges Bush.
En efecto, en un nuevo brote de alucinación, el presidente saliente de Estados Unidos, cuyas « ideas » por poco cuestan el fin del mundo, acaba de proponer en un mensaje oficial al gobierno indio « la colaboración de su pais para ( i agárrense bien ! ) detener a los autores de los atentados de Bombay ».
Con, aparentemente muy deterioradas sus facultades mentales, Bush ni siquiera parece saber que todos los terroristas fueron matados por lo miembros de las fuerzas especiales indias a excepción de uno que fue arrestado sin colaboración de Estados Unidos.
De mal a peor..
No obstante, más allá de su lado trágicamente anecdótico, el mensaje de Bush plantea una serie de legítimas interrogaciones/reflexiones, a su frente, el deseo de comprometer a la India en una lucha, a todas luces, con velocidades estratégico-políticas.
A juzgar por la envergadura, los medios a disposición del comando terrorista y la, cuando menos, sorprendente facilidad con que ha podido llegar a sus blancos, no sería insensato hablar de autores ( en plural ) directos, unos, por consiguiente visibles e identificables, indirectos, otros, ocultos y disfrazados.
Acusar a la vecina Pakistán sería, en este caso, mortalmente fácil. La más que probada eficacia de sus servicios secretos aboga por más reflexión, más objetividad y más realismo. Probablemente tendremos que esperar años antes de descubrir ( casi con seguridad por pura casualidad ) implicaciones geo-estratégicas que, hoy por hoy son abstractas e insospechosas.
Sin embargo, en un admirable sobresalto de verdadero civismo ciudadano, los habitantes de Bombay participaron el domingo pasado, masivamente en una velada en memoria póstuma de las 200 víctimas mortales y los 280 heridos de los atentados del 26 de noviembre pasado.
Una reivindicación entre otras : « NO MÁS ESTO ». Lo que justamente se debe pensar.
No obstante, para que esto no se repita, Nueva Delhi no debe lanzarse en acusaciones precipitadas, basadas en concepciones gratuitas de orden estratégico, ni confiar en conclusiones made in USA ni siquiera dejarse atraer por atavismos geopolíticos.
Y es que…
Fresco aún el recuerdo de la pesadilla de Mombay ( o Bombay ) muchos « expertos » en materia de lucha anti-terrorista comienzan a barajar hipótesis tan inverosímiles como sospechosamente « teledirigidas » como por ejemplo las crónicas, en muchos medios de comunicación occidentales, sobre el Islam y los musulmanes de la India o lo que es visceralmente más intencionado y vejatorio « las convicciones islámicas de los miembros del comando terrorista de Taj Mahal ».
Como si el objetivo de la « misión » terrorista de Bombay no fuera otro que la de empujar a la vecina Pakistán a emprender, como se lo lleva exigiendo a gritos y a violaciones de su espacio áereo los Estados Unidos y en voz más baja sus aliados, una aventura militar en sus zonas tribales fronterizas con Afganistán, casi todos los comentarios, análisis y consultas de prensa apuntaban al día siguiente de los atentados, en coro, hacia lo que ya llaman « el elevado tributo que debe pagar Islamabad » por no haber sabido ( o atrevido) a luchar más y mejor contra los focos terroristas dentro y cerca de su pais.
Como si no les bastara que, por proteger la ocupación en Afganistán, Pakistán fuera, después de Iraq y Afganistán el pais con más víctimas del terrorismo y más expuesto a la desestabilización, le piden ahora alinearse a una tésis anti-terrorista que el pueblo pakistaní y todos los amantes de la paz y de la justicia ponen en tela de juicio.
Los recientes atentados de Bombay se están convirtiendo en un medio de presión sobre las autoridades pakistaníes para actuar, conformen a la voluntad mil veces reiterada de Washington de privilegiar, como acaba de imponerlo al parlamento irakí bajo su tutela, el interés estratégico sobre el imperativo democrático, particularmente en las zonas tribales, donde, con el pretexto de atacar lo que cree diagnosticar como el origen del problema de « su » Afganistán efectua diariamente incursiones que suscitan la unánime indignación popular en Pakistán.
Por otra parte las primeras declaraciones de la Secretaria de Estado, Condolezzia Rice, « invitando » a Pakistán a « colaborar total y completamente en la investigación india en curso actualmente » apoyan explícitamente la hipótesis al respecto.
Casi una semana después y pese al detenido y su interrogatorio, Nueva Delhi aún no ha llamado ni al pan, pan, ni a lo que ha ocurrido en Bombay lo que fue.
Mientras que Pakistán, a través de sus máximos dirigentes advierte contra toda « conclusión precipitada », la India parecer contemplar la suspennsión del proceso de paz con su vecina forjado por más de una guerra, muchas lágrimas y lustros de paciencia y perseverancia.

ESTO ES GAZA



Es el intento constante de un pueblo de aferrarse a una vida normal, aunque Israel le endose condiciones anormales de reclusión, aislamiento del resto del mundo y deterioro hasta un estado humillante de dependencia de la beneficencia internacional.

Por Amira Hass

Cuando no es un corte de electricidad, que deja barrios enteros en la oscuridad, es el agua, que no llega a los pisos de arriba o el butano, que se acaba. Si tienes un generador eléctrico, alguna pieza pequeña del mismo acabará por romperse tarde o temprano de manera irreparable porque incluso antes de que comenzara el hermético sitio de tres semanas, Israel prohibió la entrada en la franja de cualquier repuesto de coches, máquinas y electrodomésticos.
Y si, de algún modo, consigues dinero para comprar uno de los generadores que ha traído el contrabando a través del túnel (su precio se ha duplicado o triplicado en el último mes), es a costa de no pagar la estufa (eléctrica no, claro), las clases de inglés, la ropa para los niños y las visitas al médico.
Esto es Gaza en noviembre de 2008. Y Gaza es vaciar los almacenes de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados en Palestina y también son los agricultores que sembraron y regaron sus tomates, guayabas y fresas pero no pueden comercializarlos fuera de la franja porque Israel lo prohíbe. Gaza también es la calma con la que la gente acepta la oscuridad repentina y las bromas sobre la poca comida que queda en el frigorífico para echarse a perder.
Gaza es la habilidad de contar chistes en cualquier situación, y el insulto inflamado por no tener agua corriente durante tres o cuatro días. Y aun así, los niños van limpios y arreglados al colegio.
Gaza es la larga calle Nasser, cuyo tráfico permanece cortado desde hace más de un año. El asfalto está gastado, acribillado de baches y cubierto de montículos de arena. Cuando Israel prohibió la entrada de material de construcción y materias primas en la franja, las obras se interrumpieron en esta vía pública, principal acceso a tres hospitales, que están siempre bajo la amenaza de un fallo del equipo médico si una pieza deja de funcionar.
Pero Gaza también son los padres que dejan a sus hijos solos en casa, sin miedo, o que les permiten ir a jugar a un parque que está lejos o ir solos a visitar a su abuela al campo de refugiados de Jabaliya (en las calles paralelas a la calle Nasser).
Gaza son las denuncias por el ataque de unos policías a unos simpatizantes de Al-Fatah en la universidad, o el cierre de un restaurante, también por parte de la policía, porque sus propietarios no informaron con suficiente antelación del simposio que tendría lugar en el mismo, organizado por un centro de investigación asociado a las autoridades de Ramallah y en el que participaban ponentes de Hamas.
Gaza es el maestro que en el colegio obliga a las niñas a cubrirse la cabeza, a pesar de que funcionarios superiores sostienen que esa no es la política del ministerio de educación. Gaza es exageración y rumores falsos, y también es el informe de los detenidos de Fatah sobre las cámaras instaladas en las comisarías para asegurar que los interrogatorios se producen dentro de los límites legales. Es también la sorpresa cuando la policía de Hamas devuelve bienes robados, incluso antes de que el robo se denuncie.
Gaza es la sensación entre los simpatizantes de Al-Fatah de que les han robado el poder y su miedo al sistema de seguridad, y también es la confianza en sí misma de Hamas. Son las comparaciones entre los métodos de intimidación en la época de Yasser Arafat y el intercambio de información sobre la supresión de la actividad de Hamas en Cisjordania.
Gaza es la ira del pueblo, incluyendo a los miembros de Al-Fatah, por lo que parece un abandono y una indiferencia deliberados de Ramallah hacia la franja y el destino de sus habitantes.
Gaza es gente que sueña con irse y gente que salió para ir a estudiar o trabajar hace años y quien la extraña. Gaza es gente que no puede regresar con su familia porque incluso si encontrara una grieta por la que poder cruzar la frontera cerrada por Israel, sería encarcelada aquí y tendría que renunciar a su libertad de movimiento y elección por completo.
Todo aquí es muy intenso.
“Medimos nuestras vidas en minutos, no en días ni semanas”, dijo un simpatizante de Al-Fatah. Su vida está patas arriba desde junio de 2007 y cada día la vuelve a perturbar la ruptura política. Se refería a simpatizantes de Al-Fatah como él, convencido de que la gente de Hamas en Cisjordania también “mide su vida en minutos”.
Pero su descripción se ajusta también a todos los demás. Los cambios son tan repentinos, tan violentos, tan vertiginosos y tan frecuentes que el individuo no puede controlarlos, ya se trate de alta política o de la hora a la que hacer la colada.
Gaza es el intento constante de un pueblo de aferrarse a una vida normal, aunque Israel le endose condiciones anormales de reclusión, aislamiento del resto del mundo y deterioro hasta un estado humillante de dependencia de la beneficencia internacional.

La fuente: La autora es periodista del diario israelí Haaretz (Tel Aviv). La traducción del inglñés pertenece a Ana López para Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.

GRECIA: FUEGO A DISCRECIÓN


GRECIA: FUEGO A DISCRECIÓN

Dimitri Deliolanes
Il Manifesto

Había que haber seguido esta crisis paso a paso. Había que ver a esta clase política democrática, a los aclamados herederos de los grandes líderes del periodo siguiente al de los coroneles: el nieto Karamanlis, y el hijo Papandreou. Ver a sus colaboradores, ministros y portavoz inclinándose ante los poderes fuertes, verlos sometidos a humillaciones en las televisiones privadas suplicando a los bancos y ensalzando a los armadores. Un espectáculo deprimente. Una clase política de ignorantes, de inútiles, de hábiles trepas. Saben inglés pero no tienen una sola idea, un solo proyecto. No tienen mayor ambición que el chalet en Mykonos.

La crisis que ha estallado estos días en Grecia es ésta. La crisis del neoliberismo, en salsa conservadora y socialista. Un modelo que ha significado una cosa solamente: que el Estado no existe. Una idea platónica, una ilusión. Lo que hay en verdad es una burocracia totalmente sumisa ante los intereses privados, que van desde los de los poderosos señores de los canales de televisión a los grandes constructores pasando por el policía algo nervioso que dispara cuando le parece.

Esta es la Grecia que tratan de exorcizar los jóvenes encapuchados mediante su revuelta. Un país dominado por la ilegalidad, la prepotencia, los abusos del famoso “mercado”. Los poderes públicos, los elegidos democráticamente, están en otros lugares: en los yates, en las televisiones, en Kolonaki, el barrio chic de Atenas devastado ayer. Al ladito al ladito de los grandes pordioseros privados. Quede claro: nos referimos a la derecha en el gobierno. Aunque los socialistas tampoco fueron mejores, y la gente lo sabe.

Esta privatización de todo y de todos ha tenido consecuencias devastadoras en el orden público. Era previsible. Ahora ya no hay policía griego que no esté al servicio de algún interés privado legal (un partido o un político) o ilegal. Los salarios y los ascensos en la carrera siguen la suerte de sus grupos de referencia privados y no la jerarquía interna. El año pasado la policía intentó hacer una redada en un campo de hachís en Creta. Les respondieron con ráfagas de metralleta: un muerto y seis heridos graves. No volvieron a intentarlo. Quien no se suma a algún grupo de estos, actúa más por ignorancia que por honestidad. ¿Los poderes criminales? ¿Los grupos mafiosos? Campan a sus anchas. Grecia hasta hace 20 años era uno de los países más seguros de Europa. Ahora las capas más populares en la enorme área suburbana de Atenas ya no saben de quién han de defenderse: ¿de los propietarios, de los policías o de los criminales? ¿Y la ley? El año pasado encarcelaron a tres jueces corruptos, pero no se hizo limpieza. Esta descabellada (no) política del orden (no) público es lo que transformó el barrio Exarjia, rincón pintoresco de artistas y bohemios hasta hace veinte años, en un bastión de rebeldes, siempre en el umbral entre el espontaneísmo de las barricadas y la delincuencia común. Al no poder contener a algunos cientos de “insurreccionalistas”, los policías siempre se han vengado de modo exagerado, en favor de los intereses privados, de mala manera.

Un desastre. Los rebeldes han crecido y su influencia se ha extendido. En estas jornadas a sangre y fuego de Atenas han demostrado que tienen en la mano el movimiento de protesta. Un liderazgo ciego, sin salidas ni perspectivas. Se trata en cualquier caso de la cosecha de una lejana siembra llamada bipartidismo perfecto. Si no hay alternativa creíble, no queda más que el fuego.

Crónica del entierro de Alexandros (lo que El País no contó)

Noemí Sobregués
Rebelión

Dice esta mañana (10 de diciembre) la enviada especial de El País (por fin se han decidido a enviar a alguien, por cierto, ya que hasta ahora se habían limitado a reproducir noticias de la prensa griega, y, sea dicho de paso, de los periódicos más conservadores):
Pasadas las cuatro de la tarde, hora local (una hora menos en la España peninsular), el ataúd blanco con los restos de Alexis desapareció del plano. Las imágenes siguientes, minutos después, fueron ya de disturbios y enfrentamientos.

¿La enviada especial de El País se queda en el hotel viendo la tele? No importa. Algunos de nosotros estábamos allí.

El entierro tuvo lugar en Palio Faliro, un barrio a unos ocho kilómetros del centro de Atenas. A esas horas el Politejnío está relativamente en calma. No hay policía en los alrededores.

Frente a la iglesia se concentra una multitud de gente, en especial adolescentes, muchos de ellos con sus padres. Algo a lo lejos empieza a reunirse también gran cantidad de policía. Mis compañeros griegos insisten en que precise que no se trataba de antidisturbios, sino de motoristas. Iban armados.

De las calles adyacentes van llegando cada vez más chavales. Vemos a madres gritando desde el balcón a sus hijos que vuelvan a casa. En vano. Hablamos de chicos de clase media acomodada, vestidos con ropa de marca, que probablemente nunca han estado en Exarjia y nada saben de política.

De pronto un motorista saca un arma y dispara tres veces al cielo. (Posteriormente el policía afirma que sacó el arma por miedo, porque se sintieron amenazados –amenazados por tener frente a ellos a niños, y la vía libre a sus espaldas.) Se desata el caos. Los chavales corren a recoger los casquillos de las balas. La policía vuelve a disparar al cielo unas diez veces. Entonces, y sólo entonces, es cuando empiezan los disturbios y los enfrentamientos. Sí, se producen importantes destrozos en la zona y los alrededores.

Está filmado por cámaras de televisión. Es una lástima que la enviada especial de El País no sólo se limitara a quedarse viendo la tele, sino que además ni siquiera se tomara la molestia de echar un vistazo a los distintos canales.

Y sigue diciendo:

En la plaza Sintagma, el kilómetro cero de Atenas, se hizo de noche prematuramente en torno a las dos de la tarde. El humo negro producido por plásticos quemados se mezclaba con los botes de humo disparados por los antidisturbios.

Luego se pierde en comparaciones con la Intifada, en David y Goliat, en la desproporción del recurso a la fuerza por parte de ambos bandos, se da un paseo por Tesalónica y vuelve a la plaza Síntagma para decir que algunos manifestantes “no se conformaron con arrojar piedras, también usaron vallas, palos y papeleras. Y los más radicales cócteles molotov”. Sólo en el siguiente párrafo, tras haber mencionado la manifestación convocada por el partido comunista griego, deja caer, casi por descuido, que “la otra concentración” (la de Síntagma) era “mayoritariamente estudiantil” y “concentró a miles de participantes”.

Curiosa manera de contar lo sucedido. No decimos “falsa”. Decimos sólo “curiosa”. Lo que cuenta es cierto, pero tan parcial, tan absolutamente sesgado y tan estratégicamente expuesto, que al final poco tiene que ver con lo que presenciamos los que allí estábamos.

Era, efectivamente, una manifestación estudiantil. Hablamos de chicos de colegios e institutos entre once y dieciocho años, en su mayoría acompañados por sus profesores y sus padres. Habían llegado escuelas enteras de toda la ciudad y del Ática. Pretendía ser una manifestación pacífica.

Los manifestantes se sientan ante el Parlamento. Los más jóvenes, directamente niños, ocupan las primeras filas.

La policía los rodea totalmente. La plaza va llenándose de gente.

La policía intenta desalojar a los manifestantes a empujones y patadas (contra las primeras filas, las de los niños). Los chicos no se mueven. La policía saca sprays lacrimógenos y empiezan a rociarlos. Los profesores y los padres corren hacia las primeras filas y se enfrentan a la policía a gritos: “Pero ¿qué hacéis? ¿No veis que son niños? ¿Pretendéis matárnoslos a todos?”. Es cierto: alguna piedra empieza a caerles. La policía se pone nerviosa, se guarda los sprays y lanza por los aires un bote de gases lacrimógenos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando se desata la batalla campal, cuando los que han ido concentrándose en los alrededores de la plaza no se conforman con lanzar piedras, sino que recurren a vallas, palos y papeleras.

Y sigue diciendo la enviada especial:

"Saludamos y damos la bienvenida a los jóvenes que no se cubren la cara”, era la consigna más repetida entre los profesores y los estudiantes que participaron en la primera marcha de la mañana.

Tampoco decimos que sea falso. No decimos que no haya encapuchados radicales y vándalos. Los hay. Pero no son tantos. Las calles están llenas de gente a todas horas, y por las noches, en los alrededores del Politejnío, todos podríamos pasar por encapuchados, entre otras cosas porque tenemos que salir con gorro (caen huevos, tomates, piedras e incluso algún cóctel molotov de balcones de casas particulares en cuanto pasa la policía), los ojos untados con vaselina, pañuelos mojados sobre la nariz y la boca, o mascarillas. Llevamos cuatro días largos respirando lacrimógenos (hay testimonios de que han lanzado botes estadounidenses caducados, lo cual ha complicado todavía más las cosas –el ministro de Sanidad pidió hace unos días a la policía que moderara el uso de lacrimógenos, comentó que incluso el personal médico tiene problemas para respirar cuando atiende a los heridos).

Y dice además:

Dos palabras se repiten sobremanera estos días en los medios de comunicación y en las calles: hooligans y vándalos. Otra frase favorita es: “Atenas parece Irak”.

Suponemos que esto es lo que se repite sobre todo en los medios de comunicación extranjeros. En cuanto a las calles, está claro que depende de con quién hable cada cual. La frase que más hemos oído nosotros incluso en los peores momentos, cuando todo el centro de Atenas ardía y la situación estaba totalmente fuera de control, era: “Iparji logos” (Hay motivos).

La situación es sorprendente. Desde el principio en las calles hay muchísima gente hasta bien avanzada la madrugada, pero cuanto más se empeñan los medios en que se trata sobre todo de pequeños grupos de vándalos radicales y anarquistas, más gente sale a la calle. Y los que al principio se limitaban a hacer acto de presencia empiezan ahora a animarse a lanzar alguna piedra que otra.

Está claro que en Atenas sólo los vándalos son fotogénicos.

Por medio de los medios

TODO: La crisis mundial no suprime los "festejos" de Navidad y Año Nuevo. Sólo que tenemos que preguntarnos... ¿Cómo festejarán los millones de desocupados, marginados, los sin casa, la gente pobre, los chicos esclavos, las blancas y negras "tratadas"? A no preocuparse, amigos: los medios, los malditos medios se encargarán de alegrarnos con la alegría de los que tienen... Andrés Aldao

Por José Pablo Feinmann

A veces pareciera que las películas exageran. Y no poco ni mucho: demasiado. Al fin, necesitan vender butacas, ése es su principal objetivo. ¿Por qué habrían de privarse de acudir a cualquier medio para hacerlo? Por ejemplo: ¿usted podría creer que Estados Unidos cree una guerra para tapar el desliz sexual de un presidente? Para entendernos: no es que esa guerra haya sido creada sin motivos, sea una pura agresión sin causa, y por fin una masacre. No, ésa, después de todo, sería una guerra real. Nos referimos a una guerra inventada. A una pura y perfecta invención de los massmedia. Se hizo (y a ella nos referimos) una excelente versión sobre este tema. Se llamó Mentiras que matan (Wag the Dog), es de 1997, la dirigió Barry Levinson y la escribió un tipo con mucho talento: David Mamet, acompañado por Hilary Henkin. Si agregamos que Dustin Hoffman y Robert De Niro están en los protagónicos tendremos el panorama claro: esto no puede fallar. La historia es así: dos miembros del gobierno (De Niro y Anne Heche) buscan a un productor de Hollywood porque necesitan distraer al público norteamericano. “¿Crees que será posible?”, le pregunta, en el avión que los lleva a California, Heche a De Niro. El tipo se ríe: “¿En serio me preguntás eso? ¿Si será posible engañar al público norteamericano? Dime, ¿tú sabes algo de la Guerra del Golfo? ¿Alguien sabe algo de esa guerra? Nadie. Sólo lo que les dejamos ver. ¿Qué vieron? Unas cuantas luces atravesando el cielo, la noche. Eso les vendimos como Guerra del Golfo y eso creyeron. ¿Por qué no vamos a poder fabricarles una guerra ahora? La necesitamos”. La necesitan porque la administración a la que sostienen está en peligro. Puede bajar la popularidad del presidente por ese affaire sexual que tuvo. (Referencia insalvable al affaire Lewinsky. Aparte: conocí a un escritor alemán de nombre Charles Lewinsky. Me decía: “Todo es más simple para mí ahora. Ya no necesito deletrear más mi apellido. Sólo digo: Lewinsky, como Monica”.) Hay, pues, que inventar una guerra. Se encuentran con Hoffman, productor de Hollywood que nunca ganó un Oscar y vive amargado por eso. Pero tiene esperanzas. “Queremos fabricar una guerra”, le dicen. Primero necesitan decidir con quién. No tardan en decidirlo: “Con Albania”. “¿Qué tenemos contra Albania?”, pregunta alguien. “¿Qué tenemos a favor?”, le contestan. Empieza la tarea. Se trata de “armar” una imagen dramática que irá a la tapa de los diarios. Lo hacen: bombas que estallan en una aldea de Albania y una mujer que huye con un niño en brazos. Conmovedor. Pero falta. Hay que componer una canción patriótica que consiga encender los corazones del público. Lo llaman a Willie Nelson, el famoso cantante country. Nelson se pone a trabajar. Graban la canción. Advierten que “Albania” no rima bien con casi nada, pero ya es tarde para cambiar. Y no dudan del resultado final: hace falta una guerra y los medios la crearán. Las imágenes se difunden, el público se las cree y el talentoso pero ingenuo productor exige que se presente lo que ha hecho a la Academia de Artes Cinematográficas porque quiere ganar su ansiado Oscar. De Niro, que se lleva muy bien con el FBI y con la CIA, ordena que lo liquiden. Hoffman, ilusionado por algo que le han dicho, entra en una enorme limousine que sólo lo trasladará hacia su injusta pero inevitable muerte.

En Poder que mata (Network, 1976) Sidney Lumet entrega una de las mejores películas de su larga carrera. Pero detrás de esa conquista hay un guión ya mítico de Paddy Chayevsky. Ned Beatty le dice a Peter Finch: “Olvídese: ya no hay primer mundo, ni segundo mundo ni tercer mundo. Sólo hay negocios”. Se trata aquí del mundo de la televisión. Hay que atrapar, domesticar, someter, idiotizar a los que miran. Nadie sabe hacerlo como Faye Dunaway. Tiene un programa que se llama: La hora de Mao-Tse-Tung. Tiene otro que ha entregado a los Panteras Negras. Pero su punto máximo es el loco mesiánico de Peter Finch. Aquí aparece el talento de Dunaway. Es evidente que el tipo está peligrosamente loco. No importa. Se lo puede usar. Puede ser un hit. Lo ponen en un horario central. Finch tiene la locura de llamar a la rebelión. Se pone frente a la Cámara y vocifera: “Abran sus persianas. Asómense y griten: ¡no aguantamos más, ya no podemos tolerar más, estamos hartos!”. La gente, en sus casas, sin creerlo al principio, empieza a oír gritos. Abre sus ventanas y se asoma. Ahora todos están asomados. Al comprobar que todos gritan lo que Finch exige que griten, no hay uno que deje de gritarlo: “¡No aguantamos más! ¡Ya no podemos tolerar más! ¡Estamos hartos!”, se crea una situación de rebelión social que estaba soterrada pero que Finch ha sacado a flote. Ahora la gente está furiosa. No sabe por qué. O tiene uno que otro motivo. Pero quiere estar furiosa. Finch, un pastor iracundo, lo exige desde la tele. Van a ver en vivo su programa. No bien él aparece todos empiezan a gritar: “¡No aguantamos más, etc.”. Como todo lo que se lanza sin demasiado control la cosa se le empieza a ir de las manos a la sagaz y algo detestable Dunaway. Ella lo arreglará. Pero uniendo lo útil a lo comercial. Siempre se trata de subir el rating. Les dice a sus jefes (que ya son pocos, ella ha trepado muy alto) que la dejen hacer. En su próxima aparición, Finch saluda a su público vociferante. Por fin, silencio. Finch se dispone a dar su sermón iracundo del día. De pronto, entre el público, surgen varios Panteras Negras con metralletas y acribillan a Finch en vivo, ante las cámaras. Exito total. Se han librado del loco y han atrapado aún más a la gente. Que –Dunaway lo sabe bien– es nada, es arcilla en sus manos, es basura, concluirá.

Nuestra tercera película es The Truman Show, de 1998, dirigida por Peter Weir. Aquí la tesis de la manipulación mediática es llevada al extremo. A un tipo que se llama Truman le crean su mundo, su vida, su entorno desde que nace en un enorme set televisivo que se venderá como un show al resto del país. Toda la vida de Truman está armada, diseñada, conducida por Harris, un genio de la televisión que demuestra con esto que puede, por medio de la omnipresente pantalla, dominar todo, crear la realidad. Es una metáfora sobre la posible libertad del ser humano en un mundo dominado por los medios de comunicación que crean una realidad que somete a quienes se proponga someter. La película de Weir es optimista. Al final, Truman abre una puerta que le permitirá salir del decorado. Es la puerta hacia su libertad. No se ve nada más allá de ella. Sólo oscuridad. La incertidumbre total. Harris le dice que se quede, que él lo protegerá, que habrá de cuidarlo. Pero Truman elige ser libre y elige, con ello, el riesgo, la incertidumbre, el peligro. Truman abre la puerta y entra en ese callejón oscuro, lleno de riesgos gigantescos. Sobre todo los de averiguar quién es, qué quiere, qué piensa. Para evitar estas cosas es que la gente ve la tele. Para no ser libres. Para ser manipulados. Para que les digan en qué creer, a quiénes odiar, a quiénes no odiar, qué consumir, qué comer, qué ropa ponerse, qué ideas tener y, muy especialmente, qué ideas no tener. Aquí, a este ente pasivo, que se devora lo que la tele le da y deja que su subjetividad sea creada, moldeada desde ella, los tycoons de los medios le dicen “la gilada”. ¿Es libre “la gilada”? Alguien dirá que no puede haber algo menos libre que “la gilada”, ya que vive esclava de lo que los medios hacen de ella. Sin embargo, durante estos días hubo ciertos dramáticos sacudones en el programa de Tinelli. No caminó lo de la lluvia. Esa lluvia que caía sobre los cuerpos exponiendo sus transparencias a la mirada golosa y patética e impotente de “la gilada”, ¡no funcionó! No dio el rating esperado. A la gente le gusta más lo del caño. “Hay que volver al caño”, pareciera que se ha resuelto. Entonces, ¿cómo que la gente no es libre? Claro que sí, claro que es libre. Siempre puede elegir entre la mierda y la basura.

10 diciembre 2008

LA CUENTA IMPAGA

La cuenta impaga *

Andrés Aldao

Es muy duro escribir acerca de crímenes. Y de las consecuencias de esos crímenes. Sobre todo si esos hechos ocurrieron en un período histórico tan reciente. Cuando la impunidad, aún, se regocija con el dolor de los otros. De los reprimidos y los muertos. De los desaparecidos, que no han merecido la triste paz de una tumba, y sus familiares, que no han hallado el simple consuelo de una memoria con nombre y apellido.
Las condenas morales no sirven. Son una gratificación, una especie de condecoración de hojalata, interpolada con disimulo y aprovechando la abulia que a veces desarma la vigilia del sector contestatario de la sociedad.
Escribir sobre ese período, pues, no me resultó fácil. Hay mucho luto, muchas tragedias, muchas muertes. Millares de víctimas padecen, aún, la cobardía de los asesinos que los desaparecieron. Los crímenes son la cuenta pendiente, el capítulo no terminado, la deuda impaga. Por eso los familiares, los protagonistas sobrevivientes, los amigos y la sociedad, no pueden ni deben “cerrar la causa”. Los asesinos prosiguen su vida, paseándose entre los recovecos de la Argentina posproceso. Las molestias son mínimas y muchos de los ejecutores permanecen en las tinieblas del anonimato. Acariciando cabecitas de criaturas; sonriendo a los vecinos; haciendo compras en los supermercados; almorzando los fines de semana con toda la familia. Una existencia pastoral, idílica y conmovedora. Las manos perjuras, salpicadas de sangre y horror, reciben el tratamiento de costosas manicuras. Y el mundo sigue andando.

La visión de mis relatos es antitriunfalista, con personajes de carne y miedo, imbuídos de heroísmo, llanto, delirio y tragedia, arrojados irresponsablemente a la aventura de una muerte atroz, anónima y solitaria, o víctimas del funesto plan de represión diseñado por la inteligencia militar y ejecutado en gran medida por los infiltrados de los servicios vestidos con ropaje activista.
Cada uno de estos relatos ha sido para mí un desgarro muy profundo. Como “La Huída”, que recrea mi experiencia personal; el joven militante de “Madre Orga”, que deambula entre el miedo físico, el temor a la muerte, y el sentimiento de culpa que le generaban los compañeros caídos; el pequeño botija uruguayo (“Y entonces entraron esos hombres”), víctima del horror e inocente de toda inocencia; los dos viejos de “La sospecha”, lastimados por los fariseos del martirologio sacralizado, porque el hijo (“.un pendejo de 17 años”) no pudo soportar los tormentos que le infligieron sus victimarios; el cinismo oportunista de ese profesor que se montó en la gratuidad trepadora del escalafón social, pisoteando a los centenares de colegas perseguidos, exiliados o muertos, e incapaz de brindarle a su mujer “Tan sólo una flor”. Y finalmente está Euzkadi Baztarrica, el Vasco huraño de “El Ajuste”, que perdió a su hermano y renegó de la fe militarista, que tiene desaparecida a esa novia adolescente con la cual pateaba piedritas en la antológica plaza Irlanda de Caballito, que afronta un destierro que los años han convertido en voluntario y desgarrador al mismo tiempo, porque su vida transitaba en los páramos de la nostalgia partida por un navajazo que le hurtó tantas mañanas y noches, extrañado de su mundo cotidiano; arrojado de su cultura a las fauces de la adversidad. Fingía una aclimatación que le curtía el epitelio, pero un lacerante desgarro penetraba en su profunda soledad, en su ser más íntimo, desgajado de los amigos, la música y los aromas de su ciudad,. Y de la poesía y el policromo sabor de una urbe que ya no sería jamás la misma. Que sentía como suya, desoladoramente propia; y sin embargo extraña, inmisericorde y lejana. Ese Vasco, gladiador solitario que pretendió redimir a los muertos, a los torturados, a los hijos sin padres, a los padres sin hijos, a las abuelas y abuelos que han perdido a sus nietos, no importa si su ajuste solitario es válido, si trasciende o no. Porque esas balas que le “atravesaron” la vida a uno de los asesinos, es todo un símbolo y genera un comprensible bienestar. Porque asesinos como esos no merecen disfrutar las tibiezas de la vida cotidiana.
Los relatos no buscan adhesiones o aplausos: tan sólo compartir un momento de dolor con la gente que vivió la tragedia latinoamericana. Pero quise hacerlo sin máscaras ni falsedades. Rescatando a las víctimas, pero sin dejar de condenar a aquellos que pensaron en el acto revolucionario como una misión de delirio y muerte, o denunciar a los Firmenich y su guardia pretoriana, primos hermanos y compinches de Videla, Massera, Suárez Mason, Menéndez, Bussi y toda la carroña militar que ha sobrevivido gracias a los políticos, que han querido cerrar, sin honra, el nefando período que comenzó con López Rega (gracias al acto senil y final del Viejo). Sé muy bien que mi auto de fe no es atractivo ni triunfalista, ni va a concitar las simpatías de los delirantes, o los que desenfundan el dedo fácil de la crítica tóxica. No procuro complacer a nadie. Odio las medias tintas. En esta época sin principios puedo asegurar que éstos, los principios,el exilio irrevocable y una conducta limpia, son mis únicos bienes. •

Andrés Aldao • junio 10, 1998

* Este prólogo, escrito hace una década, lo rubrico sin agregados ni correcciones (A.A., septiembre, 2007

Juan Gelman escribe contra “los organizadores del olvido”


“El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración”

El Ministerio de Cultura español promovió el Primer Encuentro Internacional de Memoria Histórica en la Universidad de Salamanca, la misma donde Miguel de Unamuno enfrentó al dirigente franquista Millán de Astray cuando éste entró a los claustros pistola en mano gritando “Viva la muerte, abajo la inteligencia”.
En esa reunión, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, República Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y columnista de Página/12 fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre “el imperativo moral de la memoria colectiva”.
Por Juan Gelman


9 de diciembre de 2008

Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril.

Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el Banco de Datos Sanguíneos de Familiares de Desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”.
Ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía.
No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje.
No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento.
No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.
El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar.
“Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.
“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido.
“¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.”
El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores.
Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.
“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo.
¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor?
¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola?
¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella?
Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios.
Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.
Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes.
La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones.
La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.
Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia.
Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben.
Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos.
Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.
La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos.
En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad.
En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”.
La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot.
Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.
Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.
El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet.
Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán.
Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.
¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales?
El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”.
Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.
Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos.
En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana.
Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable.
Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.
Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación.
Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.
En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”.
Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

08 diciembre 2008

Unidad para construir un proyecto nacional

Pregunta: ¿cómo votó Lozano el tema de las retenciones?

Por Fernando “Pino” Solanas *

Después de los fracasos y traiciones de la llamada centroizquierda, hoy vuelve a plantearse en la Capital la operatoria kirchnerista de intentar unir las fuerzas progresistas para enfrentar a Macri, como representación inequívoca de la derecha. La política de las manipulaciones mediáticas ya mostró su falsedad en mayo del 2007, cuando se quiso convencer a la ciudadanía de que las fuerzas progresistas eran las del Frente para la Victoria. Así les fue: en ese mismo mes sus legisladores votaban en el Congreso la ley antiterrorista y Néstor Kirchner daba luz verde al hecho más grave de la política argentina de los últimos años: la segunda privatización del petróleo y el gas con la prórroga de “Cerro Dragón” y todas las concesiones de Menem hasta el 2047; es decir, hasta la extinción total del recurso. Por eso, para no repetir la farsa, se impone discutir qué es lo que consideramos una política progresista o reaccionaria, nacional o entreguista. ¿No es la nueva derecha criolla quien se asocia a las corporaciones que saquean nuestros recursos estratégicos no renovables, sin control público y a simple declaración jurada? ¿No es esta nueva derecha, con el “capitalismo de amigos”, la que se beneficia mediante la entrega salvaje de las tierras fiscales –pertenecientes a los pueblos originarios– y los yacimientos mineros y petroleros a los amigos o socios de los gobernadores provinciales? ¿Es realmente de avanzada la decisión de pagar al Club de París y a los fondos buitre, sin revisar la legitimidad de la deuda externa, mientras el dictamen del juez Ballesteros sobre su carácter fraudulento duerme en el Congreso? ¿Qué decir del “tren bala” como opción a una reconstrucción de los ferrocarriles con tecnologías y fábricas propias, que pueden generar miles de empleos y garantizar autonomía? ¿Dónde colocaríamos a conspicuos miembros y amigos del Frente para la Victoria, como Cristóbal López, Eskenazi, el senador Roberto Urquía y otros grandes exportadores de granos, que estafaron al fisco por 1700 millones de dólares con el paraguas de la Resolución 125?
El formato progresista de la era “K” es una peculiar combinación de derechos humanos con esencias del modelo neoliberal. Basta recordar que en nombre del centroizquierda se han venido avalando las políticas económicas neoliberales más puras, ejecutadas desde el gobierno menemista y algunas otras desde la dictadura. ¿No sigue vigente la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, que priva a la pequeña empresa de acceder al crédito público y sigue al servicio de las multinacionales? ¿No bastó la fuga de 26 mil millones de dólares en el 2001, para evitar la reciente fuga de 22 mil millones de dólares imponiendo un riguroso control de cambios y divisas? ¿No es necesario recordar la trágica aventura de la Alianza, con el soborno de senadores para flexibilizar las leyes laborales? ¿No merece recordarse el regreso de Cavallo –agosto del 2001– con poderes excepcionales votados por los legisladores del Frente Grande para negociar un megacanje que nos costó casi 54 mil millones de dólares más.
En esta gran confusión, el gobierno de Cristina Kirchner, que para muchos se ubica en la franja del progresismo o centroizquierda, hace pocos días anunció un subsidio a las petroleras de 8750 millones de dólares (Clarín, 13/11/08) y desconoció la decisión del Congreso nacional, como respuesta al reclamo del lobby minero de la Barrick Gold, vetando la ley de protección de los glaciares que había logrado unanimidad en Diputados y solamente tres votos en contra en el Senado. Se acaba de nombrar –con el elogio y abrazo de algunos progresistas– a Débora Giorgi como ministra de la Producción. La flamante funcionaria, entre sus innumerables cargos, fue secretaria de Industria de Fernando de la Rúa y firmó, junto a José Luis Machinea, uno de los convenios más escandalosos y lesivos al interés de la Nación: la prórroga por diez años –y diez años antes de lo que fija la ley– del que fuera el yacimiento de gas estrella del país: Loma La Lata. Sus millonarias reservas, tasadas en más de 10 mil millones de dólares, fueron cedidas por 300 millones de dólares y sólo debía pagar un 12 por ciento de regalías. Para dar idea del colonialismo del convenio, baste citar el artículo 1.3: “El Estado Nacional y la Provincia garantizan que durante la vigencia de la prórroga de la Concesión (...) mantendrán indemne a YPF frente a cualquier reclamo o acción de terceros o decisión o cambio legislativo que pueda afectar o modificar el régimen de dominio que rige sobre el área Loma La Lata-Sierra Barrosa, obligándose a mantenerla en el ejercicio íntegro de sus derechos”.
¿No son estas razones suficientes para delimitar qué es derecha o izquierda en la Argentina y quiénes son las personas creíbles frente a la ciudadanía? En las décadas recientes y hasta la actualidad, los travestismos políticos y las piruetas oportunistas se convirtieron en materia corriente. El ser humano y la dirigencia como parte del género puede cometer errores y todos los hemos cometido; pero es preciso corregirlos con acciones autocríticas y compromisos públicos que los superen. No obstante, hay cosas que son inadmisibles. Una de ellas es la traición al mandato de las urnas y otra, las operatorias mediáticas o acuerdos a espaldas del pueblo, soslayando el abierto debate de ideas. Todo tiene sus límites: estamos hablando de un debate que necesariamente excluye a quienes fueron los protagonistas de la entrega y la corrupción de ayer o de hoy. La actual crisis mundial es grave y exige respuestas creativas, impulsadas con grandeza y coherencia, desechando cualquier intento de obtener beneficios personales o de grupo con recursos públicos y sociales, al costo del sufrimiento de una gran proporción de nuestros compatriotas. El debate debe incluir entonces las políticas a seguir, entre otras, con las corporaciones mineras, petroleras y exportadoras de granos, favorecidas con una renta que pertenece a todos los argentinos.
Es indispensable el debate y definición de un auténtico proyecto nacional, capaz de ser integrador de nuestras potencialidades, anhelos y voluntad de evolución, insertado en forma creativa y autónoma en la región. Es hora de que todos aportemos a su diseño y construcción. La tarea es inmensa y ninguna fuerza política o social se encuentra con capacidad de hacer frente a ello en forma aislada. Por estas razones, Proyecto Sur propone a quienes se sienten identificados con el espacio progresista, nacional y popular, una Mesa de Diálogo para la construcción del Proyecto Nacional. La unidad que proponemos no se reduce a lo electoral ni se basa en la distribución de cargos o lugares en una lista. Nos proponemos construir una fuerza política, social y cultural que sea capaz de impulsar un proyecto emancipador en posibilidad concreta de recuperar los recursos estratégicos y democratizar las instituciones, como paso indispensable para terminar con la indigencia, el hambre y la degradación del ambiente. Se trata de recuperar y honrar la credibilidad de nuestro pueblo.