LA INDIA/PAKISTÁN : LA PAZ CALIENTE
Said Jadidi
Si algo ha revelado la reciente pesadilla de Mombay ( o Bombay), este algo, independientemente de su carácter dramático, es la divagación del hasta ahora presidente de Estados Unidos, Georges Bush.
En efecto, en un nuevo brote de alucinación, el presidente saliente de Estados Unidos, cuyas « ideas » por poco cuestan el fin del mundo, acaba de proponer en un mensaje oficial al gobierno indio « la colaboración de su pais para ( i agárrense bien ! ) detener a los autores de los atentados de Bombay ».
Con, aparentemente muy deterioradas sus facultades mentales, Bush ni siquiera parece saber que todos los terroristas fueron matados por lo miembros de las fuerzas especiales indias a excepción de uno que fue arrestado sin colaboración de Estados Unidos.
De mal a peor..
No obstante, más allá de su lado trágicamente anecdótico, el mensaje de Bush plantea una serie de legítimas interrogaciones/reflexiones, a su frente, el deseo de comprometer a la India en una lucha, a todas luces, con velocidades estratégico-políticas.
A juzgar por la envergadura, los medios a disposición del comando terrorista y la, cuando menos, sorprendente facilidad con que ha podido llegar a sus blancos, no sería insensato hablar de autores ( en plural ) directos, unos, por consiguiente visibles e identificables, indirectos, otros, ocultos y disfrazados.
Acusar a la vecina Pakistán sería, en este caso, mortalmente fácil. La más que probada eficacia de sus servicios secretos aboga por más reflexión, más objetividad y más realismo. Probablemente tendremos que esperar años antes de descubrir ( casi con seguridad por pura casualidad ) implicaciones geo-estratégicas que, hoy por hoy son abstractas e insospechosas.
Sin embargo, en un admirable sobresalto de verdadero civismo ciudadano, los habitantes de Bombay participaron el domingo pasado, masivamente en una velada en memoria póstuma de las 200 víctimas mortales y los 280 heridos de los atentados del 26 de noviembre pasado.
Una reivindicación entre otras : « NO MÁS ESTO ». Lo que justamente se debe pensar.
No obstante, para que esto no se repita, Nueva Delhi no debe lanzarse en acusaciones precipitadas, basadas en concepciones gratuitas de orden estratégico, ni confiar en conclusiones made in USA ni siquiera dejarse atraer por atavismos geopolíticos.
Y es que…
Fresco aún el recuerdo de la pesadilla de Mombay ( o Bombay ) muchos « expertos » en materia de lucha anti-terrorista comienzan a barajar hipótesis tan inverosímiles como sospechosamente « teledirigidas » como por ejemplo las crónicas, en muchos medios de comunicación occidentales, sobre el Islam y los musulmanes de la India o lo que es visceralmente más intencionado y vejatorio « las convicciones islámicas de los miembros del comando terrorista de Taj Mahal ».
Como si el objetivo de la « misión » terrorista de Bombay no fuera otro que la de empujar a la vecina Pakistán a emprender, como se lo lleva exigiendo a gritos y a violaciones de su espacio áereo los Estados Unidos y en voz más baja sus aliados, una aventura militar en sus zonas tribales fronterizas con Afganistán, casi todos los comentarios, análisis y consultas de prensa apuntaban al día siguiente de los atentados, en coro, hacia lo que ya llaman « el elevado tributo que debe pagar Islamabad » por no haber sabido ( o atrevido) a luchar más y mejor contra los focos terroristas dentro y cerca de su pais.
Como si no les bastara que, por proteger la ocupación en Afganistán, Pakistán fuera, después de Iraq y Afganistán el pais con más víctimas del terrorismo y más expuesto a la desestabilización, le piden ahora alinearse a una tésis anti-terrorista que el pueblo pakistaní y todos los amantes de la paz y de la justicia ponen en tela de juicio.
Los recientes atentados de Bombay se están convirtiendo en un medio de presión sobre las autoridades pakistaníes para actuar, conformen a la voluntad mil veces reiterada de Washington de privilegiar, como acaba de imponerlo al parlamento irakí bajo su tutela, el interés estratégico sobre el imperativo democrático, particularmente en las zonas tribales, donde, con el pretexto de atacar lo que cree diagnosticar como el origen del problema de « su » Afganistán efectua diariamente incursiones que suscitan la unánime indignación popular en Pakistán.
Por otra parte las primeras declaraciones de la Secretaria de Estado, Condolezzia Rice, « invitando » a Pakistán a « colaborar total y completamente en la investigación india en curso actualmente » apoyan explícitamente la hipótesis al respecto.
Casi una semana después y pese al detenido y su interrogatorio, Nueva Delhi aún no ha llamado ni al pan, pan, ni a lo que ha ocurrido en Bombay lo que fue.
Mientras que Pakistán, a través de sus máximos dirigentes advierte contra toda « conclusión precipitada », la India parecer contemplar la suspennsión del proceso de paz con su vecina forjado por más de una guerra, muchas lágrimas y lustros de paciencia y perseverancia.
Editor: Andrés Aldao - Boletín de noticias y comentarios. Si no lees los diarios no estás informado, y si lo lees estás mal informado Una versión distinta de los hechos en el mundo. ¡DIFUNDILO!
12 diciembre 2008
ESTO ES GAZA

Es el intento constante de un pueblo de aferrarse a una vida normal, aunque Israel le endose condiciones anormales de reclusión, aislamiento del resto del mundo y deterioro hasta un estado humillante de dependencia de la beneficencia internacional.
Por Amira Hass
Cuando no es un corte de electricidad, que deja barrios enteros en la oscuridad, es el agua, que no llega a los pisos de arriba o el butano, que se acaba. Si tienes un generador eléctrico, alguna pieza pequeña del mismo acabará por romperse tarde o temprano de manera irreparable porque incluso antes de que comenzara el hermético sitio de tres semanas, Israel prohibió la entrada en la franja de cualquier repuesto de coches, máquinas y electrodomésticos.
Y si, de algún modo, consigues dinero para comprar uno de los generadores que ha traído el contrabando a través del túnel (su precio se ha duplicado o triplicado en el último mes), es a costa de no pagar la estufa (eléctrica no, claro), las clases de inglés, la ropa para los niños y las visitas al médico.
Esto es Gaza en noviembre de 2008. Y Gaza es vaciar los almacenes de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados en Palestina y también son los agricultores que sembraron y regaron sus tomates, guayabas y fresas pero no pueden comercializarlos fuera de la franja porque Israel lo prohíbe. Gaza también es la calma con la que la gente acepta la oscuridad repentina y las bromas sobre la poca comida que queda en el frigorífico para echarse a perder.
Gaza es la habilidad de contar chistes en cualquier situación, y el insulto inflamado por no tener agua corriente durante tres o cuatro días. Y aun así, los niños van limpios y arreglados al colegio.
Gaza es la larga calle Nasser, cuyo tráfico permanece cortado desde hace más de un año. El asfalto está gastado, acribillado de baches y cubierto de montículos de arena. Cuando Israel prohibió la entrada de material de construcción y materias primas en la franja, las obras se interrumpieron en esta vía pública, principal acceso a tres hospitales, que están siempre bajo la amenaza de un fallo del equipo médico si una pieza deja de funcionar.
Pero Gaza también son los padres que dejan a sus hijos solos en casa, sin miedo, o que les permiten ir a jugar a un parque que está lejos o ir solos a visitar a su abuela al campo de refugiados de Jabaliya (en las calles paralelas a la calle Nasser).
Gaza son las denuncias por el ataque de unos policías a unos simpatizantes de Al-Fatah en la universidad, o el cierre de un restaurante, también por parte de la policía, porque sus propietarios no informaron con suficiente antelación del simposio que tendría lugar en el mismo, organizado por un centro de investigación asociado a las autoridades de Ramallah y en el que participaban ponentes de Hamas.
Gaza es el maestro que en el colegio obliga a las niñas a cubrirse la cabeza, a pesar de que funcionarios superiores sostienen que esa no es la política del ministerio de educación. Gaza es exageración y rumores falsos, y también es el informe de los detenidos de Fatah sobre las cámaras instaladas en las comisarías para asegurar que los interrogatorios se producen dentro de los límites legales. Es también la sorpresa cuando la policía de Hamas devuelve bienes robados, incluso antes de que el robo se denuncie.
Gaza es la sensación entre los simpatizantes de Al-Fatah de que les han robado el poder y su miedo al sistema de seguridad, y también es la confianza en sí misma de Hamas. Son las comparaciones entre los métodos de intimidación en la época de Yasser Arafat y el intercambio de información sobre la supresión de la actividad de Hamas en Cisjordania.
Gaza es la ira del pueblo, incluyendo a los miembros de Al-Fatah, por lo que parece un abandono y una indiferencia deliberados de Ramallah hacia la franja y el destino de sus habitantes.
Gaza es gente que sueña con irse y gente que salió para ir a estudiar o trabajar hace años y quien la extraña. Gaza es gente que no puede regresar con su familia porque incluso si encontrara una grieta por la que poder cruzar la frontera cerrada por Israel, sería encarcelada aquí y tendría que renunciar a su libertad de movimiento y elección por completo.
Todo aquí es muy intenso.
“Medimos nuestras vidas en minutos, no en días ni semanas”, dijo un simpatizante de Al-Fatah. Su vida está patas arriba desde junio de 2007 y cada día la vuelve a perturbar la ruptura política. Se refería a simpatizantes de Al-Fatah como él, convencido de que la gente de Hamas en Cisjordania también “mide su vida en minutos”.
Pero su descripción se ajusta también a todos los demás. Los cambios son tan repentinos, tan violentos, tan vertiginosos y tan frecuentes que el individuo no puede controlarlos, ya se trate de alta política o de la hora a la que hacer la colada.
Gaza es el intento constante de un pueblo de aferrarse a una vida normal, aunque Israel le endose condiciones anormales de reclusión, aislamiento del resto del mundo y deterioro hasta un estado humillante de dependencia de la beneficencia internacional.
La fuente: La autora es periodista del diario israelí Haaretz (Tel Aviv). La traducción del inglñés pertenece a Ana López para Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.
GRECIA: FUEGO A DISCRECIÓN

GRECIA: FUEGO A DISCRECIÓN
Dimitri Deliolanes
Il Manifesto
Había que haber seguido esta crisis paso a paso. Había que ver a esta clase política democrática, a los aclamados herederos de los grandes líderes del periodo siguiente al de los coroneles: el nieto Karamanlis, y el hijo Papandreou. Ver a sus colaboradores, ministros y portavoz inclinándose ante los poderes fuertes, verlos sometidos a humillaciones en las televisiones privadas suplicando a los bancos y ensalzando a los armadores. Un espectáculo deprimente. Una clase política de ignorantes, de inútiles, de hábiles trepas. Saben inglés pero no tienen una sola idea, un solo proyecto. No tienen mayor ambición que el chalet en Mykonos.
La crisis que ha estallado estos días en Grecia es ésta. La crisis del neoliberismo, en salsa conservadora y socialista. Un modelo que ha significado una cosa solamente: que el Estado no existe. Una idea platónica, una ilusión. Lo que hay en verdad es una burocracia totalmente sumisa ante los intereses privados, que van desde los de los poderosos señores de los canales de televisión a los grandes constructores pasando por el policía algo nervioso que dispara cuando le parece.
Esta es la Grecia que tratan de exorcizar los jóvenes encapuchados mediante su revuelta. Un país dominado por la ilegalidad, la prepotencia, los abusos del famoso “mercado”. Los poderes públicos, los elegidos democráticamente, están en otros lugares: en los yates, en las televisiones, en Kolonaki, el barrio chic de Atenas devastado ayer. Al ladito al ladito de los grandes pordioseros privados. Quede claro: nos referimos a la derecha en el gobierno. Aunque los socialistas tampoco fueron mejores, y la gente lo sabe.
Esta privatización de todo y de todos ha tenido consecuencias devastadoras en el orden público. Era previsible. Ahora ya no hay policía griego que no esté al servicio de algún interés privado legal (un partido o un político) o ilegal. Los salarios y los ascensos en la carrera siguen la suerte de sus grupos de referencia privados y no la jerarquía interna. El año pasado la policía intentó hacer una redada en un campo de hachís en Creta. Les respondieron con ráfagas de metralleta: un muerto y seis heridos graves. No volvieron a intentarlo. Quien no se suma a algún grupo de estos, actúa más por ignorancia que por honestidad. ¿Los poderes criminales? ¿Los grupos mafiosos? Campan a sus anchas. Grecia hasta hace 20 años era uno de los países más seguros de Europa. Ahora las capas más populares en la enorme área suburbana de Atenas ya no saben de quién han de defenderse: ¿de los propietarios, de los policías o de los criminales? ¿Y la ley? El año pasado encarcelaron a tres jueces corruptos, pero no se hizo limpieza. Esta descabellada (no) política del orden (no) público es lo que transformó el barrio Exarjia, rincón pintoresco de artistas y bohemios hasta hace veinte años, en un bastión de rebeldes, siempre en el umbral entre el espontaneísmo de las barricadas y la delincuencia común. Al no poder contener a algunos cientos de “insurreccionalistas”, los policías siempre se han vengado de modo exagerado, en favor de los intereses privados, de mala manera.
Un desastre. Los rebeldes han crecido y su influencia se ha extendido. En estas jornadas a sangre y fuego de Atenas han demostrado que tienen en la mano el movimiento de protesta. Un liderazgo ciego, sin salidas ni perspectivas. Se trata en cualquier caso de la cosecha de una lejana siembra llamada bipartidismo perfecto. Si no hay alternativa creíble, no queda más que el fuego.
Crónica del entierro de Alexandros (lo que El País no contó)
Noemí Sobregués
Rebelión
Dice esta mañana (10 de diciembre) la enviada especial de El País (por fin se han decidido a enviar a alguien, por cierto, ya que hasta ahora se habían limitado a reproducir noticias de la prensa griega, y, sea dicho de paso, de los periódicos más conservadores):
Pasadas las cuatro de la tarde, hora local (una hora menos en la España peninsular), el ataúd blanco con los restos de Alexis desapareció del plano. Las imágenes siguientes, minutos después, fueron ya de disturbios y enfrentamientos.
¿La enviada especial de El País se queda en el hotel viendo la tele? No importa. Algunos de nosotros estábamos allí.
El entierro tuvo lugar en Palio Faliro, un barrio a unos ocho kilómetros del centro de Atenas. A esas horas el Politejnío está relativamente en calma. No hay policía en los alrededores.
Frente a la iglesia se concentra una multitud de gente, en especial adolescentes, muchos de ellos con sus padres. Algo a lo lejos empieza a reunirse también gran cantidad de policía. Mis compañeros griegos insisten en que precise que no se trataba de antidisturbios, sino de motoristas. Iban armados.
De las calles adyacentes van llegando cada vez más chavales. Vemos a madres gritando desde el balcón a sus hijos que vuelvan a casa. En vano. Hablamos de chicos de clase media acomodada, vestidos con ropa de marca, que probablemente nunca han estado en Exarjia y nada saben de política.
De pronto un motorista saca un arma y dispara tres veces al cielo. (Posteriormente el policía afirma que sacó el arma por miedo, porque se sintieron amenazados –amenazados por tener frente a ellos a niños, y la vía libre a sus espaldas.) Se desata el caos. Los chavales corren a recoger los casquillos de las balas. La policía vuelve a disparar al cielo unas diez veces. Entonces, y sólo entonces, es cuando empiezan los disturbios y los enfrentamientos. Sí, se producen importantes destrozos en la zona y los alrededores.
Está filmado por cámaras de televisión. Es una lástima que la enviada especial de El País no sólo se limitara a quedarse viendo la tele, sino que además ni siquiera se tomara la molestia de echar un vistazo a los distintos canales.
Y sigue diciendo:
En la plaza Sintagma, el kilómetro cero de Atenas, se hizo de noche prematuramente en torno a las dos de la tarde. El humo negro producido por plásticos quemados se mezclaba con los botes de humo disparados por los antidisturbios.
Luego se pierde en comparaciones con la Intifada, en David y Goliat, en la desproporción del recurso a la fuerza por parte de ambos bandos, se da un paseo por Tesalónica y vuelve a la plaza Síntagma para decir que algunos manifestantes “no se conformaron con arrojar piedras, también usaron vallas, palos y papeleras. Y los más radicales cócteles molotov”. Sólo en el siguiente párrafo, tras haber mencionado la manifestación convocada por el partido comunista griego, deja caer, casi por descuido, que “la otra concentración” (la de Síntagma) era “mayoritariamente estudiantil” y “concentró a miles de participantes”.
Curiosa manera de contar lo sucedido. No decimos “falsa”. Decimos sólo “curiosa”. Lo que cuenta es cierto, pero tan parcial, tan absolutamente sesgado y tan estratégicamente expuesto, que al final poco tiene que ver con lo que presenciamos los que allí estábamos.
Era, efectivamente, una manifestación estudiantil. Hablamos de chicos de colegios e institutos entre once y dieciocho años, en su mayoría acompañados por sus profesores y sus padres. Habían llegado escuelas enteras de toda la ciudad y del Ática. Pretendía ser una manifestación pacífica.
Los manifestantes se sientan ante el Parlamento. Los más jóvenes, directamente niños, ocupan las primeras filas.
La policía los rodea totalmente. La plaza va llenándose de gente.
La policía intenta desalojar a los manifestantes a empujones y patadas (contra las primeras filas, las de los niños). Los chicos no se mueven. La policía saca sprays lacrimógenos y empiezan a rociarlos. Los profesores y los padres corren hacia las primeras filas y se enfrentan a la policía a gritos: “Pero ¿qué hacéis? ¿No veis que son niños? ¿Pretendéis matárnoslos a todos?”. Es cierto: alguna piedra empieza a caerles. La policía se pone nerviosa, se guarda los sprays y lanza por los aires un bote de gases lacrimógenos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando se desata la batalla campal, cuando los que han ido concentrándose en los alrededores de la plaza no se conforman con lanzar piedras, sino que recurren a vallas, palos y papeleras.
Y sigue diciendo la enviada especial:
"Saludamos y damos la bienvenida a los jóvenes que no se cubren la cara”, era la consigna más repetida entre los profesores y los estudiantes que participaron en la primera marcha de la mañana.
Tampoco decimos que sea falso. No decimos que no haya encapuchados radicales y vándalos. Los hay. Pero no son tantos. Las calles están llenas de gente a todas horas, y por las noches, en los alrededores del Politejnío, todos podríamos pasar por encapuchados, entre otras cosas porque tenemos que salir con gorro (caen huevos, tomates, piedras e incluso algún cóctel molotov de balcones de casas particulares en cuanto pasa la policía), los ojos untados con vaselina, pañuelos mojados sobre la nariz y la boca, o mascarillas. Llevamos cuatro días largos respirando lacrimógenos (hay testimonios de que han lanzado botes estadounidenses caducados, lo cual ha complicado todavía más las cosas –el ministro de Sanidad pidió hace unos días a la policía que moderara el uso de lacrimógenos, comentó que incluso el personal médico tiene problemas para respirar cuando atiende a los heridos).
Y dice además:
Dos palabras se repiten sobremanera estos días en los medios de comunicación y en las calles: hooligans y vándalos. Otra frase favorita es: “Atenas parece Irak”.
Suponemos que esto es lo que se repite sobre todo en los medios de comunicación extranjeros. En cuanto a las calles, está claro que depende de con quién hable cada cual. La frase que más hemos oído nosotros incluso en los peores momentos, cuando todo el centro de Atenas ardía y la situación estaba totalmente fuera de control, era: “Iparji logos” (Hay motivos).
La situación es sorprendente. Desde el principio en las calles hay muchísima gente hasta bien avanzada la madrugada, pero cuanto más se empeñan los medios en que se trata sobre todo de pequeños grupos de vándalos radicales y anarquistas, más gente sale a la calle. Y los que al principio se limitaban a hacer acto de presencia empiezan ahora a animarse a lanzar alguna piedra que otra.
Está claro que en Atenas sólo los vándalos son fotogénicos.
Rebelión
Dice esta mañana (10 de diciembre) la enviada especial de El País (por fin se han decidido a enviar a alguien, por cierto, ya que hasta ahora se habían limitado a reproducir noticias de la prensa griega, y, sea dicho de paso, de los periódicos más conservadores):
Pasadas las cuatro de la tarde, hora local (una hora menos en la España peninsular), el ataúd blanco con los restos de Alexis desapareció del plano. Las imágenes siguientes, minutos después, fueron ya de disturbios y enfrentamientos.
¿La enviada especial de El País se queda en el hotel viendo la tele? No importa. Algunos de nosotros estábamos allí.
El entierro tuvo lugar en Palio Faliro, un barrio a unos ocho kilómetros del centro de Atenas. A esas horas el Politejnío está relativamente en calma. No hay policía en los alrededores.
Frente a la iglesia se concentra una multitud de gente, en especial adolescentes, muchos de ellos con sus padres. Algo a lo lejos empieza a reunirse también gran cantidad de policía. Mis compañeros griegos insisten en que precise que no se trataba de antidisturbios, sino de motoristas. Iban armados.
De las calles adyacentes van llegando cada vez más chavales. Vemos a madres gritando desde el balcón a sus hijos que vuelvan a casa. En vano. Hablamos de chicos de clase media acomodada, vestidos con ropa de marca, que probablemente nunca han estado en Exarjia y nada saben de política.
De pronto un motorista saca un arma y dispara tres veces al cielo. (Posteriormente el policía afirma que sacó el arma por miedo, porque se sintieron amenazados –amenazados por tener frente a ellos a niños, y la vía libre a sus espaldas.) Se desata el caos. Los chavales corren a recoger los casquillos de las balas. La policía vuelve a disparar al cielo unas diez veces. Entonces, y sólo entonces, es cuando empiezan los disturbios y los enfrentamientos. Sí, se producen importantes destrozos en la zona y los alrededores.
Está filmado por cámaras de televisión. Es una lástima que la enviada especial de El País no sólo se limitara a quedarse viendo la tele, sino que además ni siquiera se tomara la molestia de echar un vistazo a los distintos canales.
Y sigue diciendo:
En la plaza Sintagma, el kilómetro cero de Atenas, se hizo de noche prematuramente en torno a las dos de la tarde. El humo negro producido por plásticos quemados se mezclaba con los botes de humo disparados por los antidisturbios.
Luego se pierde en comparaciones con la Intifada, en David y Goliat, en la desproporción del recurso a la fuerza por parte de ambos bandos, se da un paseo por Tesalónica y vuelve a la plaza Síntagma para decir que algunos manifestantes “no se conformaron con arrojar piedras, también usaron vallas, palos y papeleras. Y los más radicales cócteles molotov”. Sólo en el siguiente párrafo, tras haber mencionado la manifestación convocada por el partido comunista griego, deja caer, casi por descuido, que “la otra concentración” (la de Síntagma) era “mayoritariamente estudiantil” y “concentró a miles de participantes”.
Curiosa manera de contar lo sucedido. No decimos “falsa”. Decimos sólo “curiosa”. Lo que cuenta es cierto, pero tan parcial, tan absolutamente sesgado y tan estratégicamente expuesto, que al final poco tiene que ver con lo que presenciamos los que allí estábamos.
Era, efectivamente, una manifestación estudiantil. Hablamos de chicos de colegios e institutos entre once y dieciocho años, en su mayoría acompañados por sus profesores y sus padres. Habían llegado escuelas enteras de toda la ciudad y del Ática. Pretendía ser una manifestación pacífica.
Los manifestantes se sientan ante el Parlamento. Los más jóvenes, directamente niños, ocupan las primeras filas.
La policía los rodea totalmente. La plaza va llenándose de gente.
La policía intenta desalojar a los manifestantes a empujones y patadas (contra las primeras filas, las de los niños). Los chicos no se mueven. La policía saca sprays lacrimógenos y empiezan a rociarlos. Los profesores y los padres corren hacia las primeras filas y se enfrentan a la policía a gritos: “Pero ¿qué hacéis? ¿No veis que son niños? ¿Pretendéis matárnoslos a todos?”. Es cierto: alguna piedra empieza a caerles. La policía se pone nerviosa, se guarda los sprays y lanza por los aires un bote de gases lacrimógenos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando se desata la batalla campal, cuando los que han ido concentrándose en los alrededores de la plaza no se conforman con lanzar piedras, sino que recurren a vallas, palos y papeleras.
Y sigue diciendo la enviada especial:
"Saludamos y damos la bienvenida a los jóvenes que no se cubren la cara”, era la consigna más repetida entre los profesores y los estudiantes que participaron en la primera marcha de la mañana.
Tampoco decimos que sea falso. No decimos que no haya encapuchados radicales y vándalos. Los hay. Pero no son tantos. Las calles están llenas de gente a todas horas, y por las noches, en los alrededores del Politejnío, todos podríamos pasar por encapuchados, entre otras cosas porque tenemos que salir con gorro (caen huevos, tomates, piedras e incluso algún cóctel molotov de balcones de casas particulares en cuanto pasa la policía), los ojos untados con vaselina, pañuelos mojados sobre la nariz y la boca, o mascarillas. Llevamos cuatro días largos respirando lacrimógenos (hay testimonios de que han lanzado botes estadounidenses caducados, lo cual ha complicado todavía más las cosas –el ministro de Sanidad pidió hace unos días a la policía que moderara el uso de lacrimógenos, comentó que incluso el personal médico tiene problemas para respirar cuando atiende a los heridos).
Y dice además:
Dos palabras se repiten sobremanera estos días en los medios de comunicación y en las calles: hooligans y vándalos. Otra frase favorita es: “Atenas parece Irak”.
Suponemos que esto es lo que se repite sobre todo en los medios de comunicación extranjeros. En cuanto a las calles, está claro que depende de con quién hable cada cual. La frase que más hemos oído nosotros incluso en los peores momentos, cuando todo el centro de Atenas ardía y la situación estaba totalmente fuera de control, era: “Iparji logos” (Hay motivos).
La situación es sorprendente. Desde el principio en las calles hay muchísima gente hasta bien avanzada la madrugada, pero cuanto más se empeñan los medios en que se trata sobre todo de pequeños grupos de vándalos radicales y anarquistas, más gente sale a la calle. Y los que al principio se limitaban a hacer acto de presencia empiezan ahora a animarse a lanzar alguna piedra que otra.
Está claro que en Atenas sólo los vándalos son fotogénicos.
Por medio de los medios
TODO: La crisis mundial no suprime los "festejos" de Navidad y Año Nuevo. Sólo que tenemos que preguntarnos... ¿Cómo festejarán los millones de desocupados, marginados, los sin casa, la gente pobre, los chicos esclavos, las blancas y negras "tratadas"? A no preocuparse, amigos: los medios, los malditos medios se encargarán de alegrarnos con la alegría de los que tienen... Andrés Aldao
Por José Pablo Feinmann
A veces pareciera que las películas exageran. Y no poco ni mucho: demasiado. Al fin, necesitan vender butacas, ése es su principal objetivo. ¿Por qué habrían de privarse de acudir a cualquier medio para hacerlo? Por ejemplo: ¿usted podría creer que Estados Unidos cree una guerra para tapar el desliz sexual de un presidente? Para entendernos: no es que esa guerra haya sido creada sin motivos, sea una pura agresión sin causa, y por fin una masacre. No, ésa, después de todo, sería una guerra real. Nos referimos a una guerra inventada. A una pura y perfecta invención de los massmedia. Se hizo (y a ella nos referimos) una excelente versión sobre este tema. Se llamó Mentiras que matan (Wag the Dog), es de 1997, la dirigió Barry Levinson y la escribió un tipo con mucho talento: David Mamet, acompañado por Hilary Henkin. Si agregamos que Dustin Hoffman y Robert De Niro están en los protagónicos tendremos el panorama claro: esto no puede fallar. La historia es así: dos miembros del gobierno (De Niro y Anne Heche) buscan a un productor de Hollywood porque necesitan distraer al público norteamericano. “¿Crees que será posible?”, le pregunta, en el avión que los lleva a California, Heche a De Niro. El tipo se ríe: “¿En serio me preguntás eso? ¿Si será posible engañar al público norteamericano? Dime, ¿tú sabes algo de la Guerra del Golfo? ¿Alguien sabe algo de esa guerra? Nadie. Sólo lo que les dejamos ver. ¿Qué vieron? Unas cuantas luces atravesando el cielo, la noche. Eso les vendimos como Guerra del Golfo y eso creyeron. ¿Por qué no vamos a poder fabricarles una guerra ahora? La necesitamos”. La necesitan porque la administración a la que sostienen está en peligro. Puede bajar la popularidad del presidente por ese affaire sexual que tuvo. (Referencia insalvable al affaire Lewinsky. Aparte: conocí a un escritor alemán de nombre Charles Lewinsky. Me decía: “Todo es más simple para mí ahora. Ya no necesito deletrear más mi apellido. Sólo digo: Lewinsky, como Monica”.) Hay, pues, que inventar una guerra. Se encuentran con Hoffman, productor de Hollywood que nunca ganó un Oscar y vive amargado por eso. Pero tiene esperanzas. “Queremos fabricar una guerra”, le dicen. Primero necesitan decidir con quién. No tardan en decidirlo: “Con Albania”. “¿Qué tenemos contra Albania?”, pregunta alguien. “¿Qué tenemos a favor?”, le contestan. Empieza la tarea. Se trata de “armar” una imagen dramática que irá a la tapa de los diarios. Lo hacen: bombas que estallan en una aldea de Albania y una mujer que huye con un niño en brazos. Conmovedor. Pero falta. Hay que componer una canción patriótica que consiga encender los corazones del público. Lo llaman a Willie Nelson, el famoso cantante country. Nelson se pone a trabajar. Graban la canción. Advierten que “Albania” no rima bien con casi nada, pero ya es tarde para cambiar. Y no dudan del resultado final: hace falta una guerra y los medios la crearán. Las imágenes se difunden, el público se las cree y el talentoso pero ingenuo productor exige que se presente lo que ha hecho a la Academia de Artes Cinematográficas porque quiere ganar su ansiado Oscar. De Niro, que se lleva muy bien con el FBI y con la CIA, ordena que lo liquiden. Hoffman, ilusionado por algo que le han dicho, entra en una enorme limousine que sólo lo trasladará hacia su injusta pero inevitable muerte.
En Poder que mata (Network, 1976) Sidney Lumet entrega una de las mejores películas de su larga carrera. Pero detrás de esa conquista hay un guión ya mítico de Paddy Chayevsky. Ned Beatty le dice a Peter Finch: “Olvídese: ya no hay primer mundo, ni segundo mundo ni tercer mundo. Sólo hay negocios”. Se trata aquí del mundo de la televisión. Hay que atrapar, domesticar, someter, idiotizar a los que miran. Nadie sabe hacerlo como Faye Dunaway. Tiene un programa que se llama: La hora de Mao-Tse-Tung. Tiene otro que ha entregado a los Panteras Negras. Pero su punto máximo es el loco mesiánico de Peter Finch. Aquí aparece el talento de Dunaway. Es evidente que el tipo está peligrosamente loco. No importa. Se lo puede usar. Puede ser un hit. Lo ponen en un horario central. Finch tiene la locura de llamar a la rebelión. Se pone frente a la Cámara y vocifera: “Abran sus persianas. Asómense y griten: ¡no aguantamos más, ya no podemos tolerar más, estamos hartos!”. La gente, en sus casas, sin creerlo al principio, empieza a oír gritos. Abre sus ventanas y se asoma. Ahora todos están asomados. Al comprobar que todos gritan lo que Finch exige que griten, no hay uno que deje de gritarlo: “¡No aguantamos más! ¡Ya no podemos tolerar más! ¡Estamos hartos!”, se crea una situación de rebelión social que estaba soterrada pero que Finch ha sacado a flote. Ahora la gente está furiosa. No sabe por qué. O tiene uno que otro motivo. Pero quiere estar furiosa. Finch, un pastor iracundo, lo exige desde la tele. Van a ver en vivo su programa. No bien él aparece todos empiezan a gritar: “¡No aguantamos más, etc.”. Como todo lo que se lanza sin demasiado control la cosa se le empieza a ir de las manos a la sagaz y algo detestable Dunaway. Ella lo arreglará. Pero uniendo lo útil a lo comercial. Siempre se trata de subir el rating. Les dice a sus jefes (que ya son pocos, ella ha trepado muy alto) que la dejen hacer. En su próxima aparición, Finch saluda a su público vociferante. Por fin, silencio. Finch se dispone a dar su sermón iracundo del día. De pronto, entre el público, surgen varios Panteras Negras con metralletas y acribillan a Finch en vivo, ante las cámaras. Exito total. Se han librado del loco y han atrapado aún más a la gente. Que –Dunaway lo sabe bien– es nada, es arcilla en sus manos, es basura, concluirá.
Nuestra tercera película es The Truman Show, de 1998, dirigida por Peter Weir. Aquí la tesis de la manipulación mediática es llevada al extremo. A un tipo que se llama Truman le crean su mundo, su vida, su entorno desde que nace en un enorme set televisivo que se venderá como un show al resto del país. Toda la vida de Truman está armada, diseñada, conducida por Harris, un genio de la televisión que demuestra con esto que puede, por medio de la omnipresente pantalla, dominar todo, crear la realidad. Es una metáfora sobre la posible libertad del ser humano en un mundo dominado por los medios de comunicación que crean una realidad que somete a quienes se proponga someter. La película de Weir es optimista. Al final, Truman abre una puerta que le permitirá salir del decorado. Es la puerta hacia su libertad. No se ve nada más allá de ella. Sólo oscuridad. La incertidumbre total. Harris le dice que se quede, que él lo protegerá, que habrá de cuidarlo. Pero Truman elige ser libre y elige, con ello, el riesgo, la incertidumbre, el peligro. Truman abre la puerta y entra en ese callejón oscuro, lleno de riesgos gigantescos. Sobre todo los de averiguar quién es, qué quiere, qué piensa. Para evitar estas cosas es que la gente ve la tele. Para no ser libres. Para ser manipulados. Para que les digan en qué creer, a quiénes odiar, a quiénes no odiar, qué consumir, qué comer, qué ropa ponerse, qué ideas tener y, muy especialmente, qué ideas no tener. Aquí, a este ente pasivo, que se devora lo que la tele le da y deja que su subjetividad sea creada, moldeada desde ella, los tycoons de los medios le dicen “la gilada”. ¿Es libre “la gilada”? Alguien dirá que no puede haber algo menos libre que “la gilada”, ya que vive esclava de lo que los medios hacen de ella. Sin embargo, durante estos días hubo ciertos dramáticos sacudones en el programa de Tinelli. No caminó lo de la lluvia. Esa lluvia que caía sobre los cuerpos exponiendo sus transparencias a la mirada golosa y patética e impotente de “la gilada”, ¡no funcionó! No dio el rating esperado. A la gente le gusta más lo del caño. “Hay que volver al caño”, pareciera que se ha resuelto. Entonces, ¿cómo que la gente no es libre? Claro que sí, claro que es libre. Siempre puede elegir entre la mierda y la basura.
Por José Pablo Feinmann
A veces pareciera que las películas exageran. Y no poco ni mucho: demasiado. Al fin, necesitan vender butacas, ése es su principal objetivo. ¿Por qué habrían de privarse de acudir a cualquier medio para hacerlo? Por ejemplo: ¿usted podría creer que Estados Unidos cree una guerra para tapar el desliz sexual de un presidente? Para entendernos: no es que esa guerra haya sido creada sin motivos, sea una pura agresión sin causa, y por fin una masacre. No, ésa, después de todo, sería una guerra real. Nos referimos a una guerra inventada. A una pura y perfecta invención de los massmedia. Se hizo (y a ella nos referimos) una excelente versión sobre este tema. Se llamó Mentiras que matan (Wag the Dog), es de 1997, la dirigió Barry Levinson y la escribió un tipo con mucho talento: David Mamet, acompañado por Hilary Henkin. Si agregamos que Dustin Hoffman y Robert De Niro están en los protagónicos tendremos el panorama claro: esto no puede fallar. La historia es así: dos miembros del gobierno (De Niro y Anne Heche) buscan a un productor de Hollywood porque necesitan distraer al público norteamericano. “¿Crees que será posible?”, le pregunta, en el avión que los lleva a California, Heche a De Niro. El tipo se ríe: “¿En serio me preguntás eso? ¿Si será posible engañar al público norteamericano? Dime, ¿tú sabes algo de la Guerra del Golfo? ¿Alguien sabe algo de esa guerra? Nadie. Sólo lo que les dejamos ver. ¿Qué vieron? Unas cuantas luces atravesando el cielo, la noche. Eso les vendimos como Guerra del Golfo y eso creyeron. ¿Por qué no vamos a poder fabricarles una guerra ahora? La necesitamos”. La necesitan porque la administración a la que sostienen está en peligro. Puede bajar la popularidad del presidente por ese affaire sexual que tuvo. (Referencia insalvable al affaire Lewinsky. Aparte: conocí a un escritor alemán de nombre Charles Lewinsky. Me decía: “Todo es más simple para mí ahora. Ya no necesito deletrear más mi apellido. Sólo digo: Lewinsky, como Monica”.) Hay, pues, que inventar una guerra. Se encuentran con Hoffman, productor de Hollywood que nunca ganó un Oscar y vive amargado por eso. Pero tiene esperanzas. “Queremos fabricar una guerra”, le dicen. Primero necesitan decidir con quién. No tardan en decidirlo: “Con Albania”. “¿Qué tenemos contra Albania?”, pregunta alguien. “¿Qué tenemos a favor?”, le contestan. Empieza la tarea. Se trata de “armar” una imagen dramática que irá a la tapa de los diarios. Lo hacen: bombas que estallan en una aldea de Albania y una mujer que huye con un niño en brazos. Conmovedor. Pero falta. Hay que componer una canción patriótica que consiga encender los corazones del público. Lo llaman a Willie Nelson, el famoso cantante country. Nelson se pone a trabajar. Graban la canción. Advierten que “Albania” no rima bien con casi nada, pero ya es tarde para cambiar. Y no dudan del resultado final: hace falta una guerra y los medios la crearán. Las imágenes se difunden, el público se las cree y el talentoso pero ingenuo productor exige que se presente lo que ha hecho a la Academia de Artes Cinematográficas porque quiere ganar su ansiado Oscar. De Niro, que se lleva muy bien con el FBI y con la CIA, ordena que lo liquiden. Hoffman, ilusionado por algo que le han dicho, entra en una enorme limousine que sólo lo trasladará hacia su injusta pero inevitable muerte.
En Poder que mata (Network, 1976) Sidney Lumet entrega una de las mejores películas de su larga carrera. Pero detrás de esa conquista hay un guión ya mítico de Paddy Chayevsky. Ned Beatty le dice a Peter Finch: “Olvídese: ya no hay primer mundo, ni segundo mundo ni tercer mundo. Sólo hay negocios”. Se trata aquí del mundo de la televisión. Hay que atrapar, domesticar, someter, idiotizar a los que miran. Nadie sabe hacerlo como Faye Dunaway. Tiene un programa que se llama: La hora de Mao-Tse-Tung. Tiene otro que ha entregado a los Panteras Negras. Pero su punto máximo es el loco mesiánico de Peter Finch. Aquí aparece el talento de Dunaway. Es evidente que el tipo está peligrosamente loco. No importa. Se lo puede usar. Puede ser un hit. Lo ponen en un horario central. Finch tiene la locura de llamar a la rebelión. Se pone frente a la Cámara y vocifera: “Abran sus persianas. Asómense y griten: ¡no aguantamos más, ya no podemos tolerar más, estamos hartos!”. La gente, en sus casas, sin creerlo al principio, empieza a oír gritos. Abre sus ventanas y se asoma. Ahora todos están asomados. Al comprobar que todos gritan lo que Finch exige que griten, no hay uno que deje de gritarlo: “¡No aguantamos más! ¡Ya no podemos tolerar más! ¡Estamos hartos!”, se crea una situación de rebelión social que estaba soterrada pero que Finch ha sacado a flote. Ahora la gente está furiosa. No sabe por qué. O tiene uno que otro motivo. Pero quiere estar furiosa. Finch, un pastor iracundo, lo exige desde la tele. Van a ver en vivo su programa. No bien él aparece todos empiezan a gritar: “¡No aguantamos más, etc.”. Como todo lo que se lanza sin demasiado control la cosa se le empieza a ir de las manos a la sagaz y algo detestable Dunaway. Ella lo arreglará. Pero uniendo lo útil a lo comercial. Siempre se trata de subir el rating. Les dice a sus jefes (que ya son pocos, ella ha trepado muy alto) que la dejen hacer. En su próxima aparición, Finch saluda a su público vociferante. Por fin, silencio. Finch se dispone a dar su sermón iracundo del día. De pronto, entre el público, surgen varios Panteras Negras con metralletas y acribillan a Finch en vivo, ante las cámaras. Exito total. Se han librado del loco y han atrapado aún más a la gente. Que –Dunaway lo sabe bien– es nada, es arcilla en sus manos, es basura, concluirá.
Nuestra tercera película es The Truman Show, de 1998, dirigida por Peter Weir. Aquí la tesis de la manipulación mediática es llevada al extremo. A un tipo que se llama Truman le crean su mundo, su vida, su entorno desde que nace en un enorme set televisivo que se venderá como un show al resto del país. Toda la vida de Truman está armada, diseñada, conducida por Harris, un genio de la televisión que demuestra con esto que puede, por medio de la omnipresente pantalla, dominar todo, crear la realidad. Es una metáfora sobre la posible libertad del ser humano en un mundo dominado por los medios de comunicación que crean una realidad que somete a quienes se proponga someter. La película de Weir es optimista. Al final, Truman abre una puerta que le permitirá salir del decorado. Es la puerta hacia su libertad. No se ve nada más allá de ella. Sólo oscuridad. La incertidumbre total. Harris le dice que se quede, que él lo protegerá, que habrá de cuidarlo. Pero Truman elige ser libre y elige, con ello, el riesgo, la incertidumbre, el peligro. Truman abre la puerta y entra en ese callejón oscuro, lleno de riesgos gigantescos. Sobre todo los de averiguar quién es, qué quiere, qué piensa. Para evitar estas cosas es que la gente ve la tele. Para no ser libres. Para ser manipulados. Para que les digan en qué creer, a quiénes odiar, a quiénes no odiar, qué consumir, qué comer, qué ropa ponerse, qué ideas tener y, muy especialmente, qué ideas no tener. Aquí, a este ente pasivo, que se devora lo que la tele le da y deja que su subjetividad sea creada, moldeada desde ella, los tycoons de los medios le dicen “la gilada”. ¿Es libre “la gilada”? Alguien dirá que no puede haber algo menos libre que “la gilada”, ya que vive esclava de lo que los medios hacen de ella. Sin embargo, durante estos días hubo ciertos dramáticos sacudones en el programa de Tinelli. No caminó lo de la lluvia. Esa lluvia que caía sobre los cuerpos exponiendo sus transparencias a la mirada golosa y patética e impotente de “la gilada”, ¡no funcionó! No dio el rating esperado. A la gente le gusta más lo del caño. “Hay que volver al caño”, pareciera que se ha resuelto. Entonces, ¿cómo que la gente no es libre? Claro que sí, claro que es libre. Siempre puede elegir entre la mierda y la basura.
10 diciembre 2008
LA CUENTA IMPAGA
La cuenta impaga *
Andrés Aldao
Es muy duro escribir acerca de crímenes. Y de las consecuencias de esos crímenes. Sobre todo si esos hechos ocurrieron en un período histórico tan reciente. Cuando la impunidad, aún, se regocija con el dolor de los otros. De los reprimidos y los muertos. De los desaparecidos, que no han merecido la triste paz de una tumba, y sus familiares, que no han hallado el simple consuelo de una memoria con nombre y apellido.
Las condenas morales no sirven. Son una gratificación, una especie de condecoración de hojalata, interpolada con disimulo y aprovechando la abulia que a veces desarma la vigilia del sector contestatario de la sociedad.
Escribir sobre ese período, pues, no me resultó fácil. Hay mucho luto, muchas tragedias, muchas muertes. Millares de víctimas padecen, aún, la cobardía de los asesinos que los desaparecieron. Los crímenes son la cuenta pendiente, el capítulo no terminado, la deuda impaga. Por eso los familiares, los protagonistas sobrevivientes, los amigos y la sociedad, no pueden ni deben “cerrar la causa”. Los asesinos prosiguen su vida, paseándose entre los recovecos de la Argentina posproceso. Las molestias son mínimas y muchos de los ejecutores permanecen en las tinieblas del anonimato. Acariciando cabecitas de criaturas; sonriendo a los vecinos; haciendo compras en los supermercados; almorzando los fines de semana con toda la familia. Una existencia pastoral, idílica y conmovedora. Las manos perjuras, salpicadas de sangre y horror, reciben el tratamiento de costosas manicuras. Y el mundo sigue andando.
La visión de mis relatos es antitriunfalista, con personajes de carne y miedo, imbuídos de heroísmo, llanto, delirio y tragedia, arrojados irresponsablemente a la aventura de una muerte atroz, anónima y solitaria, o víctimas del funesto plan de represión diseñado por la inteligencia militar y ejecutado en gran medida por los infiltrados de los servicios vestidos con ropaje activista.
Cada uno de estos relatos ha sido para mí un desgarro muy profundo. Como “La Huída”, que recrea mi experiencia personal; el joven militante de “Madre Orga”, que deambula entre el miedo físico, el temor a la muerte, y el sentimiento de culpa que le generaban los compañeros caídos; el pequeño botija uruguayo (“Y entonces entraron esos hombres”), víctima del horror e inocente de toda inocencia; los dos viejos de “La sospecha”, lastimados por los fariseos del martirologio sacralizado, porque el hijo (“.un pendejo de 17 años”) no pudo soportar los tormentos que le infligieron sus victimarios; el cinismo oportunista de ese profesor que se montó en la gratuidad trepadora del escalafón social, pisoteando a los centenares de colegas perseguidos, exiliados o muertos, e incapaz de brindarle a su mujer “Tan sólo una flor”. Y finalmente está Euzkadi Baztarrica, el Vasco huraño de “El Ajuste”, que perdió a su hermano y renegó de la fe militarista, que tiene desaparecida a esa novia adolescente con la cual pateaba piedritas en la antológica plaza Irlanda de Caballito, que afronta un destierro que los años han convertido en voluntario y desgarrador al mismo tiempo, porque su vida transitaba en los páramos de la nostalgia partida por un navajazo que le hurtó tantas mañanas y noches, extrañado de su mundo cotidiano; arrojado de su cultura a las fauces de la adversidad. Fingía una aclimatación que le curtía el epitelio, pero un lacerante desgarro penetraba en su profunda soledad, en su ser más íntimo, desgajado de los amigos, la música y los aromas de su ciudad,. Y de la poesía y el policromo sabor de una urbe que ya no sería jamás la misma. Que sentía como suya, desoladoramente propia; y sin embargo extraña, inmisericorde y lejana. Ese Vasco, gladiador solitario que pretendió redimir a los muertos, a los torturados, a los hijos sin padres, a los padres sin hijos, a las abuelas y abuelos que han perdido a sus nietos, no importa si su ajuste solitario es válido, si trasciende o no. Porque esas balas que le “atravesaron” la vida a uno de los asesinos, es todo un símbolo y genera un comprensible bienestar. Porque asesinos como esos no merecen disfrutar las tibiezas de la vida cotidiana.
Los relatos no buscan adhesiones o aplausos: tan sólo compartir un momento de dolor con la gente que vivió la tragedia latinoamericana. Pero quise hacerlo sin máscaras ni falsedades. Rescatando a las víctimas, pero sin dejar de condenar a aquellos que pensaron en el acto revolucionario como una misión de delirio y muerte, o denunciar a los Firmenich y su guardia pretoriana, primos hermanos y compinches de Videla, Massera, Suárez Mason, Menéndez, Bussi y toda la carroña militar que ha sobrevivido gracias a los políticos, que han querido cerrar, sin honra, el nefando período que comenzó con López Rega (gracias al acto senil y final del Viejo). Sé muy bien que mi auto de fe no es atractivo ni triunfalista, ni va a concitar las simpatías de los delirantes, o los que desenfundan el dedo fácil de la crítica tóxica. No procuro complacer a nadie. Odio las medias tintas. En esta época sin principios puedo asegurar que éstos, los principios,el exilio irrevocable y una conducta limpia, son mis únicos bienes. •
Andrés Aldao • junio 10, 1998
* Este prólogo, escrito hace una década, lo rubrico sin agregados ni correcciones (A.A., septiembre, 2007
Andrés Aldao
Es muy duro escribir acerca de crímenes. Y de las consecuencias de esos crímenes. Sobre todo si esos hechos ocurrieron en un período histórico tan reciente. Cuando la impunidad, aún, se regocija con el dolor de los otros. De los reprimidos y los muertos. De los desaparecidos, que no han merecido la triste paz de una tumba, y sus familiares, que no han hallado el simple consuelo de una memoria con nombre y apellido.
Las condenas morales no sirven. Son una gratificación, una especie de condecoración de hojalata, interpolada con disimulo y aprovechando la abulia que a veces desarma la vigilia del sector contestatario de la sociedad.
Escribir sobre ese período, pues, no me resultó fácil. Hay mucho luto, muchas tragedias, muchas muertes. Millares de víctimas padecen, aún, la cobardía de los asesinos que los desaparecieron. Los crímenes son la cuenta pendiente, el capítulo no terminado, la deuda impaga. Por eso los familiares, los protagonistas sobrevivientes, los amigos y la sociedad, no pueden ni deben “cerrar la causa”. Los asesinos prosiguen su vida, paseándose entre los recovecos de la Argentina posproceso. Las molestias son mínimas y muchos de los ejecutores permanecen en las tinieblas del anonimato. Acariciando cabecitas de criaturas; sonriendo a los vecinos; haciendo compras en los supermercados; almorzando los fines de semana con toda la familia. Una existencia pastoral, idílica y conmovedora. Las manos perjuras, salpicadas de sangre y horror, reciben el tratamiento de costosas manicuras. Y el mundo sigue andando.
La visión de mis relatos es antitriunfalista, con personajes de carne y miedo, imbuídos de heroísmo, llanto, delirio y tragedia, arrojados irresponsablemente a la aventura de una muerte atroz, anónima y solitaria, o víctimas del funesto plan de represión diseñado por la inteligencia militar y ejecutado en gran medida por los infiltrados de los servicios vestidos con ropaje activista.
Cada uno de estos relatos ha sido para mí un desgarro muy profundo. Como “La Huída”, que recrea mi experiencia personal; el joven militante de “Madre Orga”, que deambula entre el miedo físico, el temor a la muerte, y el sentimiento de culpa que le generaban los compañeros caídos; el pequeño botija uruguayo (“Y entonces entraron esos hombres”), víctima del horror e inocente de toda inocencia; los dos viejos de “La sospecha”, lastimados por los fariseos del martirologio sacralizado, porque el hijo (“.un pendejo de 17 años”) no pudo soportar los tormentos que le infligieron sus victimarios; el cinismo oportunista de ese profesor que se montó en la gratuidad trepadora del escalafón social, pisoteando a los centenares de colegas perseguidos, exiliados o muertos, e incapaz de brindarle a su mujer “Tan sólo una flor”. Y finalmente está Euzkadi Baztarrica, el Vasco huraño de “El Ajuste”, que perdió a su hermano y renegó de la fe militarista, que tiene desaparecida a esa novia adolescente con la cual pateaba piedritas en la antológica plaza Irlanda de Caballito, que afronta un destierro que los años han convertido en voluntario y desgarrador al mismo tiempo, porque su vida transitaba en los páramos de la nostalgia partida por un navajazo que le hurtó tantas mañanas y noches, extrañado de su mundo cotidiano; arrojado de su cultura a las fauces de la adversidad. Fingía una aclimatación que le curtía el epitelio, pero un lacerante desgarro penetraba en su profunda soledad, en su ser más íntimo, desgajado de los amigos, la música y los aromas de su ciudad,. Y de la poesía y el policromo sabor de una urbe que ya no sería jamás la misma. Que sentía como suya, desoladoramente propia; y sin embargo extraña, inmisericorde y lejana. Ese Vasco, gladiador solitario que pretendió redimir a los muertos, a los torturados, a los hijos sin padres, a los padres sin hijos, a las abuelas y abuelos que han perdido a sus nietos, no importa si su ajuste solitario es válido, si trasciende o no. Porque esas balas que le “atravesaron” la vida a uno de los asesinos, es todo un símbolo y genera un comprensible bienestar. Porque asesinos como esos no merecen disfrutar las tibiezas de la vida cotidiana.
Los relatos no buscan adhesiones o aplausos: tan sólo compartir un momento de dolor con la gente que vivió la tragedia latinoamericana. Pero quise hacerlo sin máscaras ni falsedades. Rescatando a las víctimas, pero sin dejar de condenar a aquellos que pensaron en el acto revolucionario como una misión de delirio y muerte, o denunciar a los Firmenich y su guardia pretoriana, primos hermanos y compinches de Videla, Massera, Suárez Mason, Menéndez, Bussi y toda la carroña militar que ha sobrevivido gracias a los políticos, que han querido cerrar, sin honra, el nefando período que comenzó con López Rega (gracias al acto senil y final del Viejo). Sé muy bien que mi auto de fe no es atractivo ni triunfalista, ni va a concitar las simpatías de los delirantes, o los que desenfundan el dedo fácil de la crítica tóxica. No procuro complacer a nadie. Odio las medias tintas. En esta época sin principios puedo asegurar que éstos, los principios,el exilio irrevocable y una conducta limpia, son mis únicos bienes. •
Andrés Aldao • junio 10, 1998
* Este prólogo, escrito hace una década, lo rubrico sin agregados ni correcciones (A.A., septiembre, 2007
Juan Gelman escribe contra “los organizadores del olvido”

“El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración”
El Ministerio de Cultura español promovió el Primer Encuentro Internacional de Memoria Histórica en la Universidad de Salamanca, la misma donde Miguel de Unamuno enfrentó al dirigente franquista Millán de Astray cuando éste entró a los claustros pistola en mano gritando “Viva la muerte, abajo la inteligencia”.
En esa reunión, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, República Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y columnista de Página/12 fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre “el imperativo moral de la memoria colectiva”.
Por Juan Gelman
9 de diciembre de 2008
Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril.
Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el Banco de Datos Sanguíneos de Familiares de Desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.
Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”.
Ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía.
No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje.
No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento.
No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.
El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar.
“Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.
“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido.
“¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.”
El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores.
Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.
“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo.
¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor?
¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola?
¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella?
Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios.
Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.
Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes.
La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones.
La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.
Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia.
Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben.
Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos.
Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.
La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos.
En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad.
En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”.
La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot.
Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.
Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.
El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet.
Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán.
Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.
¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales?
El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”.
Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.
Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos.
En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana.
Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable.
Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.
Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación.
Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.
En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”.
Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.
08 diciembre 2008
Unidad para construir un proyecto nacional
Pregunta: ¿cómo votó Lozano el tema de las retenciones?
Por Fernando “Pino” Solanas *
Después de los fracasos y traiciones de la llamada centroizquierda, hoy vuelve a plantearse en la Capital la operatoria kirchnerista de intentar unir las fuerzas progresistas para enfrentar a Macri, como representación inequívoca de la derecha. La política de las manipulaciones mediáticas ya mostró su falsedad en mayo del 2007, cuando se quiso convencer a la ciudadanía de que las fuerzas progresistas eran las del Frente para la Victoria. Así les fue: en ese mismo mes sus legisladores votaban en el Congreso la ley antiterrorista y Néstor Kirchner daba luz verde al hecho más grave de la política argentina de los últimos años: la segunda privatización del petróleo y el gas con la prórroga de “Cerro Dragón” y todas las concesiones de Menem hasta el 2047; es decir, hasta la extinción total del recurso. Por eso, para no repetir la farsa, se impone discutir qué es lo que consideramos una política progresista o reaccionaria, nacional o entreguista. ¿No es la nueva derecha criolla quien se asocia a las corporaciones que saquean nuestros recursos estratégicos no renovables, sin control público y a simple declaración jurada? ¿No es esta nueva derecha, con el “capitalismo de amigos”, la que se beneficia mediante la entrega salvaje de las tierras fiscales –pertenecientes a los pueblos originarios– y los yacimientos mineros y petroleros a los amigos o socios de los gobernadores provinciales? ¿Es realmente de avanzada la decisión de pagar al Club de París y a los fondos buitre, sin revisar la legitimidad de la deuda externa, mientras el dictamen del juez Ballesteros sobre su carácter fraudulento duerme en el Congreso? ¿Qué decir del “tren bala” como opción a una reconstrucción de los ferrocarriles con tecnologías y fábricas propias, que pueden generar miles de empleos y garantizar autonomía? ¿Dónde colocaríamos a conspicuos miembros y amigos del Frente para la Victoria, como Cristóbal López, Eskenazi, el senador Roberto Urquía y otros grandes exportadores de granos, que estafaron al fisco por 1700 millones de dólares con el paraguas de la Resolución 125?
El formato progresista de la era “K” es una peculiar combinación de derechos humanos con esencias del modelo neoliberal. Basta recordar que en nombre del centroizquierda se han venido avalando las políticas económicas neoliberales más puras, ejecutadas desde el gobierno menemista y algunas otras desde la dictadura. ¿No sigue vigente la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, que priva a la pequeña empresa de acceder al crédito público y sigue al servicio de las multinacionales? ¿No bastó la fuga de 26 mil millones de dólares en el 2001, para evitar la reciente fuga de 22 mil millones de dólares imponiendo un riguroso control de cambios y divisas? ¿No es necesario recordar la trágica aventura de la Alianza, con el soborno de senadores para flexibilizar las leyes laborales? ¿No merece recordarse el regreso de Cavallo –agosto del 2001– con poderes excepcionales votados por los legisladores del Frente Grande para negociar un megacanje que nos costó casi 54 mil millones de dólares más.
En esta gran confusión, el gobierno de Cristina Kirchner, que para muchos se ubica en la franja del progresismo o centroizquierda, hace pocos días anunció un subsidio a las petroleras de 8750 millones de dólares (Clarín, 13/11/08) y desconoció la decisión del Congreso nacional, como respuesta al reclamo del lobby minero de la Barrick Gold, vetando la ley de protección de los glaciares que había logrado unanimidad en Diputados y solamente tres votos en contra en el Senado. Se acaba de nombrar –con el elogio y abrazo de algunos progresistas– a Débora Giorgi como ministra de la Producción. La flamante funcionaria, entre sus innumerables cargos, fue secretaria de Industria de Fernando de la Rúa y firmó, junto a José Luis Machinea, uno de los convenios más escandalosos y lesivos al interés de la Nación: la prórroga por diez años –y diez años antes de lo que fija la ley– del que fuera el yacimiento de gas estrella del país: Loma La Lata. Sus millonarias reservas, tasadas en más de 10 mil millones de dólares, fueron cedidas por 300 millones de dólares y sólo debía pagar un 12 por ciento de regalías. Para dar idea del colonialismo del convenio, baste citar el artículo 1.3: “El Estado Nacional y la Provincia garantizan que durante la vigencia de la prórroga de la Concesión (...) mantendrán indemne a YPF frente a cualquier reclamo o acción de terceros o decisión o cambio legislativo que pueda afectar o modificar el régimen de dominio que rige sobre el área Loma La Lata-Sierra Barrosa, obligándose a mantenerla en el ejercicio íntegro de sus derechos”.
¿No son estas razones suficientes para delimitar qué es derecha o izquierda en la Argentina y quiénes son las personas creíbles frente a la ciudadanía? En las décadas recientes y hasta la actualidad, los travestismos políticos y las piruetas oportunistas se convirtieron en materia corriente. El ser humano y la dirigencia como parte del género puede cometer errores y todos los hemos cometido; pero es preciso corregirlos con acciones autocríticas y compromisos públicos que los superen. No obstante, hay cosas que son inadmisibles. Una de ellas es la traición al mandato de las urnas y otra, las operatorias mediáticas o acuerdos a espaldas del pueblo, soslayando el abierto debate de ideas. Todo tiene sus límites: estamos hablando de un debate que necesariamente excluye a quienes fueron los protagonistas de la entrega y la corrupción de ayer o de hoy. La actual crisis mundial es grave y exige respuestas creativas, impulsadas con grandeza y coherencia, desechando cualquier intento de obtener beneficios personales o de grupo con recursos públicos y sociales, al costo del sufrimiento de una gran proporción de nuestros compatriotas. El debate debe incluir entonces las políticas a seguir, entre otras, con las corporaciones mineras, petroleras y exportadoras de granos, favorecidas con una renta que pertenece a todos los argentinos.
Es indispensable el debate y definición de un auténtico proyecto nacional, capaz de ser integrador de nuestras potencialidades, anhelos y voluntad de evolución, insertado en forma creativa y autónoma en la región. Es hora de que todos aportemos a su diseño y construcción. La tarea es inmensa y ninguna fuerza política o social se encuentra con capacidad de hacer frente a ello en forma aislada. Por estas razones, Proyecto Sur propone a quienes se sienten identificados con el espacio progresista, nacional y popular, una Mesa de Diálogo para la construcción del Proyecto Nacional. La unidad que proponemos no se reduce a lo electoral ni se basa en la distribución de cargos o lugares en una lista. Nos proponemos construir una fuerza política, social y cultural que sea capaz de impulsar un proyecto emancipador en posibilidad concreta de recuperar los recursos estratégicos y democratizar las instituciones, como paso indispensable para terminar con la indigencia, el hambre y la degradación del ambiente. Se trata de recuperar y honrar la credibilidad de nuestro pueblo.
Por Fernando “Pino” Solanas *
Después de los fracasos y traiciones de la llamada centroizquierda, hoy vuelve a plantearse en la Capital la operatoria kirchnerista de intentar unir las fuerzas progresistas para enfrentar a Macri, como representación inequívoca de la derecha. La política de las manipulaciones mediáticas ya mostró su falsedad en mayo del 2007, cuando se quiso convencer a la ciudadanía de que las fuerzas progresistas eran las del Frente para la Victoria. Así les fue: en ese mismo mes sus legisladores votaban en el Congreso la ley antiterrorista y Néstor Kirchner daba luz verde al hecho más grave de la política argentina de los últimos años: la segunda privatización del petróleo y el gas con la prórroga de “Cerro Dragón” y todas las concesiones de Menem hasta el 2047; es decir, hasta la extinción total del recurso. Por eso, para no repetir la farsa, se impone discutir qué es lo que consideramos una política progresista o reaccionaria, nacional o entreguista. ¿No es la nueva derecha criolla quien se asocia a las corporaciones que saquean nuestros recursos estratégicos no renovables, sin control público y a simple declaración jurada? ¿No es esta nueva derecha, con el “capitalismo de amigos”, la que se beneficia mediante la entrega salvaje de las tierras fiscales –pertenecientes a los pueblos originarios– y los yacimientos mineros y petroleros a los amigos o socios de los gobernadores provinciales? ¿Es realmente de avanzada la decisión de pagar al Club de París y a los fondos buitre, sin revisar la legitimidad de la deuda externa, mientras el dictamen del juez Ballesteros sobre su carácter fraudulento duerme en el Congreso? ¿Qué decir del “tren bala” como opción a una reconstrucción de los ferrocarriles con tecnologías y fábricas propias, que pueden generar miles de empleos y garantizar autonomía? ¿Dónde colocaríamos a conspicuos miembros y amigos del Frente para la Victoria, como Cristóbal López, Eskenazi, el senador Roberto Urquía y otros grandes exportadores de granos, que estafaron al fisco por 1700 millones de dólares con el paraguas de la Resolución 125?
El formato progresista de la era “K” es una peculiar combinación de derechos humanos con esencias del modelo neoliberal. Basta recordar que en nombre del centroizquierda se han venido avalando las políticas económicas neoliberales más puras, ejecutadas desde el gobierno menemista y algunas otras desde la dictadura. ¿No sigue vigente la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, que priva a la pequeña empresa de acceder al crédito público y sigue al servicio de las multinacionales? ¿No bastó la fuga de 26 mil millones de dólares en el 2001, para evitar la reciente fuga de 22 mil millones de dólares imponiendo un riguroso control de cambios y divisas? ¿No es necesario recordar la trágica aventura de la Alianza, con el soborno de senadores para flexibilizar las leyes laborales? ¿No merece recordarse el regreso de Cavallo –agosto del 2001– con poderes excepcionales votados por los legisladores del Frente Grande para negociar un megacanje que nos costó casi 54 mil millones de dólares más.
En esta gran confusión, el gobierno de Cristina Kirchner, que para muchos se ubica en la franja del progresismo o centroizquierda, hace pocos días anunció un subsidio a las petroleras de 8750 millones de dólares (Clarín, 13/11/08) y desconoció la decisión del Congreso nacional, como respuesta al reclamo del lobby minero de la Barrick Gold, vetando la ley de protección de los glaciares que había logrado unanimidad en Diputados y solamente tres votos en contra en el Senado. Se acaba de nombrar –con el elogio y abrazo de algunos progresistas– a Débora Giorgi como ministra de la Producción. La flamante funcionaria, entre sus innumerables cargos, fue secretaria de Industria de Fernando de la Rúa y firmó, junto a José Luis Machinea, uno de los convenios más escandalosos y lesivos al interés de la Nación: la prórroga por diez años –y diez años antes de lo que fija la ley– del que fuera el yacimiento de gas estrella del país: Loma La Lata. Sus millonarias reservas, tasadas en más de 10 mil millones de dólares, fueron cedidas por 300 millones de dólares y sólo debía pagar un 12 por ciento de regalías. Para dar idea del colonialismo del convenio, baste citar el artículo 1.3: “El Estado Nacional y la Provincia garantizan que durante la vigencia de la prórroga de la Concesión (...) mantendrán indemne a YPF frente a cualquier reclamo o acción de terceros o decisión o cambio legislativo que pueda afectar o modificar el régimen de dominio que rige sobre el área Loma La Lata-Sierra Barrosa, obligándose a mantenerla en el ejercicio íntegro de sus derechos”.
¿No son estas razones suficientes para delimitar qué es derecha o izquierda en la Argentina y quiénes son las personas creíbles frente a la ciudadanía? En las décadas recientes y hasta la actualidad, los travestismos políticos y las piruetas oportunistas se convirtieron en materia corriente. El ser humano y la dirigencia como parte del género puede cometer errores y todos los hemos cometido; pero es preciso corregirlos con acciones autocríticas y compromisos públicos que los superen. No obstante, hay cosas que son inadmisibles. Una de ellas es la traición al mandato de las urnas y otra, las operatorias mediáticas o acuerdos a espaldas del pueblo, soslayando el abierto debate de ideas. Todo tiene sus límites: estamos hablando de un debate que necesariamente excluye a quienes fueron los protagonistas de la entrega y la corrupción de ayer o de hoy. La actual crisis mundial es grave y exige respuestas creativas, impulsadas con grandeza y coherencia, desechando cualquier intento de obtener beneficios personales o de grupo con recursos públicos y sociales, al costo del sufrimiento de una gran proporción de nuestros compatriotas. El debate debe incluir entonces las políticas a seguir, entre otras, con las corporaciones mineras, petroleras y exportadoras de granos, favorecidas con una renta que pertenece a todos los argentinos.
Es indispensable el debate y definición de un auténtico proyecto nacional, capaz de ser integrador de nuestras potencialidades, anhelos y voluntad de evolución, insertado en forma creativa y autónoma en la región. Es hora de que todos aportemos a su diseño y construcción. La tarea es inmensa y ninguna fuerza política o social se encuentra con capacidad de hacer frente a ello en forma aislada. Por estas razones, Proyecto Sur propone a quienes se sienten identificados con el espacio progresista, nacional y popular, una Mesa de Diálogo para la construcción del Proyecto Nacional. La unidad que proponemos no se reduce a lo electoral ni se basa en la distribución de cargos o lugares en una lista. Nos proponemos construir una fuerza política, social y cultural que sea capaz de impulsar un proyecto emancipador en posibilidad concreta de recuperar los recursos estratégicos y democratizar las instituciones, como paso indispensable para terminar con la indigencia, el hambre y la degradación del ambiente. Se trata de recuperar y honrar la credibilidad de nuestro pueblo.
07 diciembre 2008
"NOS ESTAMOS MURIENDO LENTAMENTE"
TODO. Ante el silencio de las naciones "democráticas y ricas", ante la indiferencia de los israelíes ocupados en progromos contra los palestinos y en las campañas electorales para coronar a Bibi II, El gobierno de Olmert y sus adláteres siguen desangrando al pueblo palestino. La respuesta palestina es débil, y la ofensiva del hambre practicada por el ministro de seguridad no dan los resultados apetecidos.
Barak amenza con la "entrada a Gaza"... pero no lo hará. Palestina Gaza está preparada para derrotar al ex invencible, al ex pequeño David convertido hoy en la fuerza pantzer de occidente... Andrés Aldao
Sameh A. Habeeb - Electronic Intifada
Israel ha apretado aún más las tornas a Gaza, donde algunas zonas están completamente sumidas en la penumbra ya que la falta de carburante paró hace 25 días la única central eléctrica de Gaza.
Los cortes de electricidad afectan a todas las actividades que dependen de la electricidad ya que las restantes fuentes de electricidad proporcionadas por Israel y Egipto no pueden satisfacer las necesidades de toda Gaza. Se ha visto afectada el agua potable y de regadío, así como el alcantarillado, lo que supone un grave peligro sanitario. Esta falta de energía ya significa que millones de litros de aguas residuales están contaminando a diario el mar Mediterráneo.
Israel también está privando de comida al millón y medio de palestinos que habitan en Gaza. Según el Comité Popular contra en Bloqueo, no hay suficiente cantidad de productos alimenticios básicos como leche, harina, aceite, carne, arroz y verdura. Según algunos datos, sólo el 15% de los alimentos que necesita Gaza está entrando a través de los pasos fronterizos controlados por Israel.
También se niega a los palestinos de Gaza el derecho a recibir tratamiento médico. En Gaza han desaparecido las medicinas básicas, incluyendo las necesarias para tratar la diabetes, las enfermedades cardiacas, el asma y otras enfermedades crónicas. También faltan medicinas para el tratamiento del cáncer y de enfermedades renales y hepáticas. Hay escasez de material de esterilización y desinfectantes, así como de otros productos necesarios para un tratamiento médico adecuado de los pacientes. Aparatos que significan la vida o la muerte para los pacientes de Gaza están dejando de funcionar porque Israel no permite importar sus piezas de recambio. Los médicos tendrán dificultades incluso para diagnosticar a los pacientes porque los cortes de electricidad han dañado los aparatos de escáner y de rayos X de los hospitales de Gaza.
La población de Gaza depende casi por completo de la ayuda humanitaria ya que Israel les ha denegado en derecho al trabajo desde que empezó a imponer el bloqueo a la Franja hace dos años. Pero ahora incluso se prohíbe la entrada de la mayoría de la ayuda humanitaria e Israel ha restringido drásticamente la ayuda de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos, la UNRWA (en sus siglas en inglés). Con una UNRWA a la que se impide distribuir la ayuda alimentaria a sus cientos de miles de beneficiarios (la mayoría de los habitantes de Gaza son descendientes de los refugiados que fueron obligados a abandonar sus casas y propiedades en lo que ahora es Israel hace 60 años), el hambre generalizada no es una cuestión de si sino de cuando.
Israel se ha asegurado de que no sólo es la población humana de Gaza la que está pasando hambre sino también sus animales. Durante cuatro semanas Israel no ha permitido importar pienso cuando se necesitan 150 toneladas al día. El sector agrícola de Gaza, que ya sufre desde que hace un año y medio Israel empezó a impedir la exportación de los productos alimenticios de Gaza, se ve gravemente afectado por la falta de vacunas, semillas, insecticidas y fertilizantes.
Gaza se ha convertido en un lugar en el que es imposible una vida normal. “Ya no puedo más”, dice Khalil Barakat, un refugiado de mediana edad del campo de refugiados de la Playa . “En Gaza estamos enjaulados como animales. Si tuviera una oportunidad de emigrar para vivir el resto de mi vida en paz, me encantaría hacerlo”.
Este escritor preguntó a una vieja amiga, una joven madre llamada Um Muhammad Abu Ouf, cómo se había visto afectada su familia por el bloqueo. Mientras la oscuridad se cernía sobre la calle al-Muktar de la ciudad de Gaza me contestó: “El bloqueo se ha convertido en una pesadilla diaria, de día y de noche. Hay cortes de electricidad y eso asusta a mi hijo de 11 años. Hace que viva en unas condiciones que no son seguras para él. Estoy tratando de encontrar algo de comida que le dé fuerzas. Fui a muchos almacenes y tiendas, pero en vano. Ni pude encontrar comida ni artículos de primera necesidad para mi hijo ya que faltan muchos productos básicos necesarios para los niños, como leche, pañales y demás cosas”.
Por su parte, Nahed Deeb, que temía que se avecinara una época de hambruna, se sentía igualmente frustrado: “Nos estamos muriendo lentamente y nadie hace nada para evitarlo. Perdí mi trabajo hace ocho años y dependo de la ayuda irregular. Lo mismo le pasa a cientos de miles de personas en circunstancias normales. Sin embargo, las personas pobres como yo ya no tienen ningún tipo de ayuda”.
No es probable que los habitantes de Gaza vayan a tener un respiro en el castigo colectivo impuesto por Israel que es este bloqueo ya que el ministro de Defensa israelí anunció recientemente que los pasos fronterizos de Gaza permanecerían cerrados hasta nuevo aviso. Esta semana la armada israelí también impidió a un barco libio cargado con trescientas toneladas de comida llegar a la costa de Gaza con el pretexto de que el barco transportaba armas. Sin embargo, se espera que un barco de Qatar parta de Chipre para intentar entregar ayuda humanitaria a Gaza y también se espera que barcos de Turquía, Kuwait, Yemen y Jordania traten también de romper el bloqueo, y los dirigentes palestinos en Israel han prometido hacer lo mismo este fin de semana.
Si el objetivo del bloqueo es presionar a los palestinos de Gaza para que renuncien a sus derechos, Israel se encontrará como resistencia, como afirma un habitante de la Franja que se identifica a sí mismo como Muhammad: “Hace 60 años que somos pacientes. Hemos sufrido tiempos más crueles que estos. Así que, ¿por qué rendirnos este año? Tenemos que ser firmes y pacientes, y acabaróna por levantar el bloqueo”.
Sameh A. Habeeb es fotoperiodista, activista humanitario y pacifista residente en Gaza, Palestina. Es escritor freelance para varias páginas web de información.
Enlace con el original: http://electronicintifada.net/v2/article10008.shtml
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
Barak amenza con la "entrada a Gaza"... pero no lo hará. Palestina Gaza está preparada para derrotar al ex invencible, al ex pequeño David convertido hoy en la fuerza pantzer de occidente... Andrés Aldao
Sameh A. Habeeb - Electronic Intifada
Israel ha apretado aún más las tornas a Gaza, donde algunas zonas están completamente sumidas en la penumbra ya que la falta de carburante paró hace 25 días la única central eléctrica de Gaza.
Los cortes de electricidad afectan a todas las actividades que dependen de la electricidad ya que las restantes fuentes de electricidad proporcionadas por Israel y Egipto no pueden satisfacer las necesidades de toda Gaza. Se ha visto afectada el agua potable y de regadío, así como el alcantarillado, lo que supone un grave peligro sanitario. Esta falta de energía ya significa que millones de litros de aguas residuales están contaminando a diario el mar Mediterráneo.
Israel también está privando de comida al millón y medio de palestinos que habitan en Gaza. Según el Comité Popular contra en Bloqueo, no hay suficiente cantidad de productos alimenticios básicos como leche, harina, aceite, carne, arroz y verdura. Según algunos datos, sólo el 15% de los alimentos que necesita Gaza está entrando a través de los pasos fronterizos controlados por Israel.
También se niega a los palestinos de Gaza el derecho a recibir tratamiento médico. En Gaza han desaparecido las medicinas básicas, incluyendo las necesarias para tratar la diabetes, las enfermedades cardiacas, el asma y otras enfermedades crónicas. También faltan medicinas para el tratamiento del cáncer y de enfermedades renales y hepáticas. Hay escasez de material de esterilización y desinfectantes, así como de otros productos necesarios para un tratamiento médico adecuado de los pacientes. Aparatos que significan la vida o la muerte para los pacientes de Gaza están dejando de funcionar porque Israel no permite importar sus piezas de recambio. Los médicos tendrán dificultades incluso para diagnosticar a los pacientes porque los cortes de electricidad han dañado los aparatos de escáner y de rayos X de los hospitales de Gaza.
La población de Gaza depende casi por completo de la ayuda humanitaria ya que Israel les ha denegado en derecho al trabajo desde que empezó a imponer el bloqueo a la Franja hace dos años. Pero ahora incluso se prohíbe la entrada de la mayoría de la ayuda humanitaria e Israel ha restringido drásticamente la ayuda de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos, la UNRWA (en sus siglas en inglés). Con una UNRWA a la que se impide distribuir la ayuda alimentaria a sus cientos de miles de beneficiarios (la mayoría de los habitantes de Gaza son descendientes de los refugiados que fueron obligados a abandonar sus casas y propiedades en lo que ahora es Israel hace 60 años), el hambre generalizada no es una cuestión de si sino de cuando.
Israel se ha asegurado de que no sólo es la población humana de Gaza la que está pasando hambre sino también sus animales. Durante cuatro semanas Israel no ha permitido importar pienso cuando se necesitan 150 toneladas al día. El sector agrícola de Gaza, que ya sufre desde que hace un año y medio Israel empezó a impedir la exportación de los productos alimenticios de Gaza, se ve gravemente afectado por la falta de vacunas, semillas, insecticidas y fertilizantes.
Gaza se ha convertido en un lugar en el que es imposible una vida normal. “Ya no puedo más”, dice Khalil Barakat, un refugiado de mediana edad del campo de refugiados de la Playa . “En Gaza estamos enjaulados como animales. Si tuviera una oportunidad de emigrar para vivir el resto de mi vida en paz, me encantaría hacerlo”.
Este escritor preguntó a una vieja amiga, una joven madre llamada Um Muhammad Abu Ouf, cómo se había visto afectada su familia por el bloqueo. Mientras la oscuridad se cernía sobre la calle al-Muktar de la ciudad de Gaza me contestó: “El bloqueo se ha convertido en una pesadilla diaria, de día y de noche. Hay cortes de electricidad y eso asusta a mi hijo de 11 años. Hace que viva en unas condiciones que no son seguras para él. Estoy tratando de encontrar algo de comida que le dé fuerzas. Fui a muchos almacenes y tiendas, pero en vano. Ni pude encontrar comida ni artículos de primera necesidad para mi hijo ya que faltan muchos productos básicos necesarios para los niños, como leche, pañales y demás cosas”.
Por su parte, Nahed Deeb, que temía que se avecinara una época de hambruna, se sentía igualmente frustrado: “Nos estamos muriendo lentamente y nadie hace nada para evitarlo. Perdí mi trabajo hace ocho años y dependo de la ayuda irregular. Lo mismo le pasa a cientos de miles de personas en circunstancias normales. Sin embargo, las personas pobres como yo ya no tienen ningún tipo de ayuda”.
No es probable que los habitantes de Gaza vayan a tener un respiro en el castigo colectivo impuesto por Israel que es este bloqueo ya que el ministro de Defensa israelí anunció recientemente que los pasos fronterizos de Gaza permanecerían cerrados hasta nuevo aviso. Esta semana la armada israelí también impidió a un barco libio cargado con trescientas toneladas de comida llegar a la costa de Gaza con el pretexto de que el barco transportaba armas. Sin embargo, se espera que un barco de Qatar parta de Chipre para intentar entregar ayuda humanitaria a Gaza y también se espera que barcos de Turquía, Kuwait, Yemen y Jordania traten también de romper el bloqueo, y los dirigentes palestinos en Israel han prometido hacer lo mismo este fin de semana.
Si el objetivo del bloqueo es presionar a los palestinos de Gaza para que renuncien a sus derechos, Israel se encontrará como resistencia, como afirma un habitante de la Franja que se identifica a sí mismo como Muhammad: “Hace 60 años que somos pacientes. Hemos sufrido tiempos más crueles que estos. Así que, ¿por qué rendirnos este año? Tenemos que ser firmes y pacientes, y acabaróna por levantar el bloqueo”.
Sameh A. Habeeb es fotoperiodista, activista humanitario y pacifista residente en Gaza, Palestina. Es escritor freelance para varias páginas web de información.
Enlace con el original: http://electronicintifada.net/v2/article10008.shtml
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
LA GUERRA CONTRA LOS POBRES DE BUENOS AIRES
TODO. Las capas medias de la sociedad argentina sólo aspiran a defender y agrandar sus beneficios. El medio pelo, el formalismo democrático, el egoísmo y la idolatría del dinero y la forma son sus talones de Aquiles. De las capas medias salieron los torturadores represores y muchos de sus oponentes. La ciudad de Buenos Aires es el bastión, el baluarte de los badulaques charlatanes del radicalismo (la madre del borrego, la Carrió, el micro Macri) y los socialistas (grandes moralistas del blabla y socios seculares de la derecha). El odio a las villas y a los villeros, es cierto, nace por aquellos cabecitas negras que irrumpieron e interrumpieron la vida fatua e infatua de los pequeños burgueses de la porteñía, acostumbrados a la vida provinciana y la persecución de los "jornaleros" inmigrantes que vinieron a hacer la américa a costa de la gente "noble", radicales y socialistas (por darles un color).Luego la libertadora, los dictadores de uniforme y el menemismo, la misma excrecencia de sueños de nuevos ricos a expensas de jornaleros y villeros...
Llegó en 1945 el "aluvión zoológico" que tanto mortificó a los hermanos Ghioldi (Américo y Rodolfo), prototipos de aquel aluvión "democrático" con el modesto Patrón Costa y Cía y el beneplácito de Spruille Braden, embajador de USA. Traje este introito porque la villa fue un progreso, la señal de que la Argentina había ingresado en la era industrial, que abre perspectivas y no puede cerrar brechas de crecimiento bajo la égida capitalista.
Andrés Aldao
Raúl Zibechi - La Jornada
Aunque son apenas 10 por ciento de la población de la capital argentina, los pobres que viven en las “villas miseria” se han convertido en la principal oposición al derechista gobierno de la ciudad encabezado por el empresario Mauricio Macri. En las elecciones de 2007, fue elegido por la mayoría absoluta de la conservadora ciudad, que pasó por alto que Macri fue aliado del neoliberal Carlos Menem y no son pocos los que aseguran que su fortuna no la obtuvo de forma transparente.
Entre sus votantes quizá hayan pesado las promesas electorales de erradicar buena parte de las villas trasladando a su población a zonas periféricas o alejadas del centro. Los 40 mil habitantes de la Villa 31, Retiro, la más conflictiva, saben que esa zona es muy codiciada por las empresas inmobiliarias, que han hecho multimillonarias obras en la zona portuaria lindante con la villa. Para los más pobres, sería repetir la triste historia que vivieron bajo la dictadura militar, cuando el intendente brigadier general Osvaldo Cacciatore implementó una política de erradicación violenta: las topadoras llegaban por la noche, derribaban las viviendas y los dejaban en las afueras de la ciudad, perdidos en lugares que desconocían.
La terrible frase de Cacciatore (“Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”) parece haberse convertido en la consigna de la nueva derecha argentina. Pero ahora los habitantes de las villas no están dispuestos a volver a ser objeto de persecución. Cualquier familia de las villas conoce la historia: de los 60 mil habitantes con que contaba la Villa 31 antes de la dictadura, en 1979 sólo quedaban 46 familias. Con el retorno democrático, en 1984, fueron regresando al barrio que cuenta ya con 40 mil habitantes. Macri pretende primero que nada frenar el explosivo crecimiento: las 14 villas de Buenos Aires, nacidas en los intersticios de la ciudad opulenta, crecieron en el último año y medio en 30 por ciento hasta albergar a 235 mil personas.
Más difícil va a ser erradicar la memoria de luchas y la cultura villera, ambas tejidas en torno a las figuras de los “curas villeros”, y muy en particular la del padre Carlos Mujica, miltitante peronista que resultó el primer asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) el 11 de mayo de 1974. La Villa 31, donde predicó y vivió, fue formada por los obreros portuarios desocupados a raíz de la crisis de 1929. Son 15 hectáreas públicas entre el puerto y una de las grandes estaciones ferroviarias que conecta con el norte del país. A fines de los años 50 había ya seis barrios y una coordinadora que agrupaba a los delegados y que daba forma a la organización social.
Las villas fueron cuna de una generación de militantes populares, por eso la dictadura y los paramilitares se ensañaron con sus pobladores. No pudieron doblegarlos porque en cada villa existe una amplia red de base de comedores, clubes deportivos, centros sociales y culturales, y un extenso tejido de contrapoder popular manzana por manzana. Hoy la mayor parte de sus habitantes son paraguayos, bolivianos y argentinos emigrados de las provincias del norte, los “cabecitas negras” que tanto desprecia la oligarquía porteña.
Desprecio que apenas consigue encubrir un profundo temor a los pobres organizados y conscientes. Por algo Macri, fiel representante de la cultura de los de arriba, se declaró admirador de Cacciatore. Temen, por ejemplo, a una indoblegable cultura villera que es capaz de sostener la vida de cientos de miles en base a la ayuda mutua y la reciprocidad, que son la argamasa de una riquísima vida colectiva que los de arriba se empeñan en descalificar como ilegal e imbricada con el narcotráfico.
Una buena muestra de la potencia de esa cultura es que todas las iglesias, capillas y parroquias que existen en las villas, o sea decenas de edificios, han sido construidas en minga, trabajo colectivo, luego de agotadoras jornadas de trabajo como peones de la construcción y en el empleo doméstico. Esas iglesias son verdaderos centros de vida, espacios para el rezo pero también para la comida colectiva, el trabajo escolar o la recuperación de jóvenes adictos, donde muchos villeros colaboran sin recibir ninguna compensación material, siempre bajo la mirada serena de enormes murales del padre Mujica y de otros mártires villeros.
La fuerza de los de abajo ha sido comprendida por los curas villeros. El 11 de junio de 2007, 15 sacerdotes de siete villas emitieron un documento (Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera) que es una de las piezas políticas más profundas sobre la vida de los de abajo. Con el objetivo de frenar la ofensiva de Macri, se empeñan en mostrar los aspectos positivos de sus barrios: destacan los valores de fraternidad existentes en las villas frente a la adoración del dinero de la cultura dominante; o el uso del espacio público para tejer vínculos frente a la mercantilización de la tierra urbana.
Contra cualquier tentación vanguardista, sostienen que la villa “no es un lugar sólo para ayudar, es más bien el ámbito que nos enseña una vida más humana”. Respecto a la cultura villera, hacen un aporte que ilumina la realidad de muchas periferias urbanas del continente: “Valoramos la cultura que se da en la villa, que surge del encuentro de los valores más nobles y propios del interior del país o de los países vecinos, con la realidad urbana. La cultura villera no es otra cosa que la rica cultura popular de nuestros pueblos latinoamericanos”.
La potencia de esta cultura forzó al gobierno de Macri a pactar una tregua para evitar los continuos cortes de autopistas que se registraron en noviembre. Tregua frágil porque el poder aspira a convertir las villas en carne de especulación inmobiliaria. Y porque esa cultura no se deja, pacta con los de afuera, de derecha o de izquierda, para ganar tiempo mientras sigue afianzando la organización de base. En tanto, para los pobres de las periferias urbanas de América Latina pueden ser un punto de referencia.
http://www.jornada.unam.mx/2008/12/06/index.php?section=opinion&article=024a1pol
Llegó en 1945 el "aluvión zoológico" que tanto mortificó a los hermanos Ghioldi (Américo y Rodolfo), prototipos de aquel aluvión "democrático" con el modesto Patrón Costa y Cía y el beneplácito de Spruille Braden, embajador de USA. Traje este introito porque la villa fue un progreso, la señal de que la Argentina había ingresado en la era industrial, que abre perspectivas y no puede cerrar brechas de crecimiento bajo la égida capitalista.
Andrés Aldao
Raúl Zibechi - La Jornada
Aunque son apenas 10 por ciento de la población de la capital argentina, los pobres que viven en las “villas miseria” se han convertido en la principal oposición al derechista gobierno de la ciudad encabezado por el empresario Mauricio Macri. En las elecciones de 2007, fue elegido por la mayoría absoluta de la conservadora ciudad, que pasó por alto que Macri fue aliado del neoliberal Carlos Menem y no son pocos los que aseguran que su fortuna no la obtuvo de forma transparente.
Entre sus votantes quizá hayan pesado las promesas electorales de erradicar buena parte de las villas trasladando a su población a zonas periféricas o alejadas del centro. Los 40 mil habitantes de la Villa 31, Retiro, la más conflictiva, saben que esa zona es muy codiciada por las empresas inmobiliarias, que han hecho multimillonarias obras en la zona portuaria lindante con la villa. Para los más pobres, sería repetir la triste historia que vivieron bajo la dictadura militar, cuando el intendente brigadier general Osvaldo Cacciatore implementó una política de erradicación violenta: las topadoras llegaban por la noche, derribaban las viviendas y los dejaban en las afueras de la ciudad, perdidos en lugares que desconocían.
La terrible frase de Cacciatore (“Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”) parece haberse convertido en la consigna de la nueva derecha argentina. Pero ahora los habitantes de las villas no están dispuestos a volver a ser objeto de persecución. Cualquier familia de las villas conoce la historia: de los 60 mil habitantes con que contaba la Villa 31 antes de la dictadura, en 1979 sólo quedaban 46 familias. Con el retorno democrático, en 1984, fueron regresando al barrio que cuenta ya con 40 mil habitantes. Macri pretende primero que nada frenar el explosivo crecimiento: las 14 villas de Buenos Aires, nacidas en los intersticios de la ciudad opulenta, crecieron en el último año y medio en 30 por ciento hasta albergar a 235 mil personas.
Más difícil va a ser erradicar la memoria de luchas y la cultura villera, ambas tejidas en torno a las figuras de los “curas villeros”, y muy en particular la del padre Carlos Mujica, miltitante peronista que resultó el primer asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) el 11 de mayo de 1974. La Villa 31, donde predicó y vivió, fue formada por los obreros portuarios desocupados a raíz de la crisis de 1929. Son 15 hectáreas públicas entre el puerto y una de las grandes estaciones ferroviarias que conecta con el norte del país. A fines de los años 50 había ya seis barrios y una coordinadora que agrupaba a los delegados y que daba forma a la organización social.
Las villas fueron cuna de una generación de militantes populares, por eso la dictadura y los paramilitares se ensañaron con sus pobladores. No pudieron doblegarlos porque en cada villa existe una amplia red de base de comedores, clubes deportivos, centros sociales y culturales, y un extenso tejido de contrapoder popular manzana por manzana. Hoy la mayor parte de sus habitantes son paraguayos, bolivianos y argentinos emigrados de las provincias del norte, los “cabecitas negras” que tanto desprecia la oligarquía porteña.
Desprecio que apenas consigue encubrir un profundo temor a los pobres organizados y conscientes. Por algo Macri, fiel representante de la cultura de los de arriba, se declaró admirador de Cacciatore. Temen, por ejemplo, a una indoblegable cultura villera que es capaz de sostener la vida de cientos de miles en base a la ayuda mutua y la reciprocidad, que son la argamasa de una riquísima vida colectiva que los de arriba se empeñan en descalificar como ilegal e imbricada con el narcotráfico.
Una buena muestra de la potencia de esa cultura es que todas las iglesias, capillas y parroquias que existen en las villas, o sea decenas de edificios, han sido construidas en minga, trabajo colectivo, luego de agotadoras jornadas de trabajo como peones de la construcción y en el empleo doméstico. Esas iglesias son verdaderos centros de vida, espacios para el rezo pero también para la comida colectiva, el trabajo escolar o la recuperación de jóvenes adictos, donde muchos villeros colaboran sin recibir ninguna compensación material, siempre bajo la mirada serena de enormes murales del padre Mujica y de otros mártires villeros.
La fuerza de los de abajo ha sido comprendida por los curas villeros. El 11 de junio de 2007, 15 sacerdotes de siete villas emitieron un documento (Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera) que es una de las piezas políticas más profundas sobre la vida de los de abajo. Con el objetivo de frenar la ofensiva de Macri, se empeñan en mostrar los aspectos positivos de sus barrios: destacan los valores de fraternidad existentes en las villas frente a la adoración del dinero de la cultura dominante; o el uso del espacio público para tejer vínculos frente a la mercantilización de la tierra urbana.
Contra cualquier tentación vanguardista, sostienen que la villa “no es un lugar sólo para ayudar, es más bien el ámbito que nos enseña una vida más humana”. Respecto a la cultura villera, hacen un aporte que ilumina la realidad de muchas periferias urbanas del continente: “Valoramos la cultura que se da en la villa, que surge del encuentro de los valores más nobles y propios del interior del país o de los países vecinos, con la realidad urbana. La cultura villera no es otra cosa que la rica cultura popular de nuestros pueblos latinoamericanos”.
La potencia de esta cultura forzó al gobierno de Macri a pactar una tregua para evitar los continuos cortes de autopistas que se registraron en noviembre. Tregua frágil porque el poder aspira a convertir las villas en carne de especulación inmobiliaria. Y porque esa cultura no se deja, pacta con los de afuera, de derecha o de izquierda, para ganar tiempo mientras sigue afianzando la organización de base. En tanto, para los pobres de las periferias urbanas de América Latina pueden ser un punto de referencia.
http://www.jornada.unam.mx/2008/12/06/index.php?section=opinion&article=024a1pol
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